Un cristiano sin la Virgen está huérfano. También un cristiano sin Iglesia es un huérfano. Un cristiano necesita de estas dos mujeres, dos mujeres madres, dos mujeres vírgenes: La Iglesia y la Madre de Dios.
El Papa Francisco, en cada una de sus homilías acerca de nuestra siempre Madre virginal, nos asegura que María mira a todos y a cada uno de nosotros, como madre y con una gran ternura, misericordia y con amor, y siempre nos anima a sentir su mirada amable. Nos recuerda que "está huérfano el cristiano que no tiene a María como madre". Y es que el Santo Padre ya casi no termina ningunos de sus discursos sin invocar el poderoso auxilio de nuestra Señora y Reina de todos los cristianos. Y es que ella es modelo toda vocación, no tuvo miedo a decir su «fiat» a la llamada del Señor, al encuentro divino de Dios con la humanidad. Y es que Ella nos acompaña y nos guía, nos enseña el significado de vivir en el Espíritu Santo y a saber acoger la novedad de Dios en nuestra vida.





