sábado, 21 de febrero de 2026

La felicidad de ser uno mismo

 


"Ser escritor es, ante todo, un ejercicio de resistencia, soledad y descubrimiento personal. Lejos de ser un acto puramente mágico, es un oficio que exige perseverancia, disciplina y la valentía de explorar tanto la propia realidad como las sombras de la condición humana. Para muchos autores, escribir es una forma de intentar comprender lo inexplicable, una necesidad vital de dejar huella y una manera profunda de conectar con los demás".

La felicidad de ser uno mismo...

Nuestros padres, familia, amigos, los medios de comunicación, la publicidad, las redes sociales… son factores que nos limitan y moldean, haciendo que nos esforcemos en adaptarnos, en gustar, en encajar en un modelo que consideramos que se espera de nosotros.

miércoles, 26 de julio de 2023

Las arrugas del abuelo


Era un día soleado de otoño la primera vez que Bárbara se fijó en que el abuelo tenía muchísimas arrugas, no sólo en la cara, sino por todas partes.

- Abuelo, deberías darte la crema de mamá para las arrugas.

El abuelo sonrió, y un montón de arrugas aparecieron en su cara.

- ¿Lo ves? Tienes demasiadas arrugas.

- Ya lo sé Bárbara. Es que soy un poco viejo... Pero no quiero perder ni una sola de mis arrugas. Debajo de cada una guardo el recuerdo de algo que aprendí.

A Bárbara se le abrieron los ojos como si hubiera descubierto un tesoro, y así los mantuvo mientras el abuelo le enseñaba la arruga en la que guardaba el día que aprendió que era mejor perdonar que guardar rencor, o aquella otra que decía que escuchar era mejor que hablar, esa otra enorme que mostraba que es más importante dar que recibir o una muy escondida que decía que no había nada mejor que pasar el tiempo con los niños...

Desde aquel día, a Bárbara su abuelo le parecía cada día más guapo, y con cada arruga que aparecía en su rostro, la niña acudía corriendo para ver qué nueva lección había aprendido. Hasta que, en una de aquellas charlas, fue su abuelo quien descubrió una pequeña arruga en el cuello de la niña:

- ¿Y tú? ¿Qué lección guardas ahí?                                  

Bárbara se quedó pensando un momento. Luego sonrió y dijo:

- Que no importa lo viejito que llegues a ser abuelo, porque.... ¡te quiero!

Cuento de Pedro Pablo Sacristán  

lunes, 26 de julio de 2021

La casa de la abuela

 

«Mamá, ¿puedo dormir hoy en la casa de la abuela?».

Escuché a un niño preguntar a su mamá.

Cuando miré al niño me hizo volver al pasado con solo una frase, me quedé pensando y viajé lejos con el recuerdo… y me pregunté: ¿Cuándo pasó el tiempo y nos hizo adultos llenos de prioridades aburridas?

La casa de la abuela es una de las cosas que todo el mundo necesitaría para ser feliz.

La casa de la abuela es donde las agujas del reloj toman vacaciones junto con nosotros y pasan los minutos sin prisa de llegada.

La casa de la abuela es donde una simple pasta y un pan casero ganan sabores diferentes, deliciosos.

La casa de la abuela es donde una inocente tarde puede durar una eternidad de bromas y fantasías.

La casa de la abuela es donde los armarios esconden prendas antiguas y herramientas misteriosas.

La casa de la abuela es donde las cajas cerradas se convierten en cofres de tesoros secretos, listos para ser descubiertos.

La casa de la abuela es donde los juguetes rara vez están listos, porque se inventaron recién.

La casa de la abuela, es en donde todo puede pasar increíblemente y sin preocupaciones.

La casa de la abuela es donde la gente encuentra los restos de la infancia de nuestros padres y el inicio de nuestras vidas.

La casa de la abuela, solo adentro, en la dirección de nuestro afecto más profundo, todo está permitido. Este maravilloso momento no me pertenece más, lamentablemente, vivirá conmigo sólo en recuerdos, aun así, si pudiera pedir un deseo, pediría lo mismo que ese niño:

¿Puedo dormir hoy en la casa de la abuela?

