sábado, 29 de agosto de 2026

Tiempo de nacer, tiempo de morir

 


Entre el tiempo de nacer y el tiempo de morir, está el reloj que marca el tiempo de vivir. “Tiempo de nacer tiempo de morir, tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado…” (Eclesiastés 3:2).

El significado bíblico de esta frase, refleja que cada etapa de la vida tiene su momento determinado por Dios y forma parte del ciclo natural de la existencia humana, y se afirma que hay un tiempo para cada actividad bajo el cielo.

Según el rey Salomón, la vida está compuesta por ciclos y estaciones, y Dios es la autoridad que determina el momento de cada evento, desde el nacimiento hasta la muerte. Esto implica que tanto el inicio como el fin de la vida tienen un propósito y un orden dentro del plan divino. Y mirando retrospectivamente su vida y considerando la soberanía de Dios, el Rey Salomón escribió estas palabras: "Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir". (Eclesiastés 3:1-2).

Salomón había observado que la vida consiste en una serie de principios y finales, y Dios es la máxima autoridad sobre todos ellos. Con la afirmación "tiempo de nacer, y tiempo de morir", Salomón reconoció que, desde el principio hasta el final, cada momento en cada temporada del ciclo de la vida está designado por Dios. Desde el día de nuestro nacimiento hasta el día de nuestra muerte, Dios está diseñando nuestro destino.

El padre de Salomón, el rey David, reflexionó de manera similar: "Tú me observabas mientras iba cobrando forma en secreto, mientras se entretejían mis partes en la oscuridad de la matriz. Me viste antes de que naciera. Cada día de mi vida estaba registrado en tu libro. Cada momento fue diseñado antes de que un solo día pasara". (Salmo 139:15–16, NTV).

En Eclesiastés 3:1–8, Salomón presenta un listado de catorce temporadas y tiempos contrastados (nacimiento y muerte, siembra y cosecha, muerte y sanidad, etc.). Juntos, estos emparejamientos comunican un sentido de toda la actividad humana en sus innumerables formas. Aunque parezcan opuestos, el tiempo de nacer y el tiempo de morir son homólogos, y ambos tienen su lugar apropiado en el ritmo de las estaciones y ciclos de la vida en constante cambio. Todo lo que ocurre entre el momento de nuestro nacimiento y el de nuestra muerte tiene un tiempo establecido.

Aceptar los ciclos de la vida, colaborar con la vida y confiar en el orden divino, es reconocer que hay momentos para comenzar y momentos para terminar, que nos permiten tomar decisiones más sabias y vivir con equilibrio. Y que, como seres humanos, participamos en la creación de nueva vida a través del nacimiento, lo que refleja la cooperación con el plan de Dios. Y que la muerte, aunque inevitable, forma parte del ciclo natural y tiene su lugar dentro del propósito de Dios.

Cada vida humana tiene un lapso determinado, y dentro de su duración hay eventos significativos. El nacimiento y la muerte son quizás los más significativos, y ponen punto final a la existencia de cada persona. Hay un tiempo designado para que cada persona nazca y un tiempo para morir. Job dijo a Dios: "Ciertamente sus días están determinados, Y el número de sus meses está cerca de ti; Le pusiste límites, de los cuales no pasará" (Job 14:5; ver también hebreos 9:27).

"El parto es generalmente una temporada alegre y de celebración en la vida". (Juan 16:21; Salmo 113:9; 127:3). En cambio, la muerte suele ser un momento doloroso y triste. Sin embargo, Dios tiene un buen propósito para todo lo que ocurre entre el nacimiento y la muerte: "Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados". (Romanos 8:28).

"Nuestra vida está en sus manos, y él cuida que nuestros pies no tropiecen" (NTV), declara el Salmo 66:9. "En tu mano están mis tiempos," afirma David en el Salmo 31:15. Con la promesa de la Escritura de que nuestras vidas y tiempos están en las manos de Dios, podemos confiar en que no existe tal cosa como una muerte prematura. Podemos consolarnos y tener la seguridad de que nada en la vida se puede escapar del control supremo de Dios.

Que hay un "tiempo de nacer, y tiempo de morir" también debería recordarnos el aliento de Cristo a no estar ansiosos por nuestras vidas cotidianas. En Lucas 12:23–31 y Mateo 6:25–34, Jesús enseñó que la vida es más que la comida y la ropa. "Los pájaros y las flores silvestres no se preocupan por lo que se pondrán ni por cómo conseguirán su próxima comida". Tampoco deberíamos hacerlo nosotros, porque la preocupación no añadirá ni un solo momento a nuestras vidas. Podemos confiar en que Dios, que conoce nuestras necesidades de principio a fin, nos amará y cuidará todos nuestros días. Si buscamos primero Su Reino, Él nos proveerá en cada momento de cada temporada, desde el día en que nacemos hasta nuestro último aliento.

