Durante los años de la Depresión en EEUU, una época marcada por el hambre, un ciudadano solía ir a menudo a una granja donde encontraba productos frescos. Un día, el señor Roberts dueño de la granja, estaba atendiendo a un niño muy flaco, vestía ropa limpia pero desgastada. El pequeño no apartaba la vista de unos guisantes que había en el mostrador y Roberts le dijo:
—¿Te gustaría llevar algunos a casa?
El niño declinó la oferta:
—No tengo dinero, sólo poseo esta canica de varios colores.
Pero el granjero le entregó una bolsa llena de guisantes, diciéndole:
—Es muy bonita, pero a mí me gustan las rojas. Llévate estos guisantes y la próxima vez que vengas tráeme una canica roja.
Según le explicó la señora Roberts al ciudadano, su marido siempre hacía eso con los niños más pobres del pueblo y cuando volvían con la canica roja les daba más comida y les pedía una de otro color.
Años después, cuando Roberts falleció, el ciudadano asistió al funeral y vio a tres hombres jóvenes muy bien vestidos que se acercaron a darle un cariñoso abrazo a la viuda. Eran los tres niños a los que el granjero ayudó, que venían a «pagar» su deuda. La señora Roberts levantó los dedos sin vida de su esposo y debajo habían tres canicas rojas.
No olvidéis esto: no seremos recordados por nuestras palabras sino por nuestras acciones.
Menú navegación
viernes, 17 de julio de 2015
miércoles, 15 de julio de 2015
Una situación desfavorable
Cuenta esta historia que un joven de la ciudad se fue al campo y le compró un burro a un viejo campesino, por 100 €.
El campesino acordó entregarle el animal al día siguiente, pero al día siguiente el campesino le dijo:
—Lo siento hijo, pero tengo malas noticias, el burro murió.
—Bueno, entonces devuélvame mi dinero.
—No puedo, ya lo he gastado.
—¡Bien, da igual! Entrégueme el burro.
—Y ¿para qué? ¿Qué va a hacer con él?
—Lo voy a rifar.
—¡Estás loco! ¿Cómo vas a rifar un burro muerto?
—Es que no voy a decir a nadie que está muerto, por supuesto.
Un mes después de este suceso, se volvieron a encontrar el viejo vendedor y el joven comprador.
—¿Qué pasó con el Burro?
—Lo rifé, vendí 500 boletos a 2 €, y gané 998 €.
—¿Y nadie se quejó?
—Sólo el ganador, pero a él le devolví sus 2 €.
Esto es saber convertir una situación desfavorable en todo un éxito.
El campesino acordó entregarle el animal al día siguiente, pero al día siguiente el campesino le dijo:
—Lo siento hijo, pero tengo malas noticias, el burro murió.
—Bueno, entonces devuélvame mi dinero.
—No puedo, ya lo he gastado.
—¡Bien, da igual! Entrégueme el burro.
—Y ¿para qué? ¿Qué va a hacer con él?
—Lo voy a rifar.
—¡Estás loco! ¿Cómo vas a rifar un burro muerto?
—Es que no voy a decir a nadie que está muerto, por supuesto.
Un mes después de este suceso, se volvieron a encontrar el viejo vendedor y el joven comprador.
—¿Qué pasó con el Burro?
—Lo rifé, vendí 500 boletos a 2 €, y gané 998 €.
—¿Y nadie se quejó?
—Sólo el ganador, pero a él le devolví sus 2 €.
Esto es saber convertir una situación desfavorable en todo un éxito.
lunes, 13 de julio de 2015
La gente que me gusta
Primero que todo me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, que sabe lo que hay que hacer y lo que es más conveniente.
Me gusta la gente con capacidad para medir las consecuencias de sus actuaciones. La que no deja las soluciones al azar, la que sabe reconocer y resolver con honestidad y valentía sus errores.
Me gusta la gente leal con su gente y consigo misma, la que se ajusta a razones y no se dejan llevar por mezquindades, que no pierde de vista que somos humanos y que podemos equivocarnos y con gesto sincero y humilde afronta sus fallos.
Me gusta la gente que sabe que la mentira tiene las patas muy cortas y si se equivoca sabe pedir disculpas, porque lo más reconfortante y gratificante de las cosas bien hechas, es la alegría de sentir en el espíritu la calma y la paz que sosiega.
Me gusta la gente sincera y franca, capaz de oponerse con argumentos serenos y razonados a las decisiones de la gente mentirosa y chantajista.