Saulo Subirá-2015

 

lunes, 11 de enero de 2021

El calor del amor

 


Un corazón frío encontró el calor en un niño. Un niño que le habló del amor de Dios…

Era domingo, nevaba y hacía mucho frío, el niño se puso su ropa de abrigo y le dijo a su padre:

Papá, ya estoy listo.

Su padre, un Pastor que solía salir a invitar al encuentro dominical, le dijo:

Listo ¿para qué?

Papá, es hora de salir a repartir las Hojas dominicales.

El papá respondió:

Hijo, está muy frío afuera y está nevando.

jueves, 17 de diciembre de 2020

Historia de Navidad


 

Entré de prisa en la tienda a comprar unos regalos de Navidad a última hora. Al ver a mi alrededor toda la gente que allí había, me molesté un poco. “Estaré aquí una eternidad; con tantas cosas que tengo que hacer” pensé.

sábado, 19 de septiembre de 2020

Acuerdo de almas

 


Se cuenta. Se dice, que antes de nacer, cuando cada Ser decidió venir a la Tierra a vivir la experiencia terrenal hubo un acuerdo de almas. Primero cada alma seleccionó minuciosamente con sus maestros de Luz, todas las experiencias que deseaba vivir en esta encarnación.

Algunos eligieron aprender a través del desapego, otros de la soledad, otros de la enfermedad, otros a través de las pérdidas, otros decidieron aprender de la relación de pareja. Algunos se atrevieron a experimentar la riqueza y la pobreza material, y así sucesivamente, como si eligieran las materias para matricularse en la Universidad, todos decidieron sus misiones.

miércoles, 8 de julio de 2020

Tejedor de realidades

Cuentan que la curiosidad hizo que un niño descubriese la vital importancia de ayudar a crear entornos de paz, amor, luz y consciencia, tejiendo sabiamente con los colores del alma. 
Abuelo, ¿puedo preguntarle por qué cada tarde lo veo sentado en este banco de la plaza sonriendo en dirección al Sol?— preguntó tímidamente el niño mientras miraba al abuelo esperando respuesta. 
El abuelo inclinó lentamente su cabeza, hizo una breve pausa, lo miró con gran ternura y con mucha paz le respondió: 
Estoy tejiendo. 
El niño sonrió.
 —¿Cómo que está tejiendo abuelo — le dijo —, si no veo que tenga lanas de colores ni tampoco grandes agujas? 
Tejo realidades —, mencionó el anciano. 
— Puede que parezca que aquí sentado no hago nada — continuó —, sin embargo, permaneciendo en calma hago que mi corazón cree un entorno armónico. También bendigo con mis pensamientos e intenciones a todos los que pasan por esta plaza para que tengan el mejor de sus días. Así es como voy tejiendo. Siempre los saludo con amor, les sonrío con franqueza y si los veo medio caídos levanto mi bastón y les digo: “vamos que se puede”. También le pido a los pájaros que me ayuden a darles fuerzas cantando, porque sus maravillosos sonidos revitalizan y sanan. 
El niño estaba absolutamente asombrado. No podía creer lo que escuchaba, estaba acostumbrado a oír insistentemente que cuando uno se vuelve viejo ya no sirve para nada. 
En esta luminosa tarea de ayudar a crear entornos armónicos no estoy sólo—, remarcó el abuelo. Y extendiendo de par en par sus brazos exclamó— ¡Mira la belleza que irradian los árboles, huele el maravilloso perfume que sin pedirnos nada a cambio nos comparten las flores. Contempla el incansable trabajo de esas abejas, observa con cuánta libertad juegan los perros. Siente cómo te acaricia el viento! La existencia, a su modo también está tejiendo. En mi caso disfruto tejiendo con hebras de luz, por eso cada tarde abro mi corazón para que los rayos del Sol entren, me acaricien y se anclen en el suelo junto con mis sentimientos más puros, de manera que la Madre Tierra sienta cuánto la amo. 
Por último, el anciano destacó: 
Sin importar la edad que se tenga, todos podemos ayudar a tejer el entramado de un mundo más consciente, sensible, solidario y humano haciendo que nuestras mejores intenciones viajen más allá de las fronteras. También podemos irradiar mucho amor para que las heridas se cierren, los corazones se abran y que cada uno alcance su máximo potencial descubriendo el poder transformador de las cosas simples. 
Los ojos del niño comenzaron a brillar. El abuelo se acercó a su nieto y con una sonrisa le dio un cálido abrazo. 
Cuentan que el sol alumbró aún más fuerte para sumarse al encuentro. Y en ese instante a modo de agradecimiento, el niño le susurró: 
Me voy a casa abuelo. Tengo que ir a contarle todo esto a mi mamá, porque ella que es de las personas a quién más quiero en este mundo, todavía teje usando lana y aguja. 
Julio Andrés Pagano

