
Mujer-Madre. La mujer es la obra perfecta de la creación. Dios le reservó el último episodio. Es la culminación, la cumbre y maravilla en las manos del Hacedor y la única que no procede del polvo y del barro sino de carne y hueso del ser viviente. La mujer era otra obra distinta y distinto tuvo que ser el procedimiento. Estaba destinada a ser lo más hermoso, tenía un fin sublime, se le habían asignado en el plan divino altos cometidos. Contenía la hermosura, la ternura, el amor y la vida. De ahí que Adán la llame Eva, dadora de vida, la madre de todos los vivientes.
En las distintas religiones y mitologías, la mujer es un ser privilegiado. Nace en el último episodio generativo, como el culmen de la obra artística. En la metáfora bíblica, no surge del polvo y del barro como el varón, sino de algo más noble, humano y vital; y en el «no es bueno que el hombre esté solo», se constata una carencia masculina, una imperfección, la falta del trazo definitivo, la pincelada de perfección que ha de completar el cuadro. La mujer viene a ser el complemento necesario.