Me gusta la gente de criterio. La que no traga entero. La que no se avergüenza de reconocer que no sabe algo o que se equivoca y las que, al aceptar sus errores rectifican y se esfuerzan por no volver a cometerlos.
Me gusta la gente capaz de decir lo que piensa y criticarme de frente, a estos los llamo mis amigos de verdad. Los que ponen una cara por delante y otra por detrás no son de fiar, y de los falsos e hipócritas hay que alejarse.
Me gusta la gente fiel y sincera. La que sin vivir en el pasado tiene memoria para no cometer los mismos errores, y para que sea freno en la soberbia inflada de su ego.
Esta gente me gusta y merece la pena tenerlas al lado. Con gente como esta me comprometo a lo que sea. Con haber encontrado a esa gente en mi camino me doy por recompensada.
viernes, 10 de julio de 2015
La perla y la ostra
Un maestro le explicaba a su alumno más aplicado cuál es el origen de las perlas:
—Son uno de los objetos más bellos de la naturaleza pero, paradójicamente, son fruto del dolor, de la herida causada en su interior por la entrada de una sustancia extraña. Sólo hace falta que un diminuto grano de arena se introduzca en la concha para que las células del nácar que las recubre por dentro comiencen a hacer su lento trabajo cubriendo, capa tras capa, el cuerpo invasor para proteger la parte indefensa de la ostra. El resultado de esa «herida cicatrizada» será la perla. A los humanos nos sucede algo muy parecido —continuó el profesor ante la cara de extrañeza de su alumno—. Hay gente que puede decirnos palabras ofensivas. En otras ocasiones, nos acusarán de haber dicho cosas que jamás salieron de nuestra boca. Incluso podemos ser objeto de otra forma de rechazo, la indiferencia. Todo eso son heridas que nos producirán mucho dolor.
—¿Y qué debemos hacer nosotros para protegernos? —le preguntó el muchacho.
A lo que el sabio maestro respondió:
—Lo que debes hacer es fabricar tu propia perla. Cubriendo cada una de tus heridas de amor, perdonando y comprendiendo transformarás ese dolor en algo muy valioso.
—Son uno de los objetos más bellos de la naturaleza pero, paradójicamente, son fruto del dolor, de la herida causada en su interior por la entrada de una sustancia extraña. Sólo hace falta que un diminuto grano de arena se introduzca en la concha para que las células del nácar que las recubre por dentro comiencen a hacer su lento trabajo cubriendo, capa tras capa, el cuerpo invasor para proteger la parte indefensa de la ostra. El resultado de esa «herida cicatrizada» será la perla. A los humanos nos sucede algo muy parecido —continuó el profesor ante la cara de extrañeza de su alumno—. Hay gente que puede decirnos palabras ofensivas. En otras ocasiones, nos acusarán de haber dicho cosas que jamás salieron de nuestra boca. Incluso podemos ser objeto de otra forma de rechazo, la indiferencia. Todo eso son heridas que nos producirán mucho dolor.
—¿Y qué debemos hacer nosotros para protegernos? —le preguntó el muchacho.
A lo que el sabio maestro respondió:
—Lo que debes hacer es fabricar tu propia perla. Cubriendo cada una de tus heridas de amor, perdonando y comprendiendo transformarás ese dolor en algo muy valioso.
miércoles, 8 de julio de 2015
Cuatro cosas
Hay cuatro cosas que nunca podremos recuperar:
Una piedra… después de haberla tirado.
Una palabra… después de haberla dicho.
Una ocasión… después de haberla perdido.
Y el tiempo… cuando ya ha pasado.
Así que, valora tu tiempo y vive felizmente cada minuto de una hora, cada hora del día, cada día del año y cada año de tu vida.
Y recuerda siempre vencer esos tres demonios que llevas dentro: EGO, MIEDO y CULPA.
Una piedra… después de haberla tirado.
Una palabra… después de haberla dicho.
Una ocasión… después de haberla perdido.
Y el tiempo… cuando ya ha pasado.
Así que, valora tu tiempo y vive felizmente cada minuto de una hora, cada hora del día, cada día del año y cada año de tu vida.
Y recuerda siempre vencer esos tres demonios que llevas dentro: EGO, MIEDO y CULPA.
martes, 7 de julio de 2015
Respetar las opiniones
Un hombre estaba poniendo flores en la tumba de un pariente, cuando ve a un japonés poniendo un plato de arroz en la tumba vecina. El hombre se dirige al japonés y le pregunta:
—Disculpe señor, pero ¿cree usted que de verdad el difunto comerá el arroz?