miércoles, 9 de enero de 2019

El ratoncito Pérez


Cuando a Juanito se le aflojó el primer diente sus compañeros de clase le dijeron que en cuanto se le cayera lo pusiera debajo de la almohada así el Ratón Pérez le dejaba una moneda. Faltaba un mes para su cumpleaños y le pareció un buen momento. 
En su casa el dinero no sobraba y desde hacía unos años no había fiesta ni regalos ese día. La posibilidad de tener una moneda hizo que sus ojos brillaran intensamente. "¿Qué podré comprar con una moneda?". se preguntaba, mientras elucubraba en torno a todos aquellos juguetes que deseaba. Mayo llegó una vez más a casa de la familia, Susana, la mamá de Juanito, estaba desarmada: saber que no sólo no podría regalarle un lindo juguete a su pequeño sino que ni siquiera tendría dinero para hacerle un pastel de cumpleaños, la entristecía profundamente. Pese a ello intentaba sonreír. 
El viernes previo a su cumpleaños, Juanito se levantó y al mirarse al espejo vio un hueco profundo por el que asomaba su lengua. Loco de contento se acercó a la cama en busca del dichoso diente, que le permitiría pasar un bonito cumpleaños. Como por arte de magia el diminuto marfil se había evaporado y, como era de esperarse, sin diente no hubo moneda y Juanito llegó a su cumpleaños sumamente triste. 
Cuando volvió de la escuela la mesa estaba vacía, su madre aún no había llegado y en la casa se respiraba la tristeza de las tardes pobres. El niño, que se suponía debía estar contento, se sentía tan apenado que se metió en la cama; la vida era una porquería y él no quería vivirla. Pero algo sucedió. Cuando su madre llegó del trabajo se encontró a su niño jugando con un diminuto ratoncito:
Mira, mamá, el Ratón Pérez ha venido a visitarme. No tenía dinero pero se ha quedado con mi diente… ¿Puede quedarse, mami, porfis? 
Su madre sonrió. Ese niño era capaz de quitarle las angustias a cualquiera. Con una enorme sonrisa le dijo que sí, que podía quedarse y que prepararía comida para tres. Y así fue. Cuando el niño se hallaba en la cama su madre se acercó y entristecida le pidió disculpas por no haberle podido comprar un regalo. El niño la miró con los ojos llenos de luz y le dijo: 
Mis amigos hablaban de dinero, pero ahora sé que el dinero dura poco, mami, en cambio la amistad es para toda la vida. Es el mejor cumpleaños que he tenido nunca. 
Dicho esto le dio un beso y se dispuso a dormir, pensando en el precioso collar que haría para su nuevo amigo Pérez cuando se cayera el último de sus dientes.

