«La
envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual»:
Acertada reflexión de Miguel de Unamuno.
En
esta cita, Unamuno estaba hablando de la necesidad humana de sobrevivir y de
cómo esa necesidad no terminaba necesariamente con mantenernos vivos, sino que
también queríamos dejar algo atrás. El
escritor llevaba este razonamiento al terreno del reconocimiento. Al ser humano
no siempre le basta con existir: quiere permanecer de alguna forma en los
demás, ocupar un lugar en su memoria y evitar caer en el olvido.
La envidia es un veneno que pudre un cuerpo carente de alma. Se cree que es un sentimiento arraigado al individualismo y al egoísmo o un pecado capital. Unamuno señala que el envidioso no es aquel que desea lo que el otro tiene, sino que desea que el otro no lo tenga, una «carencia del alma que se alimenta del fracaso ajeno». Seguramente se llevaría las manos a la cabeza si escuchara el término que habla de tener «envidia sana».
La
envidia, esa emoción tan humana que suele acechar en silencio, puede tener
efectos sorprendentes en nuestras vidas y relaciones. La envidia es más que
solo celos. Es como un cóctel emocional que mezcla inseguridad, deseo y
comparación. Cuando vemos a alguien que tiene algo que queremos, nuestros
cerebros empiezan a hacer comparaciones. Se activa una parte de nuestro ser que
nos dice: “¿Por qué ellos y no yo?”. Y ahí es donde empieza el conflicto
interno.
En
la psicología, se habla mucho sobre la raíz de estas emociones. Fíjate en esto:
la envidia suele surgir de sentimientos de inferioridad. Si sientes que no
estás cumpliendo con tus propias expectativas o las expectativas sociales,
puedes empezar a mirar con recelo a aquellos que parecen tenerlo todo bajo control.
Por eso, muchas veces se siente como si fuera culpa del otro tener éxito.
¿Por
qué eres envidiado? La envidia puede surgir de diversas razones, desde la
comparación social hasta la inseguridad personal. Algunos pueden sentirse
envidiosos por el éxito de otros, mientras que otros pueden experimentar
envidia por lo que no tienen. La envidia puede manifestarse de diferentes
maneras, como críticas constantes, deseos de fracaso ajeno o comportamientos
hostiles. Es importante reconocer estos sentimientos para manejarlos
adecuadamente y evitar que la envidia afecte negativamente nuestras relaciones
y bienestar emocional.
¿Por
qué envidiamos? La envidia es una emoción tan antigua como la humanidad misma.
Desde la mitología griega hasta las novelas contemporáneas, ha sido retratada
como una emoción que estropea relaciones. Sin embargo, como cualquier emoción
humana, depende de cómo la gestionamos. Para comprender mejor esta emoción,
desglosaremos sus cinco elementos clave: comparación, deseo, frustración,
resentimiento y autopercepción de carencia. Cada uno de estos componentes
arroja luz sobre cómo se origina la envidia y cómo impacta nuestra vida.
La
comparación es el motor que pone en marcha la envidia. Es inevitable que como
seres sociales, nos comparemos con los demás. La comparación social es un
fenómeno humano muy arraigado, que nos ayuda a evaluar nuestra posición dentro
de un grupo. Sin embargo, cuando estas comparaciones nos hacen sentir que
estamos en desventaja, la envidia comienza a florecer.
La
comparación en sí no es mala. No obstante, cuando se centra en lo que otros
tienen en lugar de lo que nosotros tenemos, es el inicio de un ciclo negativo.
Para evitar que la envidia se apodere de nosotros, es fundamental ser
conscientes de cuándo estamos cayendo en la trampa de la comparación excesiva.
El
segundo elemento de la envidia es el deseo. Sentir envidia es, en su esencia,
querer algo que otra persona posee. Puede tratarse de bienes materiales o de
aspectos intangibles, como una habilidad, una relación o el reconocimiento
social.
El
deseo, en sí mismo, no es negativo. De hecho, es una de las fuerzas del
progreso y la mejora personal. El problema surge cuando ese deseo se transforma
en envidia, un sentimiento relacionado con resentimiento y frustración.
Una
vez que el deseo se establece, surge la frustración. Esta es la tercera pieza
del rompecabezas de la envidia. La frustración proviene de la percepción de
que, a pesar de nuestros esfuerzos, no podemos alcanzar lo que deseamos. Esto
nos genera una sensación de insatisfacción.
