Decía el filósofo español, Ortega y Gasset: "La
vida nos es dada, pero no nos es dada hecha; tenemos que hacérnosla nosotros,
cada cual la suya".
José Ortega y Gasset nos invita en cada uno de sus escritos a
tomarnos nuestra vida en serio. La célebre reflexión del pensador madrileño
condensa una de las ideas más influyentes de su obra: la existencia como tarea
individual marcada por la libertad y la responsabilidad personal.
José Ortega y Gasset dejó una de las frases más citadas —y
también más profundas— de la filosofía española del siglo XX. “La vida nos es
dada, pero no nos es dada hecha”. Lejos de ser una reflexión meramente
literaria, esta idea se convirtió en el eje central de su pensamiento y en una
de las claves para entender qué significa ser humano en tiempos de
incertidumbre. El filósofo madrileño desarrolló esta concepción especialmente
durante la década de 1930, en obras como En torno a Galileo o Historia como
sistema. En ellas, Ortega trató de superar dos corrientes dominantes de su época:
el idealismo, que colocaba el pensamiento como única realidad, y el realismo,
que hacía lo propio con las cosas materiales. Frente a ambos, propuso una idea
radical: la realidad auténtica es la vida concreta de cada individuo, con sus
decisiones, dudas y circunstancias.
El ser humano no cuenta con un “manual de instrucciones”
cerrado. Un animal actúa guiado por sus instintos; una persona, en cambio, debe
decidir qué hacer con su existencia. Ahí reside tanto su grandeza como su
problema. Vivir implica elegir constantemente, incluso cuando se opta por no
elegir. Esta falta de un camino prefijado convierte la vida en lo que Ortega
describía como un “drama”. No en el sentido trágico, sino en el teatral: cada
individuo aparece en escena sin guion previo y se ve obligado a escribir su
propia historia sobre la marcha. Las circunstancias —la familia, el país, la
época— marcan el escenario, pero no determinan el papel que cada uno desempeña.
En este punto aparece otra de sus ideas clave: la relación
entre el yo y su entorno. Ortega lo formuló de manera célebre: “Yo soy yo y
mi circunstancia”. Significa que somos inseparables del entorno que nos
rodea. El ser humano no es un ente aislado; el "yo" está conformado
por su tiempo, su cultura, el lugar donde nació y las situaciones que le tocó
vivir (sus "circunstancias"). Es decir, no existe un individuo
aislado, pero tampoco una vida completamente dictada por el contexto. La
libertad humana se mueve en ese equilibrio inestable entre lo que nos viene
dado y lo que hacemos con ello.
La frase sobre la vida “no hecha” también encierra una
crítica directa a la pasividad. Ortega alertaba contra lo que denominaba la
“vida prestada”, aquella que se construye siguiendo inercias sociales, modas o
lo que “se supone” que hay que hacer. Quien delega sus decisiones en la opinión
dominante, advertía, renuncia a su propia autenticidad. Este mensaje tenía un
destinatario claro: la sociedad de su tiempo, marcada por crisis políticas y
culturales tras la Primera Guerra Mundial. En ese contexto, Ortega apelaba
especialmente a los jóvenes, a quienes animaba a asumir un papel activo. No
bastaba con heredar un mundo; había que transformarlo. Cada generación, según
su visión, está llamada a reinterpretar su tiempo y a crear su propio camino.
También decía Ortega y Gasset, que: “Vivir es constantemente decidir lo que vamos a ser”. Vivimos aquí, ahora, es decir, que nos encontramos en un lugar del mundo y nos parece que hemos venido a este lugar libérrimamente. La vida, en efecto, deja un margen de posibilidades dentro del mundo, pero no somos libres para estar o no en este mundo, ahora, en este instante. Cabe renunciar a la vida, pero si se vive no cabe elegir el mundo en que se vive. Esto da a nuestra existencia un gesto terriblemente dramático. Vivir no es entrar por gusto en un sitio previamente elegido a gusto, como se elige el teatro después de cenar – sino que es encontrarse de pronto, y sin saber cómo, caído, sumergido, proyectado en un mundo incanjeable, justo en este momento.