Fotografía: Internet

viernes, 19 de enero de 2018

Valora a tus padres

Dos amigas se encontraron después de un tiempo sin verse, y tomándose un café recordaron muchas cosas. Hablando de los padres, una le comenta en tono de queja a la otra:
Mi mamá me llama mucho por teléfono para pedirme que vaya a platicar con ella. Yo voy poco y en ocasiones siento que me molesta su forma de ser. Ya sabes cómo son los viejos, cuentan las mismas cosas una y otra vez. Además, nunca me faltan compromisos; el trabajo, los niños, los amigos...
Entonces su compañera le dijo:
Yo en cambio platico mucho con mi mamá. Cada vez que estoy triste, voy con ella. Cuando me siento sola, cuando tengo un problema y necesito fortaleza, siempre acudo a ella y me siento mejor.
La otra apenada reflexionó:
¡Caramba! Eres mejor hija que yo.
La amiga respondió con tristeza:
No lo creas, soy igual que tú. Ahora visito a mi madre en el cementerio. Murió hace tiempo, pero mientras estuvo conmigo, tampoco yo iba a verla y pensaba lo mismo que tú. No sabes cuánto necesito su presencia y cuánto la echo de menos. Por desgracia me doy cuenta ahora que ya ha partido. En vida no la tuve en consideración y ahora me muero por tenerla, verla y abrazarla. Si de algo te sirve mi experiencia, no pierdas un segundo de la presencia de tu madre; visítala, interésate por ella, ámala mucho, ese amor es lo que te va a quedar cuando ya no esté. Las madres nos quieren desde que nacemos y los hijos las queremos a ratos, y a veces por interés. Disfruta de tu madre hoy que todavía la tienes, no esperes a que esté en un panteón, ahí la reflexión duele hasta el fondo del alma, porque entiendes que ya nunca podrás hacer lo que dejaste pendiente, será un hueco que nunca podrás llenar. Te lo digo de corazón; no permitas que te pase lo que me pasó a mí.
Ya en el coche con dirección al trabajo, iba pensando la muchacha en las palabras de su amiga. Reflexionando sobre su actitud para con su madre se dio cuenta que no lo estaba haciendo bien… Y, cuando llegó a la oficina dijo a su secretaria:
Comuníqueme por favor con mi mamá y no me pase más llamadas. ¡Ah! Anule algunos planes de mi agenda, porque el día de hoy se lo dedico a mi madre.
Desafortunadamente, no siempre valoramos el cariño de los padres, o la amistad que otras personas nos ofrecen y en ocasiones lo perdemos miserablemente, porque no sabíamos que tan importante era hasta que ya no nos pertenece. Haz una retrospectiva de tu vida y dale la dimensión correcta a las personas que ahora te rodean, probablemente sea tu última oportunidad.

sábado, 15 de abril de 2017

Abuelita

Una rosa sobre un libro abierto.


