Asunción de la Virgen María: el dogma que anuncia la
esperanza de la resurrección. Cada 15 de agosto, la Iglesia Católica celebra la
Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, una de las principales
fiestas marianas del calendario litúrgico. En esta celebración, los fieles
contemplan a la Madre de Dios, quien, al finalizar el curso de su vida terrena,
fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo.
La Asunción de María tiene un profundo significado para la fe
cristiana. En ella, la Iglesia contempla de manera anticipada el destino al que
están llamados los hombres: participar de la vida eterna y de la gloria de la
resurrección.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que María,
“cumplido el curso de su vida terrena, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria
del cielo”. De este modo, la Madre de Cristo participa ya de manera singular en
la gloria de la Resurrección de su Hijo y se convierte en un signo de esperanza
para toda la Iglesia.
España, tierra de María. Aunque la devoción a la Asunción se
remonta a los primeros siglos del cristianismo —especialmente bajo la tradición
de la Dormición de la Virgen en Oriente—, no fue hasta el 1 de noviembre de
1950 cuando el Papa Pío XII lo definió como dogma de fe. A través de la
constitución apostólica Munificentissimus Deus, se estableció que la Inmaculada
Madre de Dios no experimentó la corrupción de su cuerpo, sino que fue llevada
directamente a la gloria celestial.
Sobre si la Virgen llegó a morir o simplemente durmió, la
Iglesia no ha dirimido formalmente la cuestión, aunque muchos teólogos
sostienen que murió para asemejarse más a su Hijo. Lo que sí es tradición es
que, tras la Resurrección de Jesús, María residió en Jerusalén o Éfeso antes de
ser asunta.
Esta festividad se vive con especial fervor en cada rincón del
país, con procesiones y actos religiosos que llenan las calles de fe y
tradición. España entera —y, con ella, todo el orbe católico— celebra la
Asunción de la Virgen, hasta el punto de que el 15 de agosto es conocido
popularmente como "El Día de la Virgen".
España se viste de gala este 15 de agosto para honrar a la
Virgen María en su Asunción. Sin embargo, a pesar de ser una de las fiestas
marianas más populares de nuestra geografía, es habitual que se confunda este
término con el de la "Ascensión". Una confusión bastante extendida ya que,
aunque ambos términos guardan una evidente similitud, su significado es muy
diferente.
La distinción entre ambos conceptos es, en realidad, sencilla
pero crucial. En la Asunción, que es lo que celebramos hoy, la Santísima Virgen
María fue asunta, es decir, elevada por Dios en cuerpo y alma a la gloria
celestial una vez terminado el curso de su vida en la tierra.
Por el contrario, la Ascensión se refiere al momento en que
Jesucristo se elevó a los cielos por su propio poder tras su Resurrección.
Mientras que María es una criatura que fue elevada por la gracia del Señor,
Jesucristo, como Dios todopoderoso, se elevó. Un matiz fundamental en la teología,
pues pone de manifiesto que Dios es todopoderoso, a la vez que nos recuerda que
María es una criatura.
Creer o no creer. Según el sacerdote Jesús Higueras: Hay semillas de Cristo esparcidas en los no cristianos: Podemos encontrar fuera de nuestras comunidades una generosidad que nos avergüence, una búsqueda de la verdad que nos interrogue y una capacidad de sacrificio que despierte nuestra fe adormecida.
“Mujer, qué grande es tu fe”. Pocas veces encontramos en el
Evangelio una expresión de admiración tan directa en labios de Jesús. Y resulta
especialmente significativo que vaya dirigida a una mujer cananea, una
extranjera, alguien que no pertenecía al pueblo de Israel. Jesús había sido enviado,
en primer lugar, a las ovejas perdidas de Israel, pero sabe y reconoce con
alegría que la acción de Dios desborda las fronteras visibles del pueblo
elegido.
Es una enseñanza muy necesaria también para nosotros. Los
católicos creemos que en Jesucristo hemos recibido la plenitud de la Revelación
y que en la Iglesia encontramos los medios que Él mismo nos ha dejado para
conocerle, amarle y vivir unidos a Él. Pero eso no significa que Dios solamente
actúe dentro de las fronteras visibles de la Iglesia. El Espíritu Santo sopla
donde quiere y puede suscitar en cualquier corazón deseos de verdad, de
justicia, de entrega y de amor.
A veces encontramos fuera de la Iglesia personas cuya
grandeza de ánimo debería hacernos reflexionar. Personas generosas, capaces de
sacrificarse por los demás, de perdonar, de cuidar a un enfermo durante años,
de defender al débil o de buscar sinceramente la verdad. Incluso pueden superar
en estas virtudes a quienes hemos recibido el bautismo, escuchamos el Evangelio
y participamos habitualmente de los sacramentos. No deberíamos sentirnos
amenazados por ello, sino admirados y agradecidos. Todo lo bueno tiene, en
último término, su origen en Dios.
La mujer cananea posee precisamente una de esas cualidades
extraordinarias: ama. Ama tanto a su hija que no se cansa de pedir. No reclama
para sí misma, sino para aquella que sufre. Insiste, persevera, acepta incluso
atravesar la aparente indiferencia de Jesús porque está convencida de que Él
puede salvarla. Su fe nace de un amor que no se rinde.
Y quizá ahí descubramos algo esencial: antes incluso de
conocer plenamente a Dios, el ser humano puede estar ya respondiendo a su
gracia. Cada vez que alguien ama sinceramente, busca la verdad, practica la
misericordia o entrega su vida por otro, hay algo de Dios actuando en él. Tal
vez todavía no sepa darle un nombre. Tal vez nunca haya abierto un Evangelio.
Pero está siguiendo una luz que, si pudiera contemplar su origen, descubriría
que procede de Cristo.
Esto debería cambiar también nuestra manera de mirar a
quienes no creen. No son simplemente personas a las que nosotros tenemos que
enseñar algo. Muchas veces también tenemos mucho que aprender de ellas. Podemos
encontrar fuera de nuestras comunidades una generosidad que nos avergüence, una
búsqueda de la verdad que nos interrogue y una capacidad de sacrificio que
despierte nuestra fe adormecida.
Los cristianos hemos tenido la inmensa gracia de encontrarnos
cara a cara con Jesucristo. Por eso nuestra responsabilidad es todavía mayor.
Porque quien ha conocido la fuente debería tener más sed de Dios, quien ha
recibido el Evangelio debería amar más y quien ha conocido a Cristo debería
parecerse cada día más a Él.
Hay semillas de Cristo esparcidas por todas partes. Hay
reflejos suyos en hombres y mujeres que buscan sinceramente la verdad y
practican el bien, aunque todavía no sepan pronunciar su nombre. Quizá algún
día, al encontrarse definitivamente con Él, escuchen también aquellas palabras
que Jesús dirigió admirado a la cananea: “Qué grande es tu fe”.
Fotografía: Internet

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