La
frustración es uno de los componentes más destructivos de la envidia. Al
sentirnos impotentes ante nuestras circunstancias, comenzamos a experimentar
una sensación de malestar que nos impide disfrutar de lo que tenemos. Además,
esta frustración puede amplificarse cuando vemos que la persona que envidiamos
parece obtener sus logros con facilidad.
A
menudo, esta frustración puede generar pensamientos irracionales como «¿Por qué a él/ella le va tan bien y a mí no?» o «No
importa lo que haga, nunca lograré lo que tiene». Estos pensamientos no solo
perpetúan la envidia, sino que también dañan nuestra autoestima.
El
cuarto elemento de la envidia es el resentimiento. Este es uno de los aspectos
más destructivos de la envidia. Cuando no podemos manejar nuestra frustración,
el siguiente paso es dirigir nuestra incomodidad hacia la persona que posee lo
que deseamos, no solo lo material, también lo personal, carisma, alegría, bondad,
elegancia, y no soportan que sean admirados ni queridos. Sienten que es injusto
que otros tengan lo que ellos no. Esa frustración puede crecer y convertirse en
obsesión.
El
resentimiento puede manifestarse de muchas maneras. Podemos distanciarnos de la
persona a la que envidiamos, hablar mal de ella o incluso desearle el fracaso y
conspirar para que fracasen saboteando su prestigio para que la desprecien. Y en
lugar de reflexionar sobre por qué nos sentimos así y qué podemos hacer para
mejorar nuestra situación, nos enfocamos en culpar a otros de nuestro malestar.
El
último elemento de la envidia es la autopercepción de carencia. La envidia no
solo trata sobre lo que otros tienen; también se relaciona con cómo nos
percibimos a nosotros mismos. Cuando envidiamos a alguien, en el fondo estamos
diciéndonos a nosotros mismos que no somos suficientes. Dicho de otro modo, que
carecemos de lo que necesitamos para ser felices.
Este
sentimiento de carencia puede ser devastador para nuestra autoestima. Nos
enfocamos en nuestras debilidades y en lo que nos falta, en lugar de valorar
nuestras fortalezas. La envidia alimenta una narrativa interna negativa en la
que siempre estamos en desventaja, lo que nos lleva a sentirnos aún peor sobre
nosotros mismos.
Sin
embargo, es importante reconocer que esta percepción de carencia es solo eso:
una percepción. No refleja necesariamente la realidad. A menudo, las personas
que envidiamos también tienen sus propias luchas y carencias, pero no las vemos
porque solo nos enfocamos en lo que parece perfecto en sus vidas.
«La
envidia es el dolor que causa la prosperidad de los otros».
Aristóteles
Las
personas envidiosas experimentan emociones negativas (furia, resentimiento,
cólera, exasperación, indignación, fastidio, irritabilidad, hostilidad, pesar,
melancolía, pesimismo, pena, autocompasión, abatimiento, desesperación) que se
transforma en sentimientos y luego en pensamientos displacenteros. Incluso se
puede considerar la envidia como un rasgo de personalidad.
En
los casos más graves, puede llegar a casos patológicos como lo señala Goleman
(1977): «La ira en extremo se convierte en violencia y odio patológicos; la
tristeza en depresión grave y el temor en fobia o pánico. La envidia es destructiva, y sin control
puede llegar incluso hasta el asesinato».
La
envidia es un sentimiento de displacer, de disgusto, por la alegría del otro. «El
malhumorado y contraído, es un amargado, no puede sufrir la risa del que está
alegre y satisfecho, porque, en el fondo envidia, un sentimiento que él es
incapaz de sentir».
Nos
queda claro que la envidia es una emoción negativa de descontento y
resentimiento generada por el deseo de tener las posesiones, atributos,
cualidades o logros de otra persona. A diferencia de los celos, con los que
comparte cierta semejanza y con los cuales se confunde a menudo, la envidia
sólo involucra a dos personas, la persona envidiosa y la persona envidiada.
Ante
una persona envidiosa, es fundamental mantener la calma y no dejarse llevar por
sus intimidaciones. Un envidioso es incapaz de ser caritativo, es malicioso,
injusto, hostil y actúa con resentimientos… ¡Dios nos proteja de estas personas!
Fotografía: Internet

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