sábado, 15 de agosto de 2026

España tierra de María

 


Asunción de la Virgen María: el dogma que anuncia la esperanza de la resurrección. Cada 15 de agosto, la Iglesia Católica celebra la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, una de las principales fiestas marianas del calendario litúrgico. En esta celebración, los fieles contemplan a la Madre de Dios, quien, al finalizar el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo.

La Asunción de María tiene un profundo significado para la fe cristiana. En ella, la Iglesia contempla de manera anticipada el destino al que están llamados los hombres: participar de la vida eterna y de la gloria de la resurrección.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que María, “cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo”. De este modo, la Madre de Cristo participa ya de manera singular en la gloria de la Resurrección de su Hijo y se convierte en un signo de esperanza para toda la Iglesia.

España, tierra de María. Aunque la devoción a la Asunción se remonta a los primeros siglos del cristianismo —especialmente bajo la tradición de la Dormición de la Virgen en Oriente—, no fue hasta el 1 de noviembre de 1950 cuando el Papa Pío XII lo definió como dogma de fe. A través de la constitución apostólica Munificentissimus Deus, se estableció que la Inmaculada Madre de Dios no experimentó la corrupción de su cuerpo, sino que fue llevada directamente a la gloria celestial.

Sobre si la Virgen llegó a morir o simplemente durmió, la Iglesia no ha dirimido formalmente la cuestión, aunque muchos teólogos sostienen que murió para asemejarse más a su Hijo. Lo que sí es tradición es que, tras la Resurrección de Jesús, María residió en Jerusalén o Éfeso antes de ser asunta.

Esta festividad se vive con especial fervor en cada rincón del país, con procesiones y actos religiosos que llenan las calles de fe y tradición. España entera —y, con ella, todo el orbe católico— celebra la Asunción de la Virgen, hasta el punto de que el 15 de agosto es conocido popularmente como "El Día de la Virgen".

España se viste de gala este 15 de agosto para honrar a la Virgen María en su Asunción. Sin embargo, a pesar de ser una de las fiestas marianas más populares de nuestra geografía, es habitual que se confunda este término con el de la "Ascensión". Una confusión bastante extendida ya que, aunque ambos términos guardan una evidente similitud, su significado es muy diferente.

La distinción entre ambos conceptos es, en realidad, sencilla pero crucial. En la Asunción, que es lo que celebramos hoy, la Santísima Virgen María fue asunta, es decir, elevada por Dios en cuerpo y alma a la gloria celestial una vez terminado el curso de su vida en la tierra.

Por el contrario, la Ascensión se refiere al momento en que Jesucristo se elevó a los cielos por su propio poder tras su Resurrección. Mientras que María es una criatura que fue elevada por la gracia del Señor, Jesucristo, como Dios todopoderoso, se elevó. Un matiz fundamental en la teología, pues pone de manifiesto que Dios es todopoderoso, a la vez que nos recuerda que María es una criatura.

Creer o no creer. Según el sacerdote Jesús Higueras: Hay semillas de Cristo esparcidas en los no cristianos: Podemos encontrar fuera de nuestras comunidades una generosidad que nos avergüence, una búsqueda de la verdad que nos interrogue y una capacidad de sacrificio que despierte nuestra fe adormecida.

“Mujer, qué grande es tu fe”. Pocas veces encontramos en el Evangelio una expresión de admiración tan directa en labios de Jesús. Y resulta especialmente significativo que vaya dirigida a una mujer cananea, una extranjera, alguien que no pertenecía al pueblo de Israel. Jesús había sido enviado, en primer lugar, a las ovejas perdidas de Israel, pero sabe y reconoce con alegría que la acción de Dios desborda las fronteras visibles del pueblo elegido.

Es una enseñanza muy necesaria también para nosotros. Los católicos creemos que en Jesucristo hemos recibido la plenitud de la Revelación y que en la Iglesia encontramos los medios que Él mismo nos ha dejado para conocerle, amarle y vivir unidos a Él. Pero eso no significa que Dios solamente actúe dentro de las fronteras visibles de la Iglesia. El Espíritu Santo sopla donde quiere y puede suscitar en cualquier corazón deseos de verdad, de justicia, de entrega y de amor.

A veces encontramos fuera de la Iglesia personas cuya grandeza de ánimo debería hacernos reflexionar. Personas generosas, capaces de sacrificarse por los demás, de perdonar, de cuidar a un enfermo durante años, de defender al débil o de buscar sinceramente la verdad. Incluso pueden superar en estas virtudes a quienes hemos recibido el bautismo, escuchamos el Evangelio y participamos habitualmente de los sacramentos. No deberíamos sentirnos amenazados por ello, sino admirados y agradecidos. Todo lo bueno tiene, en último término, su origen en Dios.

La mujer cananea posee precisamente una de esas cualidades extraordinarias: ama. Ama tanto a su hija que no se cansa de pedir. No reclama para sí misma, sino para aquella que sufre. Insiste, persevera, acepta incluso atravesar la aparente indiferencia de Jesús porque está convencida de que Él puede salvarla. Su fe nace de un amor que no se rinde.

Y quizá ahí descubramos algo esencial: antes incluso de conocer plenamente a Dios, el ser humano puede estar ya respondiendo a su gracia. Cada vez que alguien ama sinceramente, busca la verdad, practica la misericordia o entrega su vida por otro, hay algo de Dios actuando en él. Tal vez todavía no sepa darle un nombre. Tal vez nunca haya abierto un Evangelio. Pero está siguiendo una luz que, si pudiera contemplar su origen, descubriría que procede de Cristo.

Esto debería cambiar también nuestra manera de mirar a quienes no creen. No son simplemente personas a las que nosotros tenemos que enseñar algo. Muchas veces también tenemos mucho que aprender de ellas. Podemos encontrar fuera de nuestras comunidades una generosidad que nos avergüence, una búsqueda de la verdad que nos interrogue y una capacidad de sacrificio que despierte nuestra fe adormecida.

Los cristianos hemos tenido la inmensa gracia de encontrarnos cara a cara con Jesucristo. Por eso nuestra responsabilidad es todavía mayor. Porque quien ha conocido la fuente debería tener más sed de Dios, quien ha recibido el Evangelio debería amar más y quien ha conocido a Cristo debería parecerse cada día más a Él.

Hay semillas de Cristo esparcidas por todas partes. Hay reflejos suyos en hombres y mujeres que buscan sinceramente la verdad y practican el bien, aunque todavía no sepan pronunciar su nombre. Quizá algún día, al encontrarse definitivamente con Él, escuchen también aquellas palabras que Jesús dirigió admirado a la cananea: “Qué grande es tu fe”.


Fotografía: Internet


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