viernes, 6 de marzo de 2026

Cristo de Medinaceli

 


Cada primer viernes de marzo, miles de madrileños hacen cola durante horas para besar los pies de Jesús de Medinaceli, una imagen de Cristo de la primera mitad del siglo XVII que arrastra una rocambolesca historia. La veneración de miles de madrileños tiene su origen en la historia y leyenda de esta imagen cautiva y rescatada. 

Tallada en Sevilla como los Cristos "de la Sentencia", fue llevada por los capuchinos hasta la plaza fuerte de La Mámora, en Marruecos, conquistada en 1614 por los españoles para luchar contra la piratería y rebautizada como San Miguel de Ultramar. Cuando en abril de 1681 el rey Muley Ismail tomó la ciudad, hoy conocida como Medhía, la imagen fue arrastrada por las calles de Mequinez y sometida a todo tipo de vejaciones, burlas y ultrajes por los sarracenos.

La historia atestigua por orden expresa del Rey Muley, la imagen fue arrastrada por las calles de Mequinez en señal de odio contra la religión cristiana y hasta algunos aseguran que, como si se tratara de carne humana, fue arrojada a los mismos leones... Fue vista por el Padre de la Orden de la Santísima Trinidad, Fray Pedro de los Ángeles, quien, arriesgando su vida y presentándose ante el mismo rey, solicitó el rescate de la imagen como si se tratara de un ser vivo. Se dice que el rey le permitió al padre trinitario custodiar la imagen, hasta que reuniera el dinero para su rescate, amenazándole que, de no hacerlo así, lo quemaría a él y a la imagen.

El Padre General de la Orden mandó a los Padres Miguel de Jesús, Juan de la Visitación y Martín de la Resurrección que se encargaran de servir de mediadores en la solución del problema y estos lograron convencer al rey Muley de que tasara el rescate de la imagen pagando su peso en oro. La Orden de los Trinitarios, dedicados al rescate de los cautivos, pagó en oro el peso de la figura. La leyenda asegura que la balanza se equilibró exactamente cuándo se acumularon treinta monedas. Una y otra vez efectuada esta operación, el resultado fue siempre idéntico, con lo que el recuerdo del episodio evangélico en el que Cristo mismo apareció valorado en esas 30 monedas resultaba milagroso. De ahí que el Cristo lleve la cruz de los trinitarios, roja y azul, como portaban agradecidos de por vida tantos cautivos liberados por los trinitarios.

La imagen pasó por Tetuán, Ceuta, Gibraltar y Sevilla, hasta su llegada en el verano de 1682 al convento de los Padres Trinitarios de Madrid, junto al que se levantó una capilla donada por los Duques de Medinaceli. "Todo Madrid" asistió a la primera procesión que se organizó ese mismo año, desde el pueblo sencillo hasta la casa real. Así lo recoge la web de la Parroquia de Jesús de Medinaceli, que señala cómo desde entonces, algún miembro de la familia real acude a la romería del primer viernes de marzo.

El decreto de Desamortización de Mendizábal de 1836 obligó a la imagen a trasladarse a la iglesia de San Sebastián de Madrid, donde permaneció diez años hasta que por influencia del Duque de Medinaceli regresó a la capilla de los Trinitarios. En 1890 fue derribado el convento de los Capuchinos y sus patronos, los duques de Medinaceli, instalaron en 1895 en su nueva capilla la imagen del Cristo.

La Guerra Civil obligó a peregrinar de nuevo al Cristo de Medinaceli, cuya imagen habían salvado de un piquete de revolucionarios los devotos y vecinos del convento el 13 de marzo de 1936. Los frailes la ocultaron en el sótano del convento, pero fue descubierta y entregada a la Junta del Tesoro que la trasladó a Valencia, de allí a Barcelona y finalmente con todo el Tesoro Artístico a la ciudad suiza de Ginebra.

En 1939 regresó a Madrid, donde fue llevada en un primer momento al monasterio de la Encarnación y, en solemne procesión el 14 de mayo, hasta el altar de su templo, nombrado basílica en 1973, donde desde entonces el Cautivo recibe la veneración de sus devotos.

El Cristo de Medinaceli, es conocido como el "Señor de Madrid". La procesión que a las siete de la tarde comienza a recorrer las calles de Madrid con la imagen del Cristo el Viernes Santo y que organiza la "Archicofradía Primaria nacional de la Real e Ilustre Esclavitud de Nuestro Padre Jesús Nazareno" es espectacular y en ella son muchos los que le expresan sus muestras de devoción, agradecimiento y sacrificio de múltiples maneras, rozando algunas de ellas hasta los límites de lo esperpéntico a veces, y otras, de los sacrificios cruentos.

Los viernes son días especiales para venerarla. La Iglesia recuerda en ese día la pasión y Muerte de Cristo, y desde el principio se vio que los madrileños se acercaban, ese día en mayor número a reconciliarse con Dios, a participar en la eucaristía y a besar su pie. La Efigie representa el momento en que Pilatos, dirigiéndose al pueblo judío, le dice: "Ecce Homo, he aquí al Hombre". El Viernes Santo nuestro Cristo devuelve la visita a los madrileños en una emocionada e impresionante procesión que presencia un millón y medio de personas.

El Papa Pablo VI el día 1 de septiembre de 1973 elevaría a Basílica Menor la iglesia de Nuestro Padre Jesús. Cuando al año siguiente le regalaron una reproducción de la imagen, el Papa la besó, y dijo: "Que el beso del Papa a esta imagen de N. P. Jesús, lleve la bendición a cuantos la besan y veneran en Madrid". El beso es manifestación de amor. El beso de los fieles a la imagen de N. P. Jesús no es falsa devoción; es la prueba externa de un amor que llevan muy dentro. Las colas interminables para besar a Jesús nos recuerdan las escenas evangélicas de las multitudes que "querían ver y tocar al Señor". Jesús sigue dejándose besar y tocar por los afligidos, por los tristes, por los necesitados: "Venid a mí todos los que estéis fatigados y Yo os aliviaré" (Mt,11,28). Por supuesto, la amistad con el Señor es condición indispensable para ser escuchados.

 

Fotografía: Internet

 

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