“El Día del Padre debería celebrarse todos los días, porque el amor de un padre no tiene fecha de caducidad”. El amor de padre es una fuerza incondicional, protectora y orientadora, que se caracteriza por la presencia, el apoyo, la seguridad, la confianza para la buena formación de la personalidad.
Llega el Día del Padre, y un año más, y ya van 46 años con todos sus días, que yo no puedo felicitar ni abrazar a mi padre. Solo puedo elevar mi corazón al cielo, cerrar mis ojos para visualizarlo y abrazarlo, y decirle que lo quiero con toda mi alma, que siempre lo tengo en mi memoria a él y a mi madre, y que estoy muy orgullosa de ser su hija. "Señor, no te pregunto por qué te has llevado a mis padres, sino que te doy gracias por habérmelos dado". ¡Felicidades papá!
Yo
me muero por tener a mis padres, y pensar que hay tantos hijos, que, teniendo a su padre y a su
madre, pasan de ellos, ni los valoran ni los aprecian, siendo buenos padres. Luego
están los padres condenados a vivir lejos de sus hijos, porque sí, porque si
no hay motivos, la madre se los inventan… Pero, la mayor condena la sufren los propios
hijos, ellos son las auténticas víctimas. Niños nacidos por amor, que a la primera de cambio, son
utilizados como "instrumentos" de venganza. Niños privados de sus derechos
fundamentales que son necesarios para un buen desarrollo emocional y mental, pero se ven abocados al desarraigo de identidad, quebrando las relaciones que rompen vínculos y lazos fraternales.
“Fuiste
un hijo nacido del amor”. Cómo explicar a un niño que es fruto del amor de su
padre y de su madre, y que no pueda ver a su padre, porque ha sido apartado de
su vida. Dónde está el amor que se tuvieron y que depositaron en ese hijo
nacido del amor…
Los niños necesitan relacionarse con sus padres para construir un apego seguro, fundamental para su desarrollo emocional, seguridad y autoestima. Más que cantidad de horas, requieren presencia emocional, amor incondicional, validación de sus sentimientos y comunicación de calidad, lo que les permite explorar el mundo y gestionar emociones sanas. El vínculo afectivo inicial con los progenitores proporciona la base para que los niños crezcan con tranquilidad, confianza en sí mismos y seguridad emocional.
No se trata de estar las 24 horas, porque los padres trabajan, se trata de mantener una conexión emocional, dedicar tiempo de calidad, compartir vivencias y brindar atención y cariño. Los niños necesitan sentirse escuchados y no juzgados, permitiéndoles expresar sus emociones para desarrollar inteligencia emocional. Una buena relación con los padres les enseña empatía, respeto, habilidades sociales y la capacidad de establecer vínculos significativos en el futuro.
Los
menores tienen derecho a relacionarse con sus progenitores, incluso cuando no
ejerzan la patria potestad, especialmente en los
primeros tres años. La falta de una figura de apoyo (como el padre) puede
afectar el desarrollo cerebral y aumentar el estrés en la familia. La relación
debe ser un espacio de cariño y apoyo, donde los padres, aunque se equivoquen,
sepan reparar el vínculo.
No
dejar que un niño vea a su padre, supone una grave
vulneración de sus derechos, provocando inseguridad, inestabilidad emocional,
dificultades en sus relaciones interpersonales y problemas de conducta.
Legalmente, esto constituye un incumplimiento de las medidas judiciales que
puede derivar en multas e incluso consecuencias penales para el progenitor
custodio.
Padres sin hijos. Hijos sin padres… Esta
ausencia impacta la infancia a nivel emocional, social y familiar. El hecho de no
tener un papá genera en los niños un vacío emocional terrible, que pueden
llegar a experimentar ansiedad, tristeza y sentimiento de abandono o lealtad dividida, lo que se conoce como ausencia psicológica. También pueden mostrar irritabilidad y comportamientos de rebeldía.
