miércoles, 8 de julio de 2026

Cómo dar sentido a la existencia

 


La vida cobra sentido al cumplir tres propósitos fundamentales: dar amor, recibirlo y saber perdonar, descartando todo lo demás como secundario. Esta reflexión pertenece a la novela "El libro de los Baltimore" del escritor Joël Dicker.

El sentido de la existencia no es algo predeterminado que se encuentra, sino una construcción activa. Se forja a través de las elecciones diarias, el cultivo de relaciones significativas, el compromiso con proyectos personales y la capacidad de trascender el propio ego para dejar una huella positiva en el entorno.

El Existencialismo: Filósofos como Jean-Paul Sartre planteaban que la existencia precede a la esencia. Esto significa que primero naces y luego te defines a ti mismo a través de tus decisiones libres y responsables. Eres el autor de tu propio destino.

La Logoterapia: Desarrollada por el neurólogo y psiquiatra Viktor Frankl, esta corriente postula que la principal motivación humana no es el placer, sino la "voluntad de sentido". Según este enfoque, puedes encontrar significado a través de tres vías: creando una obra o realizando un trabajo, experimentando algo o conectando con alguien (amor y aprecio experiencial), y mediante la actitud que adoptas ante el sufrimiento inevitable.

Investigaciones sobre el bienestar psicológico, como las destacadas por autores contemporáneos, sugieren que una vida significativa se sostiene en cuatro pilares: Pertenencia. Propósito. Trascendencia. Narrativa.

Sabemos que el sentido de la existencia humana ha sido abordado desde múltiples enfoques, más allá de esta cita concreta de El libro de los Baltimore. Distintas corrientes psicológicas y filosóficas ofrecen perspectivas complementarias sobre lo que impulsa a las personas. El sentido en la vida no solo tiene que ver con lo que pensamos, sentimos o nos motiva, sino también con lo que hacemos. Los grandes expertos en psicología y filosofía coinciden: si queremos ser felices, necesitamos darle sentido a la vida. Y es que solo cuando sabemos por qué hacemos lo que hacemos podemos superar hasta las más duras circunstancias.

Decía Séneca que “ningún viento es favorable para quien no sabe hacia dónde navega”. Y es que ya en aquel lejano siglo I d.C. la filosofía tenía muy claro que, para poder ser felices, necesitamos un sentido. Necesitamos poder responder a la gran pregunta: ¿para qué estoy aquí? Y es que el sentido de la vida orienta la existencia, ayuda a decidir cómo vivir y da un marco para entender el sufrimiento, la libertad y la finitud humana.

De estas aseveraciones surgen, por supuesto, muchas preguntas. Para empezar, ¿hay una suerte de sentido universal dado de antemano en nuestras vidas? ¿Es algo que se descubre o se crea? ¿Cambia con el paso del tiempo o es fijo? Todas estas preguntas son las que, sin duda, debemos hacernos si queremos darle sentido a nuestra vida. Y para responderlas contamos con los grandes pensadores de la historia, que nos ayude a dar cierto orden para vivir con sentido y alcanzar la felicidad.

Aunque la misión es enfrentar estas preguntas desde una perspectiva filosófica, es innegable que la persona que más se ha ocupado del sentido en el último siglo fue el psiquiatra Viktor Frankl. Hasta su logoterapia, la psicología postulaba que era el poder (Adler) o el placer (Freud) lo que motivaba al ser humano. Pero Frankl cambió el enfoque radicalmente.

Según cuenta en ‘El hombre en busca de sentido’, sucedió en uno de los muchos días que permaneció encerrado en Auschwitz, tras un largo día de trabajos forzados. Uno de los cautivos avisó al resto para que salieran de los barracones; un precioso atardecer se dibujaba en el paisaje. Fue entonces cuando Frankl llegó a su conclusión: el hombre no necesita poder ni placer, necesita sentido.

De su terrible experiencia, Frankl aprendió una valiosa lección, y es que cuando tenemos un “por qué” para vivir, somos capaces de soportar casi cualquier “cómo”. Así, el sentido es lo que nos ayuda a sortear las dificultades de la vida. Y es que, desde la perspectiva de este psiquiatra, al ser humano pueden arrebatarle prácticamente todo (su salud, su dignidad, su libertad), excepto la que él llamó “la última de las libertades”, la de elegir la actitud con la que nos enfrentamos a las cosas.

Cuando hablamos de actitud, no nos referimos a sonreír pase lo que pase, como un mensaje barato de autoayuda. La actitud que planteaba Frankl es la de buscar activamente el sentido, porque solo con él tendremos algo por lo que vivir. Para empezar, recomienda a sus lectores vivir como si estuvieran viviendo una segunda vida y en la primera hubieran fallado. El objetivo no es vivir desde la culpa, sino desde la conciencia y la responsabilidad, que son esenciales para la libertad personal. El psiquiatra también aconsejaba practicar la virtud como medio hacia el sentido, porque el mal jamás encuentra propósito más allá de sí mismo.

El sentido y la felicidad. Aunque Frankl fue quizá quien más desarrolló esta idea, no fue el único autor que reflexionó al respecto. Dostoievski, el genio de la novela rusa, fue quien dijo aquello de que “el misterio de la existencia humana no consiste solo en vivir, sino en saber para qué vivir”. Y antes que él, Tolstoi aseguró que la felicidad consiste en una sola cosa: vivir para los demás.

Otra figura clave de la psicología del siglo XX, Erich Fromm, que aseguró que la felicidad se sustenta sobre tres pilares: la creatividad, la autenticidad y la conexión. Y estas tres son, quizá, las primeras piezas del puzle sobre el sentido de la vida.

