«'Dichosos los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios'. Son verdaderamente pacíficos aquellos que, en medio de todas las cosas que
padecen, conservan por el amor de Nuestro Señor Jesucristo, la paz del alma y
del cuerpo». San Francisco
de Asís.
¿Puede haber algo tan fuerte y sólido y, al mismo tiempo, ser
tan frágil y etéreo como es la paz? La paz cuando existe es razón de muchas
cosas buenas, pero en un pestañeo puede hacerse pedazos. Y es que, mientras
exista un corazón no pacificado, la paz siempre estará expuesta y la violencia
y desazón será una amenaza constante.
La paz está en riesgo apenas y abrimos nuestras redes
sociales o nos enteramos de las noticias. Apenas y ponemos un pie en la calle
(y posiblemente dentro de casa) descubrimos que vivimos en un mundo sin paz.
Incluso al nivel más íntimo, el de la propia conciencia, experimentamos
ansiedades, tensiones que nos desestabilizan, impidiéndonos ofrecer a los demás
un rostro sereno. ¡Todos estamos tan necesitados de paz!, pero ¿Qué es la paz?
Solemos identificar a la paz con la ausencia relativa de tensiones o con el
silencio de las armas. Pero no. ¡La paz no puede reducirse o construirse a base
de silencios o ausencias! La paz no es un vacío: es plenitud de justicia, de
verdad, de corresponsabilidad, de amor… Por eso, ansiar la paz, esa paz íntegra
y poderosa, no depende de pacifismos humanos y buenos deseos, sino que se
satisface con la seguridad y el orden de los valores supremos.
¿Dónde se construye la paz? Definitivamente (y hoy menos que nunca) no es por medio de iniciativas de gobiernos, ni de las grandes instancias internacionales… Donde la paz se construye es en la familia, en el puesto de trabajo, en la escuela, en el saludo diario, en la mano tendida, en la sonrisa, en lo gratuito… Lo otro, no son más que superestructuras que mantienen el equilibrio de la violencia, gobernantes que se creen 'dioses poderosos' y para demostrar su poderío infame, declaran la guerra, un pueblo que vive bajo el terror, con hambre miedo y miseria, es más dócil... En las ideologías progresistas el pueblo debe vivir sometido a los dictados de la pobreza, para que no desprecien la mano que les da de comer. En los intereses de esos sátrapas ambiciosos, la arbitrariedad y el abuso de poder, son sus modus operandi para perpetuarse en el poder absoluto. Para estos desalmados, la paz en un problema.
El cristiano no confunde la paz con el silencio de las armas, ni con el bienestar o el progreso económico. La verdadera paz subyace en el corazón del hombre, en el interior de cada uno, en el orden de la propia conciencia, normada por la voluntad de Dios. Para nosotros la paz tiene un nombre: Jesucristo. "Él es nuestra paz" (Ef. 2, 14). Él es pacificador de los hombres con Dios y de los hombres entre sí, por la entrega de su vida y el don de su gracia (Ef. 2, 14-17).
Siempre, pero especialmente en nuestra hora, debe vibrar en nosotros, esperanzador y consciente, el anhelo de Pablo: "La paz de Dios, que supera todo conocimiento, guarde nuestros corazones y pensamientos en Cristo Jesús" (Flp. 4,7). Bien asumió esto San Francisco de Asís, quien exhortaba: "Dichosos los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios" (Mt 5,9). En resumen, la paz solo se alcanza con corazones pacificados: Paz en la mente, paz en el cuerpo y paz en el corazón.
Paz en nuestros sistemas, paz en nuestras relaciones, paz en
el mundo. El mensaje de Francisco de Asís sigue teniendo actualidad, sus líneas
pastorales de deben encauzar para buscar la vida digna del hombre, no sólo el
vivir por el vivir, sino vivir con dignidad, al menos esto afirmamos en la
oración por la paz que la CEM nos pide rezar al terminar las Eucaristías: "Que,
como discípulos misioneros tuyos, ciudadanos responsables, sepamos ser
promotores de justicia y de paz, para que, en ti, nuestro pueblo tenga vida
digna".
¡Paz y Bien! El saludo de la paz era una característica de los
primeros franciscanos, Francisco -inspirado en la Sagrada Escritura- pedía a
los hermanos que desearan la paz a todos. Hasta la actualidad el saludo de "Paz
y Bien" se ha convertido en un signo de la familia franciscana, al desearlo
queremos transmitir esa paz de Dios, que es el ideal de todos los hombres de buena
voluntad, en el credo que éste sea.
