La Cuaresma se considera un tiempo de conversión (del griego
metanoia, cambio de mente y corazón) porque representa un periodo de 40 días de
preparación, reflexión y purificación para volver a Dios. Es una invitación a
renovar la vida espiritual, apartándose del pecado y las distracciones
materiales mediante la oración, el ayuno y la limosna, buscando una
transformación interior que lleva a la reconciliación. No es solo un cambio
externo, sino un cambio profundo del corazón, reconociendo las propias fallas y
acercándose al amor de Dios.
El Señor nos vuelve a conceder este año un tiempo propicio
para prepararnos a celebrar con el corazón renovado el gran Misterio de la
muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y
comunitaria. Debemos volver continuamente a este Misterio, con la mente y con
el corazón. De hecho, este Misterio no deja de crecer en nosotros en la medida
en que nos dejamos involucrar por su dinamismo espiritual y lo abrazamos,
respondiendo de modo libre y generoso.


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