sábado, 27 de junio de 2026

Yo y mis circunstancias...

 


Decía el filósofo español, Ortega y Gasset: "La vida nos es dada, pero no nos es dada hecha; tenemos que hacérnosla nosotros, cada cual la suya".

José Ortega y Gasset nos invita en cada uno de sus escritos a tomarnos nuestra vida en serio. La célebre reflexión del pensador madrileño condensa una de las ideas más influyentes de su obra: la existencia como tarea individual marcada por la libertad y la responsabilidad personal.

José Ortega y Gasset dejó una de las frases más citadas —y también más profundas— de la filosofía española del siglo XX. “La vida nos es dada, pero no nos es dada hecha”. Lejos de ser una reflexión meramente literaria, esta idea se convirtió en el eje central de su pensamiento y en una de las claves para entender qué significa ser humano en tiempos de incertidumbre. El filósofo madrileño desarrolló esta concepción especialmente durante la década de 1930, en obras como En torno a Galileo o Historia como sistema. En ellas, Ortega trató de superar dos corrientes dominantes de su época: el idealismo, que colocaba el pensamiento como única realidad, y el realismo, que hacía lo propio con las cosas materiales. Frente a ambos, propuso una idea radical: la realidad auténtica es la vida concreta de cada individuo, con sus decisiones, dudas y circunstancias.

El ser humano no cuenta con un “manual de instrucciones” cerrado. Un animal actúa guiado por sus instintos; una persona, en cambio, debe decidir qué hacer con su existencia. Ahí reside tanto su grandeza como su problema. Vivir implica elegir constantemente, incluso cuando se opta por no elegir. Esta falta de un camino prefijado convierte la vida en lo que Ortega describía como un “drama”. No en el sentido trágico, sino en el teatral: cada individuo aparece en escena sin guion previo y se ve obligado a escribir su propia historia sobre la marcha. Las circunstancias —la familia, el país, la época— marcan el escenario, pero no determinan el papel que cada uno desempeña.

En este punto aparece otra de sus ideas clave: la relación entre el yo y su entorno. Ortega lo formuló de manera célebre: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Significa que somos inseparables del entorno que nos rodea. El ser humano no es un ente aislado; el "yo" está conformado por su tiempo, su cultura, el lugar donde nació y las situaciones que le tocó vivir (sus "circunstancias"). Es decir, no existe un individuo aislado, pero tampoco una vida completamente dictada por el contexto. La libertad humana se mueve en ese equilibrio inestable entre lo que nos viene dado y lo que hacemos con ello.

La frase sobre la vida “no hecha” también encierra una crítica directa a la pasividad. Ortega alertaba contra lo que denominaba la “vida prestada”, aquella que se construye siguiendo inercias sociales, modas o lo que “se supone” que hay que hacer. Quien delega sus decisiones en la opinión dominante, advertía, renuncia a su propia autenticidad. Este mensaje tenía un destinatario claro: la sociedad de su tiempo, marcada por crisis políticas y culturales tras la Primera Guerra Mundial. En ese contexto, Ortega apelaba especialmente a los jóvenes, a quienes animaba a asumir un papel activo. No bastaba con heredar un mundo; había que transformarlo. Cada generación, según su visión, está llamada a reinterpretar su tiempo y a crear su propio camino.

También decía Ortega y Gasset, que: “Vivir es constantemente decidir lo que vamos a ser”. Vivimos aquí, ahora, es decir, que nos encontramos en un lugar del mundo y nos parece que hemos venido a este lugar libérrimamente. La vida, en efecto, deja un margen de posibilidades dentro del mundo, pero no somos libres para estar o no en este mundo, ahora, en este instante. Cabe renunciar a la vida, pero si se vive no cabe elegir el mundo en que se vive. Esto da a nuestra existencia un gesto terriblemente dramático. Vivir no es entrar por gusto en un sitio previamente elegido a gusto, como se elige el teatro después de cenar – sino que es encontrarse de pronto, y sin saber cómo, caído, sumergido, proyectado en un mundo incanjeable, justo en este momento.

