martes, 23 de junio de 2026

Mamá, sigues siendo mi luz


 

Mamá, mientras yo viva, vivirás en mí, jamás te olvidaré. Eres mi luz, siempre te llevará en mi corazón.

Las personas que se han ido no lo han hecho del todo. Mirar al cielo para recordar a quienes ya no están, es un hermoso acto de amor y memoria. Al contemplarlo, muchas personas encuentran un refugio de paz, sintiendo que sus seres queridos permanecen en un espacio de luz, de eternidad y trascendencia.

Es una práctica profundamente y humana que sirve para canalizar el dolor y encontrar consuelo, independientemente de las creencias personales. El deseo de mantener vivo su recuerdo a través de este gesto refleja la fuerza de los vínculos afectivos que trascienden la ausencia física.

Afrontar la muerte de las personas que hemos perdido es como navegar durante un tiempo en un océano de enormes glaciares solitarios. Poco a poco vamos despertándonos, amaneciendo de nuevo a la vida y a la tibieza de su rumor para percibir que ellos están ahí, que nos acompañan de infinitas maneras mientras duermen en mitad de nuestro corazón.

Daphne Du Maurier dijo una vez en uno de sus cuentos, que la muerte debería ser como la despedida en una estación de tren. Debía permitirnos disponer de un intervalo de tiempo para decir adiós, para fundirnos en un largo abrazo donde no dejar nada pendiente y desear así a la persona querida un buen viaje. “Toda la vida es un acto de dejar ir, pero lo que más duele es no poder disponer de un instante para decir adiós”.

A pesar de lo bello de la literatura sobre el duelo, todos sabemos que en la vida real no siempre disponemos de ese andén ni de ese tiempo de las despedidas idílicas. Porque el destino es cruel y afilado en ocasiones y gusta de arrancar de nuestro lado a los tesoros más preciados: a nuestros seres queridos. De ahí que afrontemos la mayoría de nuestras pérdidas con una mezcla de ira, desconsuelo y una indefinible incredulidad, dice la psicóloga Valeria Sabater.

Suele decirse que, tras la muerte de alguien muy cercano, más que vivir, “sobrevivimos”, y nos limitamos a avanzar a contracorriente como si fuéramos los protagonistas de un extraño desenlace vital. Ahora bien, esta manera de ver el duelo no es la mejor.

Estamos obligados a reconstruir nuestras vidas, a hacer de nuestros días un hermoso tributo a quien todavía habita en nuestro corazón, a esa persona que nos dejó un hermoso legado, que aún hoy, nos acompaña de muchas maneras. 

En ocasiones, no dudamos en mirar hacia arriba recordