La vida cobra sentido al cumplir tres propósitos
fundamentales: dar amor, recibirlo y saber perdonar, descartando todo lo demás
como secundario.
Esta reflexión pertenece a la novela "El libro de los Baltimore" del
escritor Joël Dicker.
El sentido de la existencia no es algo predeterminado que se
encuentra, sino una construcción activa. Se forja a través de las elecciones
diarias, el cultivo de relaciones significativas, el compromiso con proyectos
personales y la capacidad de trascender el propio ego para dejar una huella
positiva en el entorno.
El Existencialismo: Filósofos como Jean-Paul Sartre
planteaban que la existencia precede a la esencia. Esto significa que primero
naces y luego te defines a ti mismo a través de tus decisiones libres y
responsables. Eres el autor de tu propio destino.
La Logoterapia: Desarrollada por el neurólogo y psiquiatra
Viktor Frankl, esta corriente postula que la principal motivación humana no es
el placer, sino la "voluntad de sentido". Según este enfoque, puedes
encontrar significado a través de tres vías: creando una obra o realizando un
trabajo, experimentando algo o conectando con alguien (amor y aprecio experiencial),
y mediante la actitud que adoptas ante el sufrimiento inevitable.
Investigaciones sobre el bienestar psicológico, como las
destacadas por autores contemporáneos, sugieren que una vida significativa se
sostiene en cuatro pilares: Pertenencia. Propósito. Trascendencia. Narrativa.
Sabemos que el sentido de la existencia humana ha sido
abordado desde múltiples enfoques, más allá de esta cita concreta de El libro
de los Baltimore. Distintas corrientes psicológicas y filosóficas ofrecen
perspectivas complementarias sobre lo que impulsa a las personas. El sentido en
la vida no solo tiene que ver con lo que pensamos, sentimos o nos motiva, sino
también con lo que hacemos. Los grandes expertos en psicología y filosofía
coinciden: si queremos ser felices, necesitamos darle sentido a la vida. Y es
que solo cuando sabemos por qué hacemos lo que hacemos podemos superar hasta
las más duras circunstancias.
Decía Séneca que “ningún viento es favorable para quien no
sabe hacia dónde navega”. Y es que ya en aquel lejano siglo I d.C. la filosofía
tenía muy claro que, para poder ser felices, necesitamos un sentido.
Necesitamos poder responder a la gran pregunta: ¿para qué estoy aquí? Y es que
el sentido de la vida orienta la existencia, ayuda a decidir cómo vivir y da un
marco para entender el sufrimiento, la libertad y la finitud humana.
De estas aseveraciones surgen, por supuesto, muchas
preguntas. Para empezar, ¿hay una suerte de sentido universal dado de antemano
en nuestras vidas? ¿Es algo que se descubre o se crea? ¿Cambia con el paso del
tiempo o es fijo? Todas estas preguntas son las que, sin duda, debemos hacernos
si queremos darle sentido a nuestra vida. Y para responderlas contamos con los
grandes pensadores de la historia, que nos ayude a dar cierto orden para vivir
con sentido y alcanzar la felicidad.
Aunque la misión es enfrentar estas preguntas desde una
perspectiva filosófica, es innegable que la persona que más se ha ocupado del
sentido en el último siglo fue el psiquiatra Viktor Frankl. Hasta su
logoterapia, la psicología postulaba que era el poder (Adler) o el placer
(Freud) lo que motivaba al ser humano. Pero Frankl cambió el enfoque
radicalmente.
Según cuenta en ‘El hombre en busca de sentido’, sucedió en
uno de los muchos días que permaneció encerrado en Auschwitz, tras un largo día
de trabajos forzados. Uno de los cautivos avisó al resto para que salieran de
los barracones; un precioso atardecer se dibujaba en el paisaje. Fue entonces
cuando Frankl llegó a su conclusión: el hombre no necesita poder ni placer,
necesita sentido.
De su terrible experiencia, Frankl aprendió una valiosa
lección, y es que cuando tenemos un “por qué” para vivir, somos capaces de
soportar casi cualquier “cómo”. Así, el sentido es lo que nos ayuda a sortear
las dificultades de la vida. Y es que, desde la perspectiva de este psiquiatra,
al ser humano pueden arrebatarle prácticamente todo (su salud, su dignidad, su
libertad), excepto la que él llamó “la última de las libertades”, la de elegir
la actitud con la que nos enfrentamos a las cosas.
Cuando hablamos de actitud, no nos referimos a sonreír pase
lo que pase, como un mensaje barato de autoayuda. La actitud que planteaba
Frankl es la de buscar activamente el sentido, porque solo con él tendremos
algo por lo que vivir. Para empezar, recomienda a sus lectores vivir como si
estuvieran viviendo una segunda vida y en la primera hubieran fallado. El objetivo
no es vivir desde la culpa, sino desde la conciencia y la responsabilidad, que
son esenciales para la libertad personal. El psiquiatra también aconsejaba
practicar la virtud como medio hacia el sentido, porque el mal jamás encuentra
propósito más allá de sí mismo.
El sentido y la felicidad. Aunque Frankl fue quizá quien más
desarrolló esta idea, no fue el único autor que reflexionó al respecto.
Dostoievski, el genio de la novela rusa, fue quien dijo aquello de que “el
misterio de la existencia humana no consiste solo en vivir, sino en saber para
qué vivir”. Y antes que él, Tolstoi aseguró que la felicidad consiste en una
sola cosa: vivir para los demás.
Otra figura clave de la psicología del siglo XX, Erich Fromm,
que aseguró que la felicidad se sustenta sobre tres pilares: la creatividad, la
autenticidad y la conexión. Y estas tres son, quizá, las primeras piezas del
puzle sobre el sentido de la vida.
De entre muchas de las preguntas que se han hecho los
filósofos, una muy interesante para el tema del sentido vital es, ¿somos dueños
de nuestro propio destino? En caso afirmativo, podríamos mover los hilos para
conseguir aquella meta vital que nos hayamos propuesto. Pero esto se parecería
mucho más a jugar a una suerte de videojuego que a vivir.
Lo cierto es que no podemos controlar el destino. Podemos
empezar una tarea sin saber si se completará o no. Podemos poner en juego todos
nuestros esfuerzos, y aun así perder. ¿Es posible cultivar el sentido en un
mundo así? Nietzsche, inspirado por los filósofos estoicos, creía que sí.
En uno de sus textos, Nietzsche reflexiona precisamente sobre
este sinsentido que parece la vida cuando tomamos conciencia de que, en
realidad, pocas cosas dependen de nosotros. Pero él se propone darle sentido al
sinsentido amando el destino (amor fati, en latín). Es decir, asumiendo que las
cosas son como deben ser, y que la mejor actitud para afrontar la vida es amar
lo que nos suceda. Pensar que, como él mismo escribió, lo que no nos mata nos
hace más fuertes.
La idea la desarrolla aún más en su teoría del eterno
retorno, que consiste en una suerte de experimento mental. Para Nietzsche, la
única respuesta posible es “sí”. Porque solo la afirmación dota de sentido a la
existencia. En realidad, esta idea en la que insiste Nietzsche aparece también
en otros muchos pensadores, como Confucio, cuyo máximo consejo para la vida era
el siguiente: “La vida es realmente simple, pero insistimos en hacerla
complicada”.
Se estima que desde el Homo neanderthalensis (400.000-40.000
años atrás) los humanos nos preguntamos para qué estamos en este mundo, si hay
algo más de allá de nosotros mismos. De hecho, esta consciencia existencial es
la característica que más nos distingue del resto de los animales.
Muchos piensan que el sentido en la vida es una cuestión
puramente metafísica o completamente subjetiva, y que por tanto no puede ser
estudiada objetivamente. Otras afirman que es un asunto que no tiene respuesta.
Sin embargo, en psicología el sentido en la vida (se habla
del sentido en la vida y no del sentido de la vida como tal porque varía en
cada persona) se ha abordado científicamente desde hace varias décadas,
principalmente desde la aportación del psiquiatra austriaco Viktor E. Frankl.
Lejos de ser metafísica inabordable, el sentido en la vida ha
sido descrito como constructo psicológico y hay todo un campo de investigación
sobre su importancia en el comportamiento humano, la salud mental y la salud
física. Por ejemplo, sabemos que el sentido en la vida es uno de los pilares de
la felicidad y el bienestar psicológico. En cambio, a la falta de sentido en la
vida se le relaciona con problemas psicológicos como la depresión y la
ansiedad, entre otros
Científicamente el sentido en la vida se ha definido como “la
percepción de orden, coherencia y propósito e importancia en la existencia, la
búsqueda y logro de metas valiosas, y un acompañante sentido de realización”. La
coherencia, como faceta más cognitiva, se refiere al grado en que una persona
percibe orden y comprensión sobre sí mismo, el mundo y su lugar en la vida. El
propósito es el elemento de carácter motivacional y se refiere a tener metas,
valores o aspiraciones que dan una dirección a la vida de una persona. La
importancia o significancia es la faceta de tipo emocional y hace alusión a la
percepción y sentimiento de que la vida de uno tiene valor e importa en el
mundo.
En línea con las ideas originales de Viktor E. Frankl, la
importancia o significancia se vincula con la autotranscendencia, entendida
como la persecución y contribución a una causa mayor que va más allá de uno
mismo (otras personas, la sociedad, la naturaleza o Dios, en caso de ser
religioso). Es más probable que experimentemos un mayor sentido en nuestra vida
si la dirigimos al beneficio de otros. Lejos de ser incompatibles, la
apreciación experiencial, la contemplación de lo que le acontece y el
crecimiento personal van de la mano. Otro dato, si queremos potenciar nuestro
sentido en la vida no debemos descuidar el carpe diem.
En congruencia con las ideas de Viktor E. Frankl, Paul T. P.
Wong y la psicología contextual, hay que tener en cuenta otro elemento básico:
las acciones responsables o acciones valiosas (las conductas que dirigimos
hacia lo que valoramos en la vida y creemos moralmente correcto). El sentido en
la vida no solo tiene que ver con lo que pensamos, sentimos o nos motiva, sino
también con lo que hacemos. Asumir la responsabilidad de nuestra propia
existencia, supone enfrentarse a las consecuencias.
José Ortega y Gasset defendía que existen ciertas condiciones
fundamentales que dan valor a nuestras vidas, no simplemente porque nosotros
las consideremos valiosas, sino que estas áreas deben contener cualidades en sí
mismas que nos hacen valorarlas. La teoría evolutiva explica que la motivación
humana hacia los vínculos personales es adaptativa y crucial para la especie. La
ciencia muestra que los seres humanos no podemos deshacernos de nuestra
filogenia y ni del contexto social en que vivimos. Eso, no significa que no
seamos libres de elegir nuestro sentido en la vida. Las relaciones personales,
la intimidad o el amor, la autotrascendencia, la contribución a la sociedad,
los logros personales, la espiritualidad y la armonía están a la cabeza de las
fuentes de sentido identificadas a nivel global. Nuestra libertad y nuestra
naturaleza son perfectamente compatibles.
Desde Viktor E. Frankl, se considera que el sentido en la
vida es en gran parte personal e individual. El rango y diversidad de las
fuentes de sentido varían entre las personas, así como varían los niveles de
cada faceta utilizada para concebir su propio sentido en la vida. La existencia
siempre ha sido un enigma para el ser humano o, dicho de otro modo, una
condición a la cual se busca entender y otorgar un significado, y es posible
que actualmente experimentar la vida como un “proyecto” a desarrollar sea una
forma en que se intenta responder esa pregunta.
Fotografía: Internet

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