Buscar una vida plena y consciente implica elegir intencionalmente cómo vivir
cada momento. Se trata de alinear tus acciones diarias con tus valores más
profundos y cultivar el bienestar físico, mental y emocional desde el momento
presente.
¿Qué necesitamos para vivir con plenitud? Recordar lo que es
de verdad importante ayuda a recorrer la vida sin miedo y en profundidad, como
un viaje apasionante.
Hemos venido al mundo desnudos y sin nada en las manos y así
moriremos. Vivir, un extenso verbo para un concepto muy complejo. ¡Existen
tantas formas de llevar la vida a cabo! En el fondo vivimos para morir y
morimos como hemos vivido. La vida es el viaje más maravilloso que vamos a
vivir.
Es el primer esfuerzo de la vida. Cuando nacemos, nuestro
primer impulso vital es respirar, aunque en adelante apenas nos acordemos de
hacerlo conscientemente, salvo que nos estemos ahogando.
Se trata de un acto reflejo, que no requiere casi trabajo, y
al que, por ese motivo, no damos valor. Sin embargo, marca la diferencia entre
la vida y la muerte. De hecho, cada respiración, (inspirar y espirar) es la
verificación de la vida y la frontera con la muerte.
Respirar con conciencia es vivir consciente y plenamente,
hacerlo poniendo la atención necesaria en cada momento, porque el día que
espiremos y no volvamos a inspirar será el último acto, el que pondrá fin a
nuestro viaje.
Respirar no es tan solo coger y soltar aire mecánicamente o
poner en marcha un mecanismo fisiológico, sino dar forma a lo etéreo y
convertirlo en algo tangible y palpable, percibir un olor y guardarlo en la
memoria profunda, respirar el ambiente donde uno se encuentra inmerso y
transformarlo en sensaciones y sentidos, respirar la lluvia y el sol para
crecer y afianzarse.
Respirar es sentir el vaivén de los pulmones junto con el
latido del corazón, expandir y encoger, abrir y cerrar, exteriorizar e
interiorizar, vivir y morir… En cada uno de estos movimientos hay un despertar,
un dejar, un hola y un adiós.
Al llegar, por una especie de gracia divina, tenemos el
universo a nuestra disposición. El universo nos premia con maravillosos
paisajes naturales, colores inimaginables, formas espectaculares, olores que
nos transportan a otros lugares y a otros tiempos, sonidos armoniosos que
despiertan lo más profundo de nuestros sentimientos, la brisa, la luz, la
lluvia, el viento, el trueno, la niebla, la oscuridad…
Si recibir es un acto de generosidad, dar es un privilegio, porque
eso significa poseer y, además, tener conciencia de compartir y donar. En el dar
y recibir hay un intercambio de energía, de intención, de atención y de
prestación. No se puede dar sin tener, no se puede recibir sin canalizar.
La vida es un camino de una sola dirección, pero hay muchas
maneras de llegar hasta el final: caminando, corriendo, saltando, volando… Lo
importante es llegar hasta el fin del viaje liberados de los apegos.
Imagínate viajar cargando con una mochila en la espalda llena
de palabras no dichas, historias pasadas y no resueltas y emociones no aclaradas,
ancladas en un pasado que ya no tiene vuelta de hoja; imagina una mochila llena
de preocupaciones por lo ocurrido y por lo que nos pueda ocurrir en la vida… y
todo ello sin darte cuenta de que te estás perdiendo la oportunidad de
disfrutar de cada momento sin perder un instante.
Las historias vividas dejan huellas y cicatrices,
especialmente si son duras y dolorosas. Nos marcan y nos condicionan de una
manera u otra, igual que las emociones pasadas que uno intenta procesar por sus
propios medios y de acuerdo con sus conocimientos. Digerirlas, canalizarlas, a
veces ignorarlas o esconderlas, son esfuerzos que se convierten en una pesada
carga, tanto mental como física.
Lo somatizamos, lo sobrellevamos, como podemos. Gritemos,
lloremos, pataleemos, enfadémonos, pero hagamos las paces con lo que hemos
vivido para poder soltar ese lastre que nos ata y nos limita. Para soltar se
requiere una gran valentía, una serena conciencia, una decisión firme. Es como
saltar al vacío para poder volar y llegar más lejos y más ligero.