Francisco buscó la paz entre el obispo y el gobernador de Asís; él mismo era un pacificador, no se quedaba deseando la paz a todos, sino que se involucraba para lograrla y así transformar el entorno de todos. En las cruzadas el ejemplo que da no es el de llevar armas ni ejércitos, es el dialogar con la otredad, el enfrentarse con el distinto mediante la palabra y comunicar la experiencia de Dios, no lleva espadas ni palabras hirientes, ni imposiciones de ningún tipo, sólo desea estar con los hombres. La paz es el fruto de la justicia, de un orden político justo, de estructuras bien equilibradas y de relaciones encausadas a la justicia.
"Desde la visión franciscana, la paz procede de varios
centros: la justicia con el respeto a los derechos humanos; la equidad de las
estructuras según la dignidad de la persona; el dominio de sí mismo y la
tolerancia entre personas de las diferentes comunidades".
Ahora bien, la proclama por la paz no debe ser solamente
sociológica, la paz propuesta por Francisco era una paz bíblica, que a su vez
debía después afectar en lo sociológico. El Hermano Menor se debe llenar de
Dios para después abrirse y llevar la paz a todos los hombres. San Francisco de
Asís es y ha sido siempre un referente del deseo humano de sentirse con gozo y
en paz con Dios, consigo mismo y con los demás, es decir, con toda la creación. La paz
seguirá siendo una utopía mientras los objetivos económicos prevalezcan sobre
la dignidad humana y sobre la justicia social.
La compasión. Uno de los rasgos que más conmueven a todos los
que admiran a san Francisco de Asís es su capacidad de sentir compasión del
sufriente, del doliente, este es uno de los rasgos más humanistas de su
espiritualidad.
«La teología franciscana, siguiendo la línea agustiniana y a
la vez fiel a la cosmovisión bíblica, contempla y trata del corazón del hombre.
La vida franciscana atribuye suma importancia a la vía afectiva y, por
consiguiente, a la experiencia. No es suficiente la pura especulación teológica
para la perfección del conocimiento, conviene tener en cuenta las vivencias
afectivas de las verdades teológicas».
La ética franciscana es una ética de la compasión, con una
inclinación a lo afectivo, a lo experiencial. Los grandes maestros franciscanos
se dieron cuenta de que no es suficiente la pura especulación teológica, que
conviene tener en cuenta las vivencias afectivas teológicas.
"La compasión tiene mucho que ver con el acompañamiento
silencioso y contemplativo del prójimo, del hermano, del ser humano como hijo
de Dios. La compasión comprendida como un impulso ético que convoca a la acción
de aquellas personas y comunidades que se toman en serio el sufrimiento y dolor
humanos".
La vocación del cristiano está
comprometido, sobre todo, donde existen situaciones de pobreza extrema que
lesionan la dignidad humana. Ahí donde la dignidad queda menoscabada, donde las
personas son víctimas de acciones y estructuras injustas, en donde la vida
auténtica y plena se ve dificultada, ahí debe entrar la compasión franciscana
buscando el acoger al otro y que se sienta amado y bien recibido.
La defensa de la vida. Desde la Escritura y desde la
pluralidad de dimensiones sociales y personales, el respeto a la vida humana lo
consideramos como un valor reconocido universalmente. La reflexión en torno a
la vida como don divino que debe resguardarse sobre cualquier peligro que le
amenace, va a brotar -como otros planteamientos de la ética- primero en la
teología para después evaluarlos éticamente.
"La reflexión ética sobre el valor de la vida humana necesita
de la teología, de la contemplación de Dios como señor de la vida. La Escritura
expresa el valor de la vida humana. El ser humano ha sido creado 'a imagen y
semejanza de Dios' (Gn 1,26), como fruto de la atención deliberada y amorosa de
Dios (Gn 2,7). La vida humana brota del espíritu mismo de Dios. Su aliento
mantiene el aliento humano".
Se promueve un pensamiento en donde todos estamos llamados a
vivir, pero nuestra vida debe ser vivida con calidad; nadie está llamado a
vivir una vida de sufrimientos y vejaciones; la vida necesita vivirse
dignamente. Estamos viendo como la sensibilidad ante la vida ha cambiado, no se promueve su dignidad ante las amenazas más directas: aborto, eutanasia,
homicidio, terrorismo, guerras, drogas, violencia, explotación, etc. Hoy en día
existe una forma de ser y de pensar que no valora la vida, la banalidad del mal se adueña de los buenos sentimientos, solapados en
cuestiones económicas, de sobrepoblación o hedonistas para tratar de que el
valor de la vida sea menospreciado.