La abuelita es muy vieja, tiene muchas arrugas y el pelo completamente blanco, pero sus ojos brillan como estrellas, sólo que mucho más hermosos, pues su expresión es dulce, y da gusto mirarlos.
También sabe cuentos maravillosos y tiene un vestido de flores grandes, grandes, de una seda tan tupida que cruje cuando anda. Abuelita sabe muchas, muchísimas cosas y esto nadie lo duda, pues ya vivía mucho antes que papá y mamá, incluso antes que hubiera luz eléctrica.
Tiene un libro de cuentos con recias cantoneras de plata; lo lee con mucha frecuencia. En medio del libro hay una rosa, comprimida y seca, y, sin embargo, la mira con una sonrisa de arrobamiento, y le asoman lágrimas a los ojos. ¿Por qué abuelita mirará así la marchita rosa de su libro de cuentos? ¿No lo sabéis? Cada vez que las lágrimas de Abuelita caen sobre la flor, los colores cobran vida, la rosa se hincha y toda la sala se impregna de su aroma; se esfuman las paredes cual si fuesen pura niebla, y en derredor se levanta el bosque, espléndido y verde, con los rayos del sol filtrándose entre el follaje, y Abuelita vuelve a ser joven, una bella muchacha de rubias trenzas y redondas mejillas coloradas, elegante y graciosa; no hay rosa más lozana, pero sus ojos, sus ojos dulces y cuajados de dicha, siguen siendo los ojos de Abuelita.
Sentado junto a ella hay un hombre, joven, vigoroso y apuesto. Huele la rosa y ella sonríe —¡pero ya no es la sonrisa de Abuelita!—, sí, y vuelve a sonreír.
Ahora se ha marchado él, y por la mente de ella desfilan muchos pensamientos y muchas figuras; el hombre gallardo ya no está, la rosa yace en el libro de cuentos, y… Abuelita vuelve a ser la anciana que contempla la rosa marchita guardada en el libro.
Ahora Abuelita se ha muerto. Sentada en su silla de brazos, estaba contando una larga y maravillosa historia.
—Se ha terminado —dijo— y yo estoy muy cansada; dejadme echar un sueñecito.
Se recostó respirando suavemente, y quedó dormida; pero el silencio se volvía más y más profundo, y en su rostro se reflejaban la felicidad y la paz; se habría dicho que lo bañaba el sol… y entonces dijeron que estaba muerta.
La pusieron en el negro ataúd, envuelta en lienzos blancos. ¡Estaba tan hermosa, a pesar de tener cerrados los ojos! Pero todas las arrugas habían desaparecido y en su boca se dibujaba una sonrisa. El cabello era blanco como plata y no daba miedo mirarla. Era siempre Abuelita, tan buena y tan querida. Colocaron el libro de cuentos bajo su cabeza, pues ella lo había pedido, con la rosa entre las páginas. Y así enterraron a Abuelita.
En la sepultura, junto a la pared del cementerio, plantaron un rosal que floreció espléndidamente, y los ruiseñores acudían a cantar allí y desde la iglesia el órgano desgranaba las bellas canciones que estaban escritas en el libro de cuentos, colocado bajo la cabeza de Abuelita.
La luna enviaba sus rayos a la tumba, pero Abuelita no estaba allí; los niños podían ir por la noche sin temor a coger una rosa de la tapia del cementerio. Los muertos saben mucho más de cuanto sabemos todos los vivos; saben el miedo, el miedo horrible que nos causarían si volviesen. Pero son mejores que todos nosotros y por eso no vuelven.
Hay tierra sobre el féretro, y tierra dentro de él. El libro de cuentos, con todas sus hojas, es polvo, y la rosa, con todos sus recuerdos, también se ha convertido en polvo. Pero encima siguen floreciendo nuevas rosas y cantando los ruiseñores, y el órgano suena y sigue vivo el recuerdo de la vieja Abuelita, con los dulces y queridos ojos eternamente jóvenes. Los ojos no mueren nunca. Los nuestros verán a Abuelita, joven y hermosa como antaño, cuando besó por vez primera la rosa, roja y lozana, que yace ahora en la tumba convertida en polvo…

Hans Christian Andersen.

Fotografía: Patr!c!a, cc.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Cuento de Navidad

La abadía de Melk.


El juglar de Nuestra Señora

Cuenta una leyenda que, en el país que hoy conocemos como Austria, era costumbre que la familia Burkhard (compuesta por un hombre, una mujer y un niño) animase las ferias navideñas recitando poesías, cantando baladas de antiguos trovadores, y haciendo malabarismos que divertían a todo el mundo. Por supuesto, nunca sobraba dinero para comprar regalos, pero el hombre siempre le decía a su hijo:
—¿Tú sabes por qué el saco de Papá Noel nunca termina de vaciarse, con la de niños que hay en el mundo? Pues porque, aunque está lleno de juguetes, a veces también deben entregarse algunas cosas más importantes, que son los llamados «regalos invisibles». A un hogar dividido, él lleva armonía y paz en la noche más santa del año cristiano. Donde falta amor, él deposita una semilla de fe en el corazón de los niños. Donde el futuro parece negro e incierto, él lleva la esperanza. En nuestro caso, cuando Papá Noel nos viene a visitar, al día siguiente todos nos sentimos contentos por continuar vivos y por poder realizar nuestra trabajo, que es el de alegrar a las personas. Que esto nunca se te olvide.