Nacer y morir… "Tiempo de nacer y tiempo de morir" simboliza la armonía de los ciclos de la vida, la importancia de respetar los tiempos establecidos y la confianza en que cada etapa tiene un significado dentro del plan divino. En el idioma original, la palabra traducida como "nacer" es la forma verbal activa "dar a luz". Hay momentos en la vida que lo cambian todo para siempre, y la llegada de un bebé es uno de los más grandes. Como seres humanos, tenemos el gran privilegio de colaborar con Dios en la creación de nueva vida a través del proceso de concepción y dar a luz.

Desde que nacemos hasta que morimos, recorremos la vida... El tiempo de nacer es tiempo para recordar. En el tiempo de nacer me felicito y me regocijo hoy, porque tal día como hoy, 29 de agosto del año 1920, hace 106 años, nació mi inolvidable y querido padre. El primogénito de un joven matrimonio. Un niño que llenó de alegría a una jovencita madre (19 años) menuda y pequeña. Y aquel hogar, pronto se llenó de niños, pero el mayor de los hermanos, fue siempre alegre y generoso, una persona que, animando, apoyando y trabajando ayudaba a vivir, y era muy querido por todos los que lo conocían. A su madre la adoraba y la trataba con cariño, admiración y respeto, mi abuela decía que era el mejor hijo que tenía. Pero, a mi padre, con sesenta años, le llegó el tiempo de morir, ocho años antes que a mi abuela: era desgarrador ver a mi abuela llorando amargamente por su niño ¡Ay, mi niñito del alma! ¡Ay, mi niñito querido!

Realmente, la muerte es desgarradora. Pero la llegada de una nueva vida está llena de emociones, ilusión y momentos que merecen ser recordados. Un bebé en camino transforma corazones incluso antes de nacer, y su llegada al mundo trae una felicidad difícil de describir. La llegada de un recién nacido es un momento de gran belleza y singularidad. Ese pequeño ser trae consigo una nueva esperanza y un nuevo capítulo en la vida de quienes lo rodean. Un bebé, desde el momento de su llegada, transforma la vida de toda la familia y cambia para siempre el ritmo de la casa. No hay nada más tierno y hermoso que mirar a un niño recién nacido. Las madres lo mira embelesada, y no piensa que esa vida será breve; lo mira como si fuera a vivir para siempre. Pero, el niño nace y crece, pasando por diferentes etapas de la vida, y llega el final y aunque no queremos que llegue, ese momento llega y nos sume en la tristeza… Doloroso ‘Tiempo de morir’.

Así es la vida: nacemos para morir. El concepto de "tiempo de nacer y tiempo de morir" invita a aceptar los ritmos naturales de la vida. Nos recuerda que no todo está bajo nuestro control (nuestra vida no es nuestra) y cada etapa tiene su momento adecuado. Esta perspectiva ayuda a vivir con paciencia, a valorar el nacimiento y la creación de vida, y a enfrentar la muerte con humildad y confianza en la providencia divina. 

Los creyentes sabemos que nuestra vida y destino está en manos de Dios, y llegado el tiempo de nacer, nos llenamos de gozo y alegría, pero el tiempo de la despedida, nos rompe el alma. Mis padres ya han cumplido con los dos tiempos. Pero hoy doy a gracias a Dios por el tiempo de nacer, porque gracias a que ellos nacieron, los tuve como padres. Nacer a la vida a través de ellos, es el mayor regalo que me ha podido hacer el Señor.

Papá, aunque personalmente no puedo hoy felicitarte ni abrazarte por tu cumpleaños, con toda mi alma te envío mis felicitaciones y mis abrazos hasta el cielo. Sé que ahí ya no cumples años, pero yo, en el mundo de los mortales no puedo olvidarme de celebrar el nacimiento del mejor padre del universo, y de la mejor madre. El amor que nos tuvimos me mantiene viva. Les extraño mucho, siempre atesoro los recuerdos que pudimos compartir. En días como este, les extraño aún más de lo habitual, necesito de su calor de sus palabras y de sus fuerzas, aunque sé que algún día nos volveremos a encontrar, mientras me consuela saber que mis padres me cuidan desde el cielo. Gracias mamá y papá por ser mis padres. Saben que les quise y les quiero, siempre en mi recuerdo y en mi corazón. 

¡Gracias, Señor, por la madre y el padre que me diste! ¡Gracias por todo, Señor!


Fotografía: Internet

 

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