En psicología, el temperamento es el "lienzo" con
el que se nace, y el carácter es la "obra" que se construye sobre él.
La principal
diferencia radica en que el temperamento es innato y biológico, mientras que el
carácter se adquiere y moldea a lo largo de la vida a través del entorno, la
educación y las experiencias.
El temperamento, es la base biológica de la conducta. Está
determinado por la genética y el funcionamiento del sistema nervioso. Se
manifiesta de forma automática desde la infancia en forma de reacciones
emocionales, niveles de energía o sensibilidad a los estímulos. Por ser
hereditario, es muy difícil de modificar y permanece estable (por ejemplo,
nacer con una tendencia a ser más nervioso o más calmado).
El carácter, es la dimensión aprendida o moldeada. Se forja
durante el crecimiento y la madurez mediante la educación, los hábitos, la
cultura y las decisiones personales. A diferencia del temperamento, el carácter
se puede gestionar, entrenar y modificar conscientemente a lo largo de la vida
(por ejemplo, aprender a ser más paciente, tolerante o disciplinado).
En el lenguaje cotidiano frecuentemente se utilizan los
términos “personalidad”, “temperamento” y “carácter” de forma intercambiable;
sin embargo, desde la Psicología se han establecido límites claros entre estos
tres conceptos, que dan cuenta de aspectos diferenciados de la experiencia
humana.
Temperamento es algo innato, genético, heredado,
constitucional. Nos es dado; o nacemos con él. Pero el carácter se forma, se
desarrolla; tiene que ver con nuestras experiencias y con la educación que
recibimos. Juntos, temperamento y carácter forman la personalidad. Personalidad
es la forma en la que sentimos, pensamos y nos comportamos. Y, es el comportamiento el que determina lo admirable o lo despreciable de la persona.
La Biblia distingue entre el temperamento (la predisposición
natural e innata con la que nacemos) y el carácter (el conjunto de valores,
hábitos y dominio propio desarrollado a través de la fe). Las escrituras
enseñan que Dios no busca eliminar nuestro temperamento, sino moldearlo y
disciplinarlo mediante su gracia.
Dios quiere darte una personalidad única y, a la vez, preciosa y de bendición. Que dé gusto vivir contigo. Que seas alguien feliz y que hace felices a los demás. Que seas útil en las manos de Dios y dejes una huella positiva tras pasar por este mundo.
Dijo Billy Graham: “Cuando se pierde la riqueza, no se pierde
nada; cuando se pierde la salud, algo se pierde; cuando se pierde el carácter,
todo está perdido”.
Lo más importante de tu personalidad no es tu temperamento,
es tu carácter. La multiforme gracia de Dios se ve plenamente en Cristo como lo
expresa Hebreos 1:3: Él es el resplandor de su gloria y la expresión exacta de
su naturaleza. Sin embargo, el propósito de Dios es que, en cada uno de
nosotros, aunque sea parcialmente, se vea algo de esa multiforme gracia: Según
cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndoos los unos a los otros
como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios (1 Pedro 4:10).
Ahora bien, el Hijo mismo tuvo que desarrollar carácter, es
decir, madurar y ser perfeccionado (Hebreos 2:10), en el sentido de hacerse un
hombre de Dios, un hombre maduro: Hebreos 5:8-10: y aunque era Hijo, aprendió
obediencia por lo que padeció; y habiendo sido hecho perfecto, vino a ser
fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen, siendo constituido
por Dios sumo sacerdote según el orden de Melquisedec.
El Hijo, Jesucristo, tenía un temperamento perfecto, un
carácter formado o maduro y una personalidad preciosa y poderosa. Además, Él
era siempre la misma persona. No había tal cosa como el personaje público y la
persona privada. El personaje era también la persona: eso era lo que lo hacía
tan especial y le daba autoridad para decirle a sus discípulos, con los que
convivió: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29).
“Todo hombre tiene tres variedades de carácter: el que
realmente tiene; el que aparenta, y el que cree tener”. Esta cita del escritor francés
Alphonse Karr, no fue aplicable al Hijo de Dios. Él tenía una sola personalidad
y un único carácter.
En cambio, Simón el mago se hizo a sí mismo un personaje. Lo vemos en Hechos 8:9-10: “Y cierto hombre llamado Simón, hacía tiempo que estaba ejerciendo la magia en la ciudad y asombrando a la gente de Samaria, pretendiendo ser un gran personaje; y todos, desde el menor hasta el mayor, le prestaban atención, diciendo: Este es el que se llama el Gran Poder de Dios”.
Simón no dejó al Espíritu Santo cambiar su personalidad,
santificando su temperamento y transformando su carácter. Por eso, quiso
comprar un poder especial y seguir sosteniendo su personaje público, aunque su
persona era un desastre. Los apóstoles le dijeron que estaba en hiel, amargura
y atado a la iniquidad (Hechos 8:20-23). ¡Qué decepción!
He conocido personas que han arruinado su personalidad.
Podían haber mostrado un aspecto de la gloria de Dios y, tristemente, no se
dejaron tratar por el Alfarero. Mary Anne Evans (1819-1880), en su seudónimo de
George Eliot, novelista y poeta inglesa de la Era Victoriana, afirmó que el
“carácter no está cortado en mármol; no es algo sólido e inalterable. Es algo
vivo y cambiante”.
Sin duda, desarrollar carácter es lo que marca la diferencia,
ya que, el temperamento solo puede ser potenciado y santificado desde una
madurez personal que dará como resultado una personalidad cada vez más parecida
a la del Señor Jesús, añadiendo virtud sobre virtud con el paso del tiempo. La
idea es que, así como el buen vino, lejos de agriarnos y echarnos a perder al
envejecer, vayamos ganando valor, calidad y buen sabor.
Pedro, en su segunda epístola nos da la buena nueva de que
Dios quiere que seamos partícipes de su naturaleza divina a través de un
carácter de gloria y excelencia (2 Pedro 1:3-4). Ahora bien, el apóstol no deja
al cristiano como un mero beneficiario de tan altas promesas, sino que, a
reglón seguido, insta a sus lectores a que sean diligentes para ir creciendo en
virtudes imprescindibles, que no pueden quedarse lejos de nuestra personalidad
ni ser un fruto pequeño o escaso en el árbol de nuestro carácter: “Vosotros
también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe, virtud;
a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio,
paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto
fraternal, amor. Porque si estas cosas están en vosotros, y abundan, no os
dejarán estar ociosos ni sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor
Jesucristo” (2 Pedro 1:5-8).
En nuestra forma de ser, todos estamos llamados a mostrar la
gloria de Dios como Jesús lo hizo: a todo el que es llamado por mi nombre y a
quien he creado para mi gloria, a quien he formado y a quien he hecho (Isaías
43:7). Dios nos llama a ser grandes en personalidad, por lo noble, pura,
íntegra y bella que es nuestra forma de ser.
A través del Fruto del Espíritu (amor, paciencia, bondad y
dominio propio), el creyente es transformado para controlar los impulsos
naturales y reflejar un carácter íntegro, maduro y semejante al de Cristo.
El poeta romano Publio Siro dijo: “El carácter de cada
hombre es el árbitro de su fortuna”.
Fotografía: Internet

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