Pasó el tiempo, el niño se transformó en un muchacho, y cierto día la familia pasó por delante de la imponente abadía de Melk, que acababa de ser construida.
—Padre, ¿recuerda usted que hace muchos años me contó la historia de Papá Noel y sus regalos invisibles? Creo que cierta vez yo recibí uno de estos regalos: la vocación de hacerme religioso. ¿Le contrariaría mucho a usted si en este momento diera el primer paso hacia lo que siempre he soñado?
Aunque la compañía de su hijo les hacía mucha falta, los padres comprendieron y respetaron su deseo. Llamaron a la puerta del convento, y fueron recibidos con generosidad y amor por los monjes, que aceptaron al joven Buckhard como novicio.

Llegó la víspera de la Navidad y, justamente ese día, se obró en Melk un milagro muy especial: Nuestra Señora, llevando al Niño Jesús en brazos, decidió bajar a la Tierra para visitar el monasterio.
Sin poder disimular su orgullo, todos los religiosos hicieron una gran fila, y cada uno de ellos se iba postrando ante la Virgen, procurando homenajear a la Madre y al Niño. Uno de ellos les mostró las bellas pinturas que decoraban el local, otro les llevó un ejemplar de una Biblia que había requerido cien años de trabajo para ser manuscrita e ilustrada, y un tercero recitó de corrido el nombre de todos los santos. Al final de la fila, el joven Buckhard aguardaba ansioso. Sus padres eran personas simples, y sólo le habían enseñado a lanzar bolas a lo alto para hacer con ellas algunos malabares.

Cuando le tocó el turno, los otros religiosos querían poner fin a los homenajes, pues el antiguo malabarista no tenía nada importante que decir, y podría dañar la imagen del convento. Sin embargo, también él sentía en lo más hondo una fuerte necesidad de ofrecerles a Jesús y a la Virgen algo de sí mismo. Avergonzado, sintiendo la mirada recriminatoria de sus hermanos, se sacó algunas naranjas de los bolsillos y comenzó a arrojarlas hacia arriba para atraparlas a continuación, creando un bonito círculo en el aire, al igual que solía hacer cuando él y su familia caminaban por las ferias de la región.
Fue sólo entonces cuando el Niño Jesús empezó a aplaudir de alegría en el regazo de Nuestra Señora. Y fue sólo a este muchacho a quien la Virgen María le extendió los brazos y le permitió sostener durante un tiempo al Niño, que no dejaba de sonreír.

La leyenda termina diciendo que, por causa de este milagro, cada doscientos años, un nuevo Buckhard llama a la puerta de Melk, y es admitido, y mientras permanece allí tiene el don de alegrar el ánimo de todos los que lo conocen.

Fdo. Paulo Coelho.

jueves, 28 de abril de 2016

Orgullosas cicatrices

Era un día caluroso de verano y el niño decidió ir a nadar en la laguna detrás de su casa. Salió corriendo por la puerta, se tiro al agua y nadaba feliz. Estaba tan a gusto que no se percató que un cocodrilo se le acercaba. Su madre desde la ventana de su casa, vio con horror la tragedia que se avecinaba. Alarmada gritó al niño para que saliera del agua, el niño asustado intentó huir del peligro pero era demasiado tarde. La madre salió apresurada y desde el embarcadero, agarró al niño por los brazos justo cuando el depredador atrapó las piernas entre sus dientes. La mujer tiraba con toda la fuerza de su corazón. El cocodrilo era más fuerte, pero la madre no se rendía, la determinación y el amor no la abandonaban. Un señor que escuchó los gritos se acercó al lugar y con una pistola mató al cocodrilo. El niño sobrevivió y, aunque sus piernas sufrieron desgarros consiguió volver a caminar.
Pasado algún tiempo y recuperado del gran susto, un periodista le preguntó al niño si le quería enseñar las cicatrices de sus piernas. El niño levanto los pantalones y se las mostró. Pero entonces, con gran orgullo se remangó las mangas de la camisa y señalando hacia las cicatrices de sus brazos le dijo:
—Las cicatrices que usted debe ver son estas, estas son las más importantes. Eran las marcas de las uñas de su madre, que al agarrarlo con tantas fuerza para liberarlo del cocodrilo, la presión le dejo unas enormes marcas.
—Las tengo porque mamá no me soltó y me salvó la vida.