—¡Si! —respondió el japonés—. Cuando el suyo venga a oler sus flores.
Respetar las opciones del otro, es una de las mayores virtudes que un ser humano puede tener. Las personas son diferentes, actúan diferente y piensan diferente. No juzgues… Solamente COMPRENDE.
—Disculpe señor, pero ¿cree usted que de verdad el difunto comerá el arroz?
—¡Si! —respondió el japonés—. Cuando el suyo venga a oler sus flores.
Respetar las opciones del otro, es una de las mayores virtudes que un ser humano puede tener. Las personas son diferentes, actúan diferente y piensan diferente. No juzgues… Solamente COMPRENDE.
lunes, 6 de julio de 2015
El águila que nunca fue
Un guerrero indio encontró un huevo de águila en un saliente de una montaña y lo puso junto con los huevos que iban a ser empollados por una gallina.
Cuando el tiempo llegó, los pollitos salieron del cascarón y el aguilucho también. Después de un tiempo aprendió a cacarear al escarbar la tierra, a buscar lombrices y a subir a las ramas más bajas de los árboles, exactamente como todas las gallinas.
Su vida transcurrió como una gallina entre gallinas.
Un día, ya vieja, el águila estaba mirando hacia arriba y quedó admirada del magnífico vuelo de un ave. Un pájaro majestuoso volaba en el cielo abierto como si no necesitase hacer el más mínimo esfuerzo. Impresionada se volvió hacia la gallina más próxima y le preguntó:
—¿Qué pájaro es aquel?
La gallina miró hacia arriba y respondió:
—¡Ah! Es el águila dorada, reina de los cielos. Pero no pienses en ella: tú y yo somos de aquí abajo.
El águila, como si no fuera con ella, no miró hacia arriba nunca más y murió convencida de que era una gallina, pues así había sido tratada siempre.
No te creas gallina porque te lo digan. ¿Qué tal si tratas de descubrir tu águila interior?
Un día, ya vieja, el águila estaba mirando hacia arriba y quedó admirada del magnífico vuelo de un ave. Un pájaro majestuoso volaba en el cielo abierto como si no necesitase hacer el más mínimo esfuerzo. Impresionada se volvió hacia la gallina más próxima y le preguntó:
—¿Qué pájaro es aquel?
La gallina miró hacia arriba y respondió:
—¡Ah! Es el águila dorada, reina de los cielos. Pero no pienses en ella: tú y yo somos de aquí abajo.
El águila, como si no fuera con ella, no miró hacia arriba nunca más y murió convencida de que era una gallina, pues así había sido tratada siempre.
No te creas gallina porque te lo digan. ¿Qué tal si tratas de descubrir tu águila interior?
viernes, 3 de julio de 2015
Los tres ancianos
Una mañana, una mujer que salía de su casa vio sentados en un banco a tres ancianos con aspecto de no haber comido en los últimos días. Se acercó y los invitó a pasar a su casa para obsequiarles con un buen desayuno calentito. Pero para su sorpresa, uno de los tres hombres le respondió:
—Nosotros no podemos ser invitados juntos a una casa.
—¿Por qué? —preguntó extrañada la generosa señora.
El anciano con la barba más larga, señalando a unos de sus compañeros respondió:
—Su nombre es Riqueza. El de este otro es Éxito y el mío, Amor. Ustedes decidirán a quién convidan.
El marido de la señora pensó que lo mejor sería que se sentara a su mesa Riqueza, así la prosperidad entraría por la puerta de su casa y les acompañaría por siempre. Pero su esposa consideraba que sería mejor invitar a Éxito:
—Así seríamos admirados por todos —dijo.
La hija del matrimonio, una niña adoptada hacía 8 años, también dio su opinión:
—¿Por qué no invitamos a Amor? ¿Siempre hemos de pensar en el dinero y el éxito?
Avergonzados, le hicieron caso y tras invitar a Amor los tres ancianos se levantaron y dijeron:
—Si hubiesen invitado a Éxito o a Riqueza, los otros dos habrían quedado fuera, pero donde hay AMOR siempre habrá ÉXITO y RIQUEZA.
jueves, 2 de julio de 2015
La tortuga charlatana
Erase una vez dos patos que se hicieron amigos de una tortuga muy charlatana. Un día, cuando el verano tocaba a su fin, los ánades hablaron de lo agradable que era su casa en invierno y, antes de que la tortuga empezase uno de sus interminables monólogos, le preguntaron si quería ir con ellos:
—Ya me gustaría —respondió su nueva amiga— pero no tengo alas para volar como vosotros.