Nuestra vida empieza por ser la perpetua sorpresa de existir, sin nuestra anuencia previa, somos náufragos en un orbe impremeditado. No nos hemos dado a nosotros la vida, sino que nos la encontramos justamente al encontrarnos con nosotros. Un símil esclarecedor fuera el de alguien que, dormido, es llevado a los bastidores de un teatro y allí, es lanzado delante del público y de un empujón despierta... Al hallarse allí, ¿qué es lo que siente ese personaje? Pues se siente sumido en una situación difícil, sin saber ni cómo ni porqué se haya en una encrucijada: la situación difícil consiste en resolver de modo decoroso, esa exposición ante el público, que él no ha buscado ni preparado ni previsto. En líneas generales, la vida es siempre imprevista. No nos han anunciado antes de entrar en ella, ni nos han preparado para ella.

Por lo mismo, es en todo instante un problema que hemos de resolver, sin que quepa transferir la solución a otro ser, quiere decirse que no es nunca un problema resuelto, sino que, en todo instante, nos sentimos como forzados a elegir entre varias posibilidades. (Si no nos es dado escoger el mundo en que va a deslizarse nuestra vida, ni su dimensión de fatalidad, nos encontramos con cierto margen, con un horizonte vital de posibilidades y cierta dimensión de libertad; pues, vida es, la libertad en la fatalidad y la fatalidad en la libertad). ¿No es esto sorprendente? Hemos sido arrojados en nuestra vida y, para lo que hemos sido arrojados, tenemos que hacerlo por nuestra cuenta, por decirlo así, fabricarlo. O, dicho de otro modo: nuestra vida es nuestro ser. Somos lo que ella sea y nada más, pero ese ser no está predeterminado, ni resuelto de antemano, sino que  necesitamos decidirlo nosotros, tenemos que decidir lo que vamos a ser; y ¿qué hacemos para ser? A esto lo podríamos llamar “llevarse a sí mismo en vilo para sostener el propio ser”. No hay descanso ni pausa, porque el sueño, que es una forma del vivir biológico, no existe para la vida en el sentido radical con que usamos esta palabra. En el sueño no vivimos, sino que al despertar y reanudar la vida la hallamos aumentada con el recuerdo volátil de lo soñado.

Con todo esto hemos avanzado notablemente en esta excursión vertical, en este descenso al profundo ser de nuestra vida. En la hondura donde ahora estamos nos aparece el vivir como un sentirnos forzados a decidir lo que vamos a ser. Ya no nos contentaremos con decir, como al principio: vida es lo que hacemos, es el conjunto de nuestras ocupaciones con las cosas del mundo, porque hemos advertido que todo ese hacer y esas ocupaciones no nos vienen automáticamente, ni mecánicamente impuestas, sino que son decididas por nosotros; pero, estas decisiones, muchas veces nos parece impuesta por el destino. Es creencia que es así la vida.

El gran hecho fundamental lo hemos expresado ya: vivir es constantemente decidir lo que vamos a ser. Un ser que consiste, más que en lo que es, en lo que va a ser; por tanto, en lo que aún no es. Pues esta esencial, abismática paradoja es nuestra vida. Y ahora basta con sacar la inmediata consecuencia de todo esto: si nuestra vida cosiste en decidir lo que vamos a ser, quiere decirse que en la raíz misma de nuestra vida hay un atributo temporal: decidir lo que vamos a ser, por tanto, es futuro. Y, sin parar, recibimos ahora, una tras otra, toda una fértil cosecha de averiguaciones. Primera: que nuestra vida es ante todo toparse con el futuro. He aquí otra paradoja. No es el presente o el pasado lo primero que vivimos, no; la vida es una actividad que se ejecuta hacia adelante, y el presente o el pasado se descubre después, en relación con ese futuro. Conclusión, según el mismo Ortega y Gasset “la vida es futurición, es lo que aún no es”.


Fotografía: Internet


No hay comentarios :

Publicar un comentario