Muchos van por la vida llevando las cicatrices de pasados dolorosos, es que a veces las circunstancias se imponen con crudeza. Otras veces son el resultado de las propias acciones y en estos casos, siempre tratan de echarle la culpa a los demás.

martes, 4 de noviembre de 2014

Las canciones de la abuelita

Una abuela y su nieto dan un paseo.


El niño era muy feliz junto a su abuelita. Esta se pasaba tiempo contándole cuentos e historias y su nieto escuchaba sin pestañear. También le cantaba las canciones que recordaba de cuando era niña y algunas que había escrito para su nieto.
Con el fin de que aprendiera las letras vocales, la abuelita le cantaba:
Vamos a cantar, con la letra a.
Vamos a leer, con la letra e.
Vamos a escribir, con la letra i.
Yo, con la letra o.
Tú, con letra u.
a, e, i, o, u… a, e, i, o, u.
El niño con gran expresividad imitaba los gestos de la abuela y llenos de alegría se abrazaban y se reían alborozados.
Cuando la abuela tenía que interrumpir los juegos para atender alguna tarea, el niño la acompañaba y paciente esperaba que terminara para iniciar los entretenidos y amenos ratos.
La abuela también con la idea de indicarle los tiempos de juego y descanso le cantaba:
¿Qué hora es?
Es la hora de jugar, de jugar.
¿Qué hora es?
Es la hora de reír, ja, ja, ja, ji, ji, ji.
¿Qué hora es?
Es la hora de comer, ñam, ñam, ñam, de comer.
¿Qué horas es?
Es la hora de dormir, de dormir, ¡chiiist!
A jugar… A reír… A comer… A dormir…
Era divertido porque, señalando el reloj en la muñeca, cada actividad iba seguida de gestos y risas. Además, la abuela llegado el momento de comer o de dormir, se lo recordaba cantando.
Parecían dos niños amorosos. La abuelita y el nieto se querían y se entendían, su corazón era uno que latía en dos cuerpos.

Fotografía: Suny Schmidt, cc.

jueves, 10 de abril de 2014

Abrazos curativos

Dos hermanas se abarzan.


Las dos hermanitas no se separaban, iban juntas a todas partes. La mayor, muy responsable, siempre estaba pendiente de la pequeña y la protegía con mimo y cuidado.

Un día, la pequeña se puso indispuesta, la llevaron al médico y descubrieron que tenía Leucemia. La hermana mayor estaba tan preocupada por ver a su hermana malita que no podía ni siquiera dormir para acompañarla en su padecer y sufría tanto que le pedía al médico que le pasara la enfermedad a ella que era más fuerte.

viernes, 3 de mayo de 2013

Cuento de Trino

Un pajarito en la rama de un árbol.


Esto era un lugar muy hermoso, verde y frondoso. La naturaleza ofrecía todo un espectáculo de música, aromas y colores. Por sus riachuelos corría agua clara y cantarina. Los pájaros alegraban el ambiente con cantos melodiosos. Las flores embriagaban con infinidad de olores y los habitantes vivían felices, en perfecta armonía con el medio que les proporcionaba bienestar y sustento. Los mayores inculcaban a los niños el respeto por los animales y las plantas y los niños eran grandes amigos de la naturaleza y la protegían y cuidaban.

Los niños conocían todos los secretos de la tierra fértil que era regada por la generosa lluvia. Eran conscientes de su riqueza, el sustento diario lo tenían garantizado y sabedores de ese privilegio, estaban agradecidos a la madre naturaleza.

lunes, 23 de abril de 2012

El niño poeta

Un niño muestra un libro a su madre.


Había una vez un niño muy estudioso que guardaba un secreto. Era como un tesoro muy valioso. Ni siquiera su madre, a la que él quería muchísimo, lo sabía.