Nuestra vida empieza por ser la perpetua sorpresa de existir,
sin nuestra anuencia previa, somos náufragos en un orbe impremeditado. No nos hemos
dado a nosotros la vida, sino que nos la encontramos justamente al encontrarnos
con nosotros. Un símil esclarecedor fuera el de alguien que, dormido, es
llevado a los bastidores de un teatro y allí, es lanzado delante del público y de un empujón despierta... Al hallarse allí, ¿qué es lo que siente ese
personaje? Pues se siente sumido en una situación difícil, sin saber ni cómo ni porqué se haya en una encrucijada: la situación difícil consiste en resolver de modo
decoroso, esa exposición ante el público, que él no ha buscado ni preparado
ni previsto. En líneas generales, la vida es siempre imprevista. No nos han
anunciado antes de entrar en ella, ni nos han preparado para ella.
Por lo mismo, es en todo instante un problema que hemos de
resolver, sin que quepa transferir la solución a otro ser, quiere decirse que
no es nunca un problema resuelto, sino que, en todo instante, nos sentimos como
forzados a elegir entre varias posibilidades. (Si no nos es dado escoger el
mundo en que va a deslizarse nuestra vida, ni su dimensión de fatalidad,
nos encontramos con cierto margen, con un horizonte vital de posibilidades y cierta dimensión de libertad; pues, vida es, la libertad en la fatalidad y
la fatalidad en la libertad). ¿No es esto sorprendente? Hemos sido arrojados en
nuestra vida y, para lo que hemos sido arrojados, tenemos que hacerlo
por nuestra cuenta, por decirlo así, fabricarlo. O, dicho de otro modo: nuestra
vida es nuestro ser. Somos lo que ella sea y nada más, pero ese ser no está
predeterminado, ni resuelto de antemano, sino que necesitamos decidirlo nosotros,
tenemos que decidir lo que vamos a ser; y ¿qué hacemos para ser? A esto lo
podríamos llamar “llevarse a sí mismo en vilo para sostener el propio ser”. No
hay descanso ni pausa, porque el sueño, que es una forma del vivir biológico, no
existe para la vida en el sentido radical con que usamos esta palabra. En el
sueño no vivimos, sino que al despertar y reanudar la vida la hallamos
aumentada con el recuerdo volátil de lo soñado.
Con todo esto hemos avanzado notablemente en esta excursión
vertical, en este descenso al profundo ser de nuestra vida. En la hondura donde
ahora estamos nos aparece el vivir como un sentirnos forzados a decidir lo que
vamos a ser. Ya no nos contentaremos con decir, como al principio: vida es lo
que hacemos, es el conjunto de nuestras ocupaciones con las cosas del mundo,
porque hemos advertido que todo ese hacer y esas ocupaciones no nos vienen
automáticamente, ni mecánicamente impuestas, sino que son decididas por
nosotros; pero, estas decisiones, muchas veces nos parece impuesta por el destino. Es creencia que es así la vida.
El gran hecho fundamental lo hemos expresado ya: vivir es
constantemente decidir lo que vamos a ser. Un ser que consiste, más que en lo
que es, en lo que va a ser; por tanto, en lo que aún no es. Pues esta esencial,
abismática paradoja es nuestra vida. Y ahora basta con sacar la inmediata
consecuencia de todo esto: si nuestra vida cosiste en decidir lo que vamos a ser,
quiere decirse que en la raíz misma de nuestra vida hay un atributo temporal:
decidir lo que vamos a ser, por tanto, es futuro. Y, sin parar, recibimos
ahora, una tras otra, toda una fértil cosecha de averiguaciones. Primera: que
nuestra vida es ante todo toparse con el futuro. He aquí otra paradoja. No es
el presente o el pasado lo primero que vivimos, no; la vida es una actividad
que se ejecuta hacia adelante, y el presente o el pasado se descubre después,
en relación con ese futuro. Conclusión, según el mismo Ortega y Gasset “la
vida es futurición, es lo que aún no es”.
Fotografía: Internet

No hay comentarios :
Publicar un comentario