A lo largo de la vida, una de las asignaturas más difíciles y
que más se nos resisten es la de aceptar. Supone una comprensión profunda y
consciente, una tregua, una apertura plena y sin reserva. Cuando una persona
acepta sus condiciones y sus limitaciones, entonces puede transformar la
realidad. Transformar y no trastornar ni camuflar, es decir "formarla"
de otra manera, para que sea más llevadera y beneficiosa.
Dice el budismo que, para conseguir la iluminación, el primer
paso es "darse cuenta", lo que significa tener conciencia de la
realidad y aceptarla plenamente. Porque si se rechaza lo que se tiene o lo que
se es, se crea un conflicto, un malestar, y no se puede avanzar y mejorar.
Sentir el corazón. El corazón es el motor que nos empuja hacia arriba y hacia fuera,
es el emperador de los sentimientos, todas las sensaciones nacen de él. En el
pecho, donde se aloja el corazón, residen la conciencia humana, la compasión,
el amor. El corazón es todo amor, en él no cabe otra cosa más que sentimientos
bellos y puros, solo que a veces nos confundimos, no sabemos gestionar lo que
sentimos y surgen la hostilidad y la oscuridad. Pero solo son sentimientos mal
gestionados, y aún peor expresados, porque en el fondo todos queremos sentirnos
queridos y amados.
Sentirnos amados nos llena de alegría, riamos para expresar
la alegría que viene del corazón. Reír es abrir el corazón, llenarlo de
alegría, de confianza, de gratitud. Cuando abrimos el corazón, fluyen el amor y
la alegría. A ese músculo tan peculiar que no sabe parar ni cuando dormimos, la
risa le da oxígeno, le proporciona la chispa para poder seguir manteniendo el
fuego de la vida. Llenar el pecho de alegría es relativizar las cosas y
transformarlas en sentimientos de gratitud de paz y de amor.
Amor. Amar. ¿Cómo se puede describir el amor? Describir el
amor es un reto universal, ya que no se trata de una sola cosa, sino de una
experiencia complementaria que da sentido a la vida. No solo son palabras sobre
sentimientos. Se trata de sinceridad, respeto mutuo, comprensión y experiencias compartidas,
de encontrar alegría en la compañía del otro, apoyar las pasiones de cada uno y
construir una unión duradera basada en la confianza y la amistad. Se trata de tener
objetivos comunes y conversaciones significativas que fomenten el crecimiento y
la conexión. También se trata de dedicación y devoción, y de estar al lado del
otro en los buenos y malos momentos. También se trata de aceptar las
diferencias, porque el verdadero amor no ve dificultases, sino oportunidades para
aprender el uno del otro: dar y recibir,
respetar, aceptar para abrazar la libertad de dos almas en un solo corazón.
Hoy vivimos tiempos en los que muchas veces se intenta reducir el valor humano a intereses superficiales, ideologías vacías o formas de poder y éxito solo aparentes, y alejados del bien común. Frente a eso, creemos profundamente que cada ser humano posee una dignidad única e irrepetible. Y que el verdadero sentido de la vida aparece en el encuentro con el otro: en el acto gratuito, de darse, de amar y de entregarse desinteresadamente.
La vida tiene que ser compartida. El valor de pertenecer a un
grupo ya sea familiar, de amistad o de trabajo, es inmenso e infinito. El valor
de pertenencia a otras personas, no es solamente ser y estar, sino que da
sentido a la persona como parte de una comunidad sostenida por una convicción
compartida. Pero, malo, cuando un grupo se une para dañar y echar a uno de sus miembros; y más grave, cuando un grupo familiar pisotea a uno de sus miembros y actúa con alevosía, en connivencia y complicidad para desacreditarlo, con el fin de apagar su luz y ganarse el cariño y el prestigio que envidian, en el que quieren echar del grupo. Eso es actuar sin moral, ni principios.
Nuestra vida es fruto del amor. Nuestra vida empezó con un atrevimiento de dos seres que se amaban y respetaban, que emprendieron juntos una aventura para compartir las vivencias y los sentimientos, las ilusiones y los proyectos. En una familia que reina el amor, siempre triunfará el amor... Así era el principio y así debería ser, pero, basta que un solo miembro siembre cizaña, para estropearlo todo...
Vivir es la aventura más apasionante que venimos a
experimentar, así que hagámoslo sin miedo y sin reservas. Vivamos a conciencia, a pesar de las vicisitudes que se presentan sin esperar... ¡Vivamos plenamente
conscientes!
Fotografía: Internet

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