La fe es un encuentro personal y transformador con Jesucristo
que cambia la vida, pasando de la mera creencia a una renovación interior y de
acción. Este encuentro, impulsado por la gracia divina, reorienta el corazón,
edifica el carácter y ofrece una nueva perspectiva de amor, esperanza y
propósito.
La fe no es una ideología o concepto abstracto, es aceptar personalmente a Cristo, es un encuentro con alguien vivo que toca lo más profundo de la persona, renovando su manera de pensar, ver y actuar. La fe convierte la vida ordinaria en una de gozo, superando barreras culturales y personales, como se ve en el encuentro de Jesús con la mujer samaritana.
La fe es un encuentro personal y transformador con Dios,
centrado en la creencia y el compromiso individual con Cristo, pero que
inherentemente se vive y fortalece en la vida comunitaria; es decir, tu
"creo" personal se nutre en el "creemos" de la Iglesia,
encontrando apoyo, crecimiento en el servicio, la celebración compartida y la
maduración del perdón, mostrando que no se puede vivir plenamente en solitario,
sino que se convierte en testimonio tangible para el mundo.
La Fe en Dios es libre, personal y se vive en comunidad. Cuando el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, aparecieron unas lenguas como de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos y quedaron todos llenos del Espíritu Santo. La dureza del corazón hace permanecer fríos e indiferentes frente a las penas y necesidades del prójimo, por lo que el fuego del Espíritu Santo cuando penetra ese corazón duro, lo hace manso y humilde, compasivo y misericordioso. Fuego que enciende los corazones, que hace capaz de practicar las obras de misericordia. Ese es el fuego que Jesús trae a la tierra, al corazón de cada cristiano bautizado es para que sucede algo maravilloso, es comparado a una llama de fuego que calienta, arder el corazón lleno del amor divino. El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha sido dado, ese amor divino que enciende los corazones, viene a transformar y a rescatar la dureza de la frialdad, de la indiferencia y del egoísmo.
La fe cristiana no es sólo una doctrina, una sabiduría, un
conjunto de normas morales, una tradición, una costumbre social. La fe
cristiana es un encuentro vivo, personal y real con Jesucristo. La finalidad de
toda evangelización es la realización de ese encuentro, al mismo tiempo
personal y comunitario. Como afirmó el Papa Benedicto XVI, “no se comienza a
ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con
un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con
ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, n. 1).
El encuentro personal con Jesús, gracias a su Espíritu, es el
gran don del Padre a los hombres. Es un encuentro, al cual nos prepara la
acción de su gracia en nosotros. Es un encuentro, en el cual nos sentimos
atraídos, y que mientras nos atrae nos transfigura, introduciéndonos en dimensiones
nuevas de nuestra identidad, haciéndonos partícipes de la vida divina (cfr. 2
Pe 1, 4). Es un encuentro, que no deja nada como era antes, sino que asume la
forma de metanoia, es decir, de conversión, como Jesús mismo pide con fuerza,
al comienzo de su predicación: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino
de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”. (Mc 1, 15).
La fe como encuentro con la persona de Cristo tiene la forma
de la relación con Él, de la memoria de Él, en particular en la Eucaristía y en
la Palabra de Dios, y crea en nosotros la mentalidad de Cristo, en la gracia
del Espíritu; una mentalidad que nos hace reconocernos como hermanos,
congregados por el Espíritu en su Iglesia, para ser luego testigos y
anunciadores del Evangelio. Es un encuentro que nos hace capaces de hacer cosas
nuevas y de dar testimonio, gracias a las obras de conversión anunciadas por
los profetas (cfr. Jr 3, 66 ss; Ez 36, 24-36), de la transformación de nuestra
vida.
La fe no es una ideología. Es aceptar personalmente a Cristo.
Es necesario creer con el corazón. “Con el corazón se cree para alcanzar la
justicia, y con los labios se profesa para alcanzar la salvación”. (Rom 10, 10). (Benedicto XVI, Porta fidei, n. 10).
La fe, además de ser una adhesión personal al Señor, es un
acto comunitario. Todo “creo” debe también significar “creemos”. “Creo”: Es la
fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en
el bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los Obispos
reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los
creyentes. “Creo” es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por
su fe y que nos enseña a decir. “creo”, “creemos” (Catecismo de la Iglesia
Católica, n. 167).
En la comunidad eclesial la fe personal crece y madura. No hay ningún género de duda al afirmar que Jesús, desde que decidió salir a los caminos a anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, lo primero que hizo fue rodearse de un grupo de amigos y amigas, con los que poder compartir sus preocupaciones, sus gozos, sus dificultades, sus alegrías y esperanzas. Sabemos que las personas somos seres sociales, gregarios, necesitados del contacto con los otros para poder desarrollarnos íntegramente y mantener una buena salud psicológica.
La comunidad, que implica la plena identificación de fe,
compromiso y vida, debe ser un lugar de acogida, confianza, alegría, intimidad,
escucha, perdón, diálogo y autocrítica. Cuando una comunidad cristiana es así,
genera hombres y mujeres íntegros, satisfechos, solidarios, felices.
En su cena de despedida, Jesús, conmovido, les dijo que no se
consideraran sus siervos, sino sus amigos, hijos como Él de un Dios, Madre y
Padre bueno, que les acogía como a Él, como a hijos e hijas suyos, muy
queridos.
Creer en Dios, es Creer en la Vida, en el Amor, en la Resurrección y en la Vida Eterna...
Fotografía: Internet

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