Los
niños necesitan sentir que el afecto de sus padres es incondicional. La
incondicionalidad es una de las múltiples condiciones necesarias para el
establecimiento de una relación de apego seguro entre padres e hijos. Sabemos
que el desarrollo de este vínculo es un proceso constante, con varias etapas, y la incondicionalidad está presente en todas ellas. Definir el concepto parece
fácil: el niño percibirá la relación como incondicional si tiene y siente la
certeza de que la figura de apego no va a fallarle ni abandonarle, que estará
ahí cuando necesite de ella.
La
importancia de este aspecto es evidente. Un pequeño que vive con la inquietud
de que sus necesidades afectivas y fisiológicas pueden ser o no cubiertas en
función del momento, no puede concentrarse plenamente en los numerosos
aprendizajes y procesos madurativos que tiene ante sí. Las consecuencias no
sólo se percibirán durante la infancia, sino durante toda la vida. Como decía
John Bowlby, autor de la Teoría del Apego: "la confianza en la figura
de apego es la base de una personalidad estable y segura".
Debemos
comprender que un niño necesita sentir que será amado y atendido por su padre y
por su madre que decidieron traerlo a la vida. Por eso es fundamental tener
presente que no sólo es preciso ser incondicionales, sino asegurarse de que el
niño siente que es así. En pocos años percibirá los matices de esa
incondicionalidad, pero en sus primeros meses necesita sentir que es absoluta.
La vulnerabilidad de un niño necesita de sus padres, y es por ello, por lo que sus
padres no deberían fomentar un mal ambiente familiar, pues las víctimas de esas
carencias son los hijos. Y es que todos los niños sienten adoración reverencial
por sus padres y madres y un ambiente sin tranquilidad familiar, puede acarrear
traumas de por vida o inadaptación social. Una separación no es un drama, el
drama puede ser una mala separación.
Para un niño, la separación de sus padres no es insalvable siempre que sientan estabilidad y seguridad. Los hijos no necesitan que sus padres estén juntos, sino que cuando lo estén guarden pautas de respeto mutuo y de convivencia. La comunicación y el respeto son esenciales entre padres e hijos. Es cierto que los niños de ahora no se crían en el entorno infantil de años atrás, pero la educación no se recibe sólo en el colegio sino, principalmente, en los hogares. Precisamente por ello, un hogar en el que no existe respeto, educación ni un buen ejemplo, es un caldo de cultivo para que nuestro hijo sienta que no existen límites y que imite, el mal comportamiento de sus padres.
En
resumen, está aumentando el impacto emocional en los niños de separaciones mal
avenidas. Por ello, ante los crecientes problemas de salud mental de los hijos,
es obligación de los padres y de la sociedad en general fomentar relaciones
familiares saludables reforzando la protección de los menores y repeliendo los
comportamientos inadecuados y poco ejemplares.
Cuando
separan a los hijos de sus padres, los menores también tienen la palabra. Hay que
escuchar al menor. Aunque los hijos
menores no pueden decidir por sí mismos no ver a su padre, a partir de cierta
edad (generalmente 10-12 años) los jueces tienen la obligación de escuchar la opinión y los deseos del
niño... Mal ejemplo el enfrentamiento familiar. Un niño debe recibir una
educación basada en los valores correctos, destacando, de entre todos, el
respeto. Si un niño ve en sus padres faltas de respeto, mentiras, trato
despectivo y denigrante hacia el otro, el niño tenderá a repetir dichos
comportamientos. Los hijos son esponjas que absorben e imitan aquello que los
rodea, y lo peor es, que a veces son obligados a imitar...
Cuántos
niños no habrán hoy acordándose de sus padres y no pueden verlos y felicitarlos.
Pobres niños que, teniendo padres, viven huérfanos de padres “vivos”. Esta ausencia
impacta la infancia y adultez de una persona a nivel emocional, social y
familiar. Esta ausencia sin motivos, es una crueldad con
consecuencias irreparables en los niños que, llegados a mayores, arrastrarán
problemas que les puede suponer, un no vivir en paz de por vida.
"Un padre sabe que sus hijos necesitan suelo firme donde echar raíces, amor para crecer fuerte y alas para ser libres".
Fotografía: Webp ondacero.es

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