—Eso no es problema. Si quieres, podemos llevarte con nosotros. Sólo te pondremos una condición: que permanezcas callada durante todo el viaje. ¿Podrás hacerlo? —Le preguntaron los patos—.
—¡Claro que puedo! —dijo el reptil muy molesto.
Los patos hicieron que la tortuga agarrara fuertemente con sus dientes el centro de un palo, mientras cada uno de ellos cogía un extremo con sus picos. Y así, los tres alzaron el vuelo.
El extraño espectáculo llamó la atención de mucha gente que, al ver pasar a aquel curioso trío les gritaban sin parar. Esto fue demasiado para la tortuga, que exclamó:
—Si mis amigos desean llevarme con ellos, ¿qué os importa a vosotros?
No pudo decir nada más, porque al abrir la boca para hablar se soltó del palo y cayó en picado.
Y es que la charlatanería nos puede costar la vida, pues, como dice el refrán: «por la boca muere el pez». Y en este caso, la tortuga.
—Ya me gustaría —respondió su nueva amiga— pero no tengo alas para volar como vosotros.
—Eso no es problema. Si quieres, podemos llevarte con nosotros. Sólo te pondremos una condición: que permanezcas callada durante todo el viaje. ¿Podrás hacerlo? —Le preguntaron los patos—.
—¡Claro que puedo! —dijo el reptil muy molesto.
Los patos hicieron que la tortuga agarrara fuertemente con sus dientes el centro de un palo, mientras cada uno de ellos cogía un extremo con sus picos. Y así, los tres alzaron el vuelo.
El extraño espectáculo llamó la atención de mucha gente que, al ver pasar a aquel curioso trío les gritaban sin parar. Esto fue demasiado para la tortuga, que exclamó:
—Si mis amigos desean llevarme con ellos, ¿qué os importa a vosotros?
No pudo decir nada más, porque al abrir la boca para hablar se soltó del palo y cayó en picado.
Y es que la charlatanería nos puede costar la vida, pues, como dice el refrán: «por la boca muere el pez». Y en este caso, la tortuga.
miércoles, 1 de julio de 2015
La lata de leche
Dos hermanitos muy pobres, de 5 y 10 años, recorrían de puerta en puerta las casas del pueblo pidiendo algo de comida con la que aplacar el hambre. En la mayoría de sitios ni les hacían caso o, eran echaban a escobazos. Pero siempre hay gente de buen corazón: una señora muy amable les obsequió con una latita de leche condensada.
Alegres como cascabeles, tardaron poco en sentarse en la acera para comer. Tras abrir la lata, el más pequeño de los hermanos le dijo al otro:
—Tú eres el mayor. Te toca beber antes.
El pequeño miraba a su hermano relamiéndose. Pero, en realidad, el mayor sólo fingía beber pues, apretando fuertemente los labios, no dejaba que en su boca entrase ni una gota de leche. Y cuando era el turno del pequeño, no paraba de jalearle para que diera largos tragos. De esta manera, el menor se bebió toda la lata sin enterarse.
Lo más extraordinario es que el mayor, con el estómago vacío, comenzó a bailar y a jugar a fútbol con la lata celebrando el festín. Él se había sacrificado por su hermanito pero lo hizo con total naturalidad y discreción, sin esperar agradecimientos a cambio, porque quien da es más feliz que quien recibe.
Alegres como cascabeles, tardaron poco en sentarse en la acera para comer. Tras abrir la lata, el más pequeño de los hermanos le dijo al otro:
—Tú eres el mayor. Te toca beber antes.
El pequeño miraba a su hermano relamiéndose. Pero, en realidad, el mayor sólo fingía beber pues, apretando fuertemente los labios, no dejaba que en su boca entrase ni una gota de leche. Y cuando era el turno del pequeño, no paraba de jalearle para que diera largos tragos. De esta manera, el menor se bebió toda la lata sin enterarse.
Lo más extraordinario es que el mayor, con el estómago vacío, comenzó a bailar y a jugar a fútbol con la lata celebrando el festín. Él se había sacrificado por su hermanito pero lo hizo con total naturalidad y discreción, sin esperar agradecimientos a cambio, porque quien da es más feliz que quien recibe.
Suscribirse a:
Entradas
(
Atom
)