Elena de Constantinopla: la Augusta que excavó en el Gólgota
para encontrar la cruz donde Cristo entregó su vida.
Hoy, 18 de agosto, la Iglesia celebra la fiesta de santa Elena. Elena, madre del primer emperador cristiano, la mujer que descubrió algunas de las reliquias más veneradas de la Pasión de Cristo.
Santa Elena de Constantinopla, también conocida como Flavia
Julia Elena, fue una figura clave en la difusión del cristianismo. Nació en el
seno de una familia de clase baja en la ciudad de Drepanon, Bitinia, en Asia
Menor, y fue la madre del emperador Constantino el Grande. Su viaje religioso a
Siria Palestina y Jerusalén, donde descubrió la Santa Cruz, la convirtió en una
santa canonizada tanto en la Iglesia católica como en la ortodoxa. Su legado
incluye su papel en la conversión de su hijo Constantino al cristianismo y su
búsqueda de reliquias sagradas, como los restos de los Reyes Magos y el apóstol
Matías. Santa Elena es venerada como patrona de los arqueólogos, los conversos,
los matrimonios difíciles, los divorciados, las emperatrices, la isla de Santa
Elena y los nuevos descubrimientos.
En el crepúsculo de su vida, cuando la mayoría de los mortales busca el reposo de las memorias, una mujer de setenta años decidió que su historia apenas comenzaba. Elena de Constantinopla, la mujer que había pasado de servir vino en una humilde posada de Bitinia a vestir la púrpura imperial como Augusta, sentía un fuego que no se había apagado en los últimos años: el deseo ardiente de tocar y venerar el sagrado leño donde Cristo entregó su vida por todos los hombres.
Nació hacia el año 250 en una familia pagana de escasos
recursos, la joven Elena creció bajo la sombra de las crueles persecuciones
romanas. Con sus propios ojos vio a los cristianos ser arrojados a las fieras y
quemados vivos, una barbarie que su noble corazón no lograba comprender, pues
en aquellas víctimas solo veía personas de una virtud excepcional.
Su belleza y nobleza atrajeron al militar Constancio Cloro,
con quien se casó hacia el 270. De ese amor nació Constantino, el hombre que
cambiaría el rumbo del mundo. Sin embargo, la ambición política de la
tetrarquía romana se interpuso: Constancio la repudió tras veinte años de unión
para casarse con la hijastra del emperador Maximiano. Fue en ese abismo de
soledad donde la fe de Elena comenzó a florecer, convirtiéndose hoy en la
patrona de los matrimonios en crisis.
«Con este signo vencerás». Mientras Elena vivía su retiro
forzado tras ser repudiada, su hijo crecía en el epicentro del poder. El joven
Constantino no era solo el heredero de un general; era un estratega nato que se
educó en los palacios imperiales bajo la mirada de su padre, mientras la
tetrarquía —aquel complejo sistema de cuatro gobernantes diseñado para sostener
el peso de un Imperio inabarcable— comenzaba a mostrar sus primeras grietas de
ambición.
La muerte de Constancio Cloro en Britania, en el año 306,
rompió el delicado equilibrio del poder y las tropas proclamaron a Constantino
como su sucesor. Fue entonces cuando su hijo rescató a Elena de su ostracismo
para llevarla consigo a la corte y nombrarla «Augusta», un título honorífico
reservado a las emperatrices que la elevaba al rango de primera dama del
Imperio. Pero el trono absoluto aún no estaba ganado; el Imperio se desangraba en
una guerra civil contra Magencio, hijo del emperador Maximiano.
La tradición narra que, antes de la batalla del Puente Milvio
en el 312, Constantino tuvo una visión celestial: una cruz con la inscripción
In hoc signo vinces (Con este signo vencerás). Aquel madero luminoso, que Elena
pronto buscaría por todo el mundo, se convirtió en el estandarte de una
victoria imposible contra fuerzas superiores. Fue este triunfo el que permitió
a Constantino, apenas un año después, promulgar el Edicto de Milán, devolviendo
la libertad a los cristianos y poniendo fin a siglos de crueles persecuciones
contra ellos.
En el año 326, Elena organizó lo que hoy llamaríamos la
primera gran expedición arqueológica de la historia. Ignorando la fatiga de los
años, partió hacia los Santos Lugares con el apoyo de su hijo. Allí, tras
interrogar a los habitantes y guiada por un hombre llamado Judas, descubrió un
pozo donde yacían enterradas tres cruces.
¿Cómo distinguir el madero de Cristo de los de los ladrones?
Cuenta la tradición que el obispo Demetrio decidió organizar una solemne
procesión para acercar el cuerpo de una cristiana moribunda a las cruces recién
descubiertas, con la esperanza de que Dios revelara cuál de ellas era la Vera
Cruz. Al tocar las dos primeras cruces, nada sucedió; pero al rozar la tercera,
la enferma recuperó la salud instantáneamente. Elena la había encontrado.
Su afán no se detuvo ahí. La Augusta rescató los clavos que
perforaron a Jesús, el Titulus Crucis, la tablilla colgada en la Cruz que dice:
«Jesús Nazareno Rey de los Judíos», la Santa Túnica y la Escalera Santa que hoy
se venera en Roma. Sobre el lugar del entierro de Cristo, Constantino ordenó
construir la iglesia del Santo Sepulcro.
La emperatriz que un día conoció la pobreza murió sin que
sepamos con certeza dónde ni cuándo, pero dejó tras de sí un legado que los
siglos no han podido borrar: unos maderos que fueron testigos del paso salvador
de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Allí donde otros solo encontraron
piedras y polvo, Elena supo ver la huella de Dios.
Fotografía: Internet

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