Miguel de Unamuno, filósofo, lo advirtió en 1895: «La vida verdadera es la que no hace ruido. Buscad lo que es eterno en lo que no se ve». En defensa radical de la vida interior, el ensayista reivindica la inquietud y la profundidad frente a la prisa.
Mas allá de su tesis sobre el sufrimiento, Miguel de Unamuno
propone en sus obras una visión integral de la «buena vida» que resulta
sorprendentemente actual. Frente a la obsesión actual por la productividad, la
eficiencia y el éxito, su pensamiento reivindica algo aparentemente
improductivo: el ocio consciente. Para él, vivir bien no es vivir cómodo, sino
vivir despierto.
Asimismo, Unamuno desconfiaba de una civilización que
confunde avance técnico con plenitud humana. «¡Libertad! No hay más que una:
la de dentro. Y esa no nos la da la mecánica ni la civilización, sino el
recogimiento», escribe en torno al casticismo. Una idea que ha demostrado
la ciencia, sobre todo en lo que se refiere al móvil y las redes sociales, cuyo
uso se ha asociado con problemas de depresión, ansiedad, estrés y peor calidad
del sueño, especialmente cuando sustituye la interacción real, tal y como
señala la Universidad de Columbia.
Unamuno defendía la importancia de vivir en lo profundo. Para
Miguel de Unamuno, la verdadera existencia no se juega en el escaparate, sino
en ese subsuelo silencioso donde transcurre la vida cotidiana de millones de
personas anónimas. A eso lo llamó intrahistoria: una corriente lenta, casi
invisible, que sostiene lo que luego aparece como «acontecimiento». Al
respecto, el filósofo sugiere en sus escritos que lo importante no es lo que se
narra o cuenta, sino lo que se vive. Frente a la obsesión actual por la
visibilidad —likes, buena posición social y laboral, etc.—, Unamuno propone una
ética de la profundidad, esto es, vivir de tal forma que la vida tenga densidad
y sentido, sin la necesidad de demostrar nada a nadie.
Pobre de aquel que no tenga un rincón en su alma donde refugiarse de la tiranía de los hechos. «Buscad lo que es eterno en lo que pasa; lo que es soterraño en lo que se ve. La vida verdadera es la que no hace ruido», escribe en torno al casticismo, una obra publicada originalmente como una serie de cinco ensayos en la revista La España Moderna en 1895, y posteriormente editada como libro en 1902.
La intrahistoria de la que habla Unamuno es, en el fondo, una
reivindicación de la intimidad como espacio de verdad, ya que lo que permanece
no es lo que se exhibe, sino lo que se arraiga. «Vivir es lo que importa;
vivir para siempre, vivir en lo que no muere. El éxito es el nombre que los
necios dan a la sombra de la vida», apuntó en Niebla.
La relevancia de lo cotidiano. Para Unamuno, la verdadera
vida se encuentra en lo pequeño. «Buscad la poesía de lo cotidiano, que es
la única que alimenta el alma», expuso en ‘A un literato joven’. Un
pensamiento que la psicología ha confirmado con numerosos estudios, los cuales
han demostrado que la atención plena y la gratitud cotidiana están asociadas
con un mayor bienestar.
La forma de ver y entender la vida del filósofo podría
interpretarse hoy como una crítica anticipada a la obsesión por la productividad
constante. «Hay que saber perder el tiempo para ganarlo en eternidad. Quien
no sabe estar solo y sin hacer nada, no sabe lo que es vivir», escribió en
sus Ensayos. «No es el progreso lo que hace al hombre, es el hombre quien
debe humanizar al progreso. Un hombre que solo produce es una máquina de
carne», añadió en La dignidad humana.
Hoy sabemos que el descanso mental no es una pérdida de
tiempo, pues numerosos estudios sobre el default mode network del cerebro han
demostrado que los momentos de inactividad favorecen la creatividad y la
integración emocional.
El paisaje y la riqueza interior: la contemplación como forma
de plenitud. Entre las ideas de Unamuno, destaca lo relativo a saber observar
el mundo que nos rodea. Saber ver —un árbol, un campo, un silencio— es, para el
filósofo, una forma de plenitud.
«El campo es el templo donde el hombre se reencuentra con su
soledad sonora. ¡Qué poco necesita el que sabe mirar un árbol!», escribe en Andanzas y visiones
españolas. «Pobre de aquel que no tenga un rincón en su alma donde refugiarse
de la tiranía de los hechos», añade en Soliloquios y conversaciones.
El paisaje, en su obra, se presenta como una auténtica
experiencia espiritual. En contacto con la naturaleza —o simplemente con el
silencio— el individuo recupera algo que la vida moderna le arrebata: la
posibilidad de estar consigo mismo sin intermediarios.
Esta forma de riqueza interior no depende de lo que se tiene,
sino de tu paz interior y de la capacidad de recogimiento. Cuando tienes fe y la conciencia tranquila por no hacerle daño a nadie, aunque los de tu sangre se unan para desacreditarte, llevados de envidias y cargos de conciencia por haber hecho sufrir a sus padres, recuerda que Dios lo ve todo y lo sabe todo, Dios te sostiene y será tu fe la que te dará fortalece para sobrellevar el sufrimiento de esta embestida... En un mundo saturado de estímulos,
detenerse a mirar se convierte, paradójicamente, en un acto de resistencia.
Porque, al final, como sugiere Unamuno, la verdadera pobreza no es no tener,
sino no saber habitarse a uno mismo, porque la mala conciencia no te deja vivir en paz.
Fotografía: Internet

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