La cruzada por promover la vida va enfocada a la defensa del
embrión, al rechazo a la pena de muerte, al respeto de los derechos humanos.
Desgraciadamente, a pesar de todas las declaraciones que existen y las
legislaciones que aún defienden la vida humana, los hombres no han alcanzado el
pleno reconocimiento del valor de la vida.
Nos debemos a la vida y debemos vivir con respeto y aceptación de la
vida, y reconociendo al hombre como una creatura que su Creador ama
excelsamente: Debemos hacer presente la actitud de defensa desde el inicio hasta
el fin último de la existencia. La vida es un don divino al cuál no se le puede
manejar al antojo.
La creación es un don de Dios, por ello tenemos que apreciarla y valorarla. De manera especial la teología franciscana contempla, ama y promueve el respeto de la creación. Sabemos que en la creación se nos muestra Dios y es a través de ella que llegamos a Él. Admirable mensajes de vida. Razón tienen los santos de ser santos… Realmente, todos estamos llamados a ser santos, pero la maldad ha convertido el mundo en un infierno, donde todos desconfiamos de todos.
¡Cuánto dolor hay en nuestro mundo! ¡Cuánta impotencia
sentimos en nuestro actuar, en nuestros buenos deseos! Y, sin embargo, hay una
Presencia Bondadosa -en ella creemos- que transfigura todo el dolor del mundo y
que nos empuja a seguir soñando, a seguir luchando, que nos acompaña y
reconforta, que camina en nuestras luchas y esperanzas.
Con frecuencia lo inhumano invade lo cotidiano. Hay tantas vidas obligadas por guerras, hambrunas, injusticias, intereses de los poderosos, lógicas económicas destructoras, a vivir en situaciones de inhumanidad. Pero si de verdad creemos que la historia, a pesar de todos sus dramas, ha sido visitada por Dios en su hijo Jesucristo no podemos bajar los brazos. Las bienaventuranzas tienen mucho de inyección de aliento y de esperanza al tiempo que son una invitación a la lucha y al compromiso. El bien es una poderosa energía que se expande, y lo hace de forma discreta (Mateo 13, 31-33); es una energía llena de amor que envuelve todo, destruyendo el mal desde dentro con la fuerza serena de la misma bondad. Hacer el bien está a nuestro alcance.
Cuando parece que no hay esperanzas de paz seguimos confiando
en el poder de la oración. Una dimensión de la oración es acoger el Amor de Dios como una energía creadora, que busca despertar en nosotros capacidades
adormecidas en la lucha contra toda forma de mal, empezando por el propio.
Gracias a Dios, la paz es un anhelo arraigado e
imborrable en el corazón humano, una nostalgia de un mundo reconciliado, un
deseo profundo de relaciones sanas y armoniosas, una esperanza siempre
presente, un camino arduo en medio de tanto conflicto e intereses, una
conversión siempre necesaria. Una utopía...
Sabemos que existen estructuras injustas que encadenan vidas
humanas, y los cambios necesarios en toda estructura injusta requieren un
cambio previo de los corazones. La paz exige trabajar el propio corazón,
moldearlo con las actitudes de Cristo, suplicarlo también en la oración: "Señor, crea en mi un corazón puro…" Y trabajar el propio corazón significa
liberarlo de miedos, desarmarlo de la agresividad que se infiltra; si las
guerras comienzan en el corazón, también la paz. Debemos deponer toda violencia
infiltrada en nuestros pensamientos, o expresada en palabras y gestos.
Fomentar la cultura de paz y la cultura del encuentro, podrían ser dos pistas de acción entre tantas otras posibles. Siempre es posible implicarse en las transformaciones sociales mediante pequeños compromisos, acciones, opciones. Un 'pequeño' gesto de solidaridad recibido, puede inspirar otras decisiones, opciones valientes capaces de despertar y poner en marcha nuevas energías, para mantener vivo el fuego de la esperanza entre personas y comunidades. Que la paz del Señor anide en nuestro corazón.
Cuando la humanidad no tiene paz en su corazón, el mundo está en peligro...
¡Si tienes paz en tu corazón, hay paz en el mundo!
Fotografía: Internet

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