De entre muchas de las preguntas que se han hecho los filósofos, una muy interesante para el tema del sentido vital es, ¿somos dueños de nuestro propio destino? En caso afirmativo, podríamos mover los hilos para conseguir aquella meta vital que nos hayamos propuesto. Pero esto se parecería mucho más a jugar a una suerte de videojuego que a vivir.

Lo cierto es que no podemos controlar el destino. Podemos empezar una tarea sin saber si se completará o no. Podemos poner en juego todos nuestros esfuerzos, y aun así perder. ¿Es posible cultivar el sentido en un mundo así? Nietzsche, inspirado por los filósofos estoicos, creía que sí.

En uno de sus textos, Nietzsche reflexiona precisamente sobre este sinsentido que parece la vida cuando tomamos conciencia de que, en realidad, pocas cosas dependen de nosotros. Pero él se propone darle sentido al sinsentido amando el destino (amor fati, en latín). Es decir, asumiendo que las cosas son como deben ser, y que la mejor actitud para afrontar la vida es amar lo que nos suceda. Pensar que, como él mismo escribió, lo que no nos mata nos hace más fuertes.

La idea la desarrolla aún más en su teoría del eterno retorno, que consiste en una suerte de experimento mental. Para Nietzsche, la única respuesta posible es “sí”. Porque solo la afirmación dota de sentido a la existencia. En realidad, esta idea en la que insiste Nietzsche aparece también en otros muchos pensadores, como Confucio, cuyo máximo consejo para la vida era el siguiente: “La vida es realmente simple, pero insistimos en hacerla complicada”.

Se estima que desde el Homo neanderthalensis (400.000-40.000 años atrás) los humanos nos preguntamos para qué estamos en este mundo, si hay algo más de allá de nosotros mismos. De hecho, esta consciencia existencial es la característica que más nos distingue del resto de los animales.

Muchos piensan que el sentido en la vida es una cuestión puramente metafísica o completamente subjetiva, y que por tanto no puede ser estudiada objetivamente. Otras afirman que es un asunto que no tiene respuesta.

Sin embargo, en psicología el sentido en la vida (se habla del sentido en la vida y no del sentido de la vida como tal porque varía en cada persona) se ha abordado científicamente desde hace varias décadas, principalmente desde la aportación del psiquiatra austriaco Viktor E. Frankl.

Lejos de ser metafísica inabordable, el sentido en la vida ha sido descrito como constructo psicológico y hay todo un campo de investigación sobre su importancia en el comportamiento humano, la salud mental y la salud física. Por ejemplo, sabemos que el sentido en la vida es uno de los pilares de la felicidad y el bienestar psicológico. En cambio, a la falta de sentido en la vida se le relaciona con problemas psicológicos como la depresión y la ansiedad, entre otros

Científicamente el sentido en la vida se ha definido como “la percepción de orden, coherencia y propósito e importancia en la existencia, la búsqueda y logro de metas valiosas, y un acompañante sentido de realización”. La coherencia, como faceta más cognitiva, se refiere al grado en que una persona percibe orden y comprensión sobre sí mismo, el mundo y su lugar en la vida. El propósito es el elemento de carácter motivacional y se refiere a tener metas, valores o aspiraciones que dan una dirección a la vida de una persona. La importancia o significancia es la faceta de tipo emocional y hace alusión a la percepción y sentimiento de que la vida de uno tiene valor e importa en el mundo.

En línea con las ideas originales de Viktor E. Frankl, la importancia o significancia se vincula con la autotranscendencia, entendida como la persecución y contribución a una causa mayor que va más allá de uno mismo (otras personas, la sociedad, la naturaleza o Dios, en caso de ser religioso). Es más probable que experimentemos un mayor sentido en nuestra vida si la dirigimos al beneficio de otros. Lejos de ser incompatibles, la apreciación experiencial, la contemplación de lo que le acontece y el crecimiento personal van de la mano. Otro dato, si queremos potenciar nuestro sentido en la vida no debemos descuidar el carpe diem.

En congruencia con las ideas de Viktor E. Frankl, Paul T. P. Wong y la psicología contextual, hay que tener en cuenta otro elemento básico: las acciones responsables o acciones valiosas (las conductas que dirigimos hacia lo que valoramos en la vida y creemos moralmente correcto). El sentido en la vida no solo tiene que ver con lo que pensamos, sentimos o nos motiva, sino también con lo que hacemos. Asumir la responsabilidad de nuestra propia existencia, supone enfrentarse a las consecuencias.

José Ortega y Gasset defendía que existen ciertas condiciones fundamentales que dan valor a nuestras vidas, no simplemente porque nosotros las consideremos valiosas, sino que estas áreas deben contener cualidades en sí mismas que nos hacen valorarlas. La teoría evolutiva explica que la motivación humana hacia los vínculos personales es adaptativa y crucial para la especie. La ciencia muestra que los seres humanos no podemos deshacernos de nuestra filogenia y ni del contexto social en que vivimos. Eso, no significa que no seamos libres de elegir nuestro sentido en la vida. Las relaciones personales, la intimidad o el amor, la autotrascendencia, la contribución a la sociedad, los logros personales, la espiritualidad y la armonía están a la cabeza de las fuentes de sentido identificadas a nivel global. Nuestra libertad y nuestra naturaleza son perfectamente compatibles.

Desde Viktor E. Frankl, se considera que el sentido en la vida es en gran parte personal e individual. El rango y diversidad de las fuentes de sentido varían entre las personas, así como varían los niveles de cada faceta utilizada para concebir su propio sentido en la vida. La existencia siempre ha sido un enigma para el ser humano o, dicho de otro modo, una condición a la cual se busca entender y otorgar un significado, y es posible que actualmente experimentar la vida como un “proyecto” a desarrollar sea una forma en que se intenta responder esa pregunta.


Fotografía: Internet


 

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