Le apasionaba escribir poesía y las guardaba para que nadie las viera. Tenía una hermanita de dos años que siempre buscaba su compañía. A él le gustaba recitarle poesía y la niña se quedaba rápidamente dormida. Su madre, sorprendida por la facilidad que tenía el niño para dormir a su hermanita, decide averiguar cómo lo conseguía y se puso a observar a escondidas, hasta que descubre el secreto: su hijo era poeta y a la niña le encantaba escuchar las poesías. Entonces, se da cuenta del por qué su niña siempre buscaba la compañía de su hermano. Era una niña feliz, nunca lloraba.

jueves, 3 de marzo de 2011

La paciencia

Una madre descansa mientras su hija juega.


La tarde está desapacible y fría, y la familia se quedó en casa. Reunida en el salón, pasaban el tiempo entretenidos en sus aficiones: mientras los padres leen los tres hijos juegan y corren.
La madre a pesar de estar disfrutando de la lectura, también está pendiente de los niños, que a cada momento se acercan a preguntar y a contar sus ocurrencias. Ella en toda ocasión interrumpe la lectura para atenderles con cariño, acariciándolos y sonriéndoles.
El mayor de los niños reflexiona sobre el comportamiento y se lo hace saber a los demás:
—¿Sabes de qué me he dado cuenta?, que corremos y gritamos y no hemos respetado que mamá y papá están leyendo.
Contestó el menor:
—Es verdad y en lugar de enfadarse nos sonríe con cariño.
—Es porque tienen mucha paciencia —dijo el mediano.
—He descubierto que en la paciencia hay mucho amor —añadió el mayor.
A lo que el mediano contestó:
—Creo que si no hay amor, no puede haber paciencia…
Los tres corren hacia los padres y les piden disculpas por su mal comportamiento:
—¡Gracias mamá y papá, por tener tanta paciencia con nosotros, pero con vuestra paciencia nos han demostrado todo su amor y cariño! No olvidaremos esta gran lección.

Fotografía: Oleg Green, cc.

domingo, 18 de julio de 2010

La aventura de una moneda

Una peseta.


Esto era una moneda que, cansada de estar abandonada en la calle sin que nadie la recogiera, decidió quejarse y hablar:
Por si no me conoces o me has olvidado, me voy a presentar… Soy ‘La Peseta’ una moneda pequeña y dorada; rubia. Fui muy querida y deseada y aunque mi valor no es alto, sí que tenía el gran valor de ‘Ser la Moneda Nacional’. Todo el que conocía a España me conocía a mí, de ahí mi fama en el mundo entero.

Después que salí de la fábrica he corrido muchas aventuras… He viajado en todos los medios de transportes; he pasado por grandes ciudades y por pueblos olvidados, siempre metida en bolsillos y monederos, también encerrada en cajas fuertes y a veces, tirada por cualquier rincón, hasta que me ven y me recogen.

He vivido en palacios y en chabolas. He conocida a gente educada y grosera; gente buena y despiadada; gente alegre y triste; feliz y desgraciada… Con tanto recorrido se pueden imaginar mil aventuras. Todos contentos conmigo, me contaban y me sumaban en grandes cantidades, ahora que las caras más felices que he visto, ha sido la de los pobres al tenerme en sus manos. Siempre quise estar en todos los hogares, pero entre los pobres tenía el valor de lo necesario.

Pues ahora el País que me amaba me ha cambiado por otra… España ya no es igual a peseta, España ama al Euro, el Euro es de más valor que yo, vale ciento sesenta y seis pesetas y a mí ya me han olvidado, por eso me siento humillada porque nadie me recoge del suelo y deja que me envuelva la basura… Hoy ya no valgo nada y si no vales, bien pronto que te olvidan aquellos que tanto te quisieron.

¿Me recuerdas? Soy una peseta y aquí estoy tirada, perdida y abandonada, sin valor y olvidada…, pero fui y sigo siendo ‘La Peseta’.
La moneda es dinero, con lo que se compra y se vende todo. Unos sudan fatigas por ganarse unas monedas, a otros le dan grandes cantidades sin sudar y tantos otros, sin pertenecerle, lo cogen con sus propias manos, a eso se le llama robar y robar, han robado muchos…

«El dinero no es lo más importante en la vida; si lo fuera naceríamos con él».

Fotografía: Generation X-Ray, cc.