“En la escuela de la vida, nadie te pregunta si quieres matricularte. Basta con nacer y ya estás matriculado.
No
hay uniformes ni pupitres asignados. Y el curso escolar, nunca termina.
Lo
curioso es que, en esta escuela, somos alumnos y profesores.
Pero
el gran maestro es el tiempo: ese profesor exigente, paciente y a veces severo.
No
avisa de los exámenes. Un día te despiertas y ahí está el examen en el pupitre.
Y si no has estudiado, no tiene sentido pedir un nuevo examen.
Algunas
materias son fáciles: el Amor, la Amistad, la Alegría. Otras requieren más
esfuerzo: la Paciencia, la Tolerancia, el Perdón.
También
hay materias que preferiríamos no cursar: el dolor, la pérdida, la soledad.
Pero
es a través de ellas que el aprendizaje se profundiza.
El
director de la escuela (a quien muchos llamamos Dios) tiene una forma muy
particular de preparar las clases.
A
veces enseña desde el cariño; otras, desde la dificultad. Y así acumulamos
calificaciones, sin una libreta de notas, pero con un registro invisible en
nuestros corazones.
En
el conflicto, aprendemos a valorar la paz.
En
la escasez, descubrimos lo suficiente.
Al
presenciar la injusticia, practicamos la empatía.
Y
en la vida diaria, aprendemos el difícil arte de amar al prójimo, una lección
que algunos repiten durante años sin llegar a dominarla.
En
esta escuela no hay vacaciones. No suena la campana para terminar el día. Cada
día es una nueva lección.
Y
quizás el diploma final sea la serenidad de mirar atrás y decir:
Aprendí. Cometí errores, pero aprendí. Viví la lección hasta el último capítulo”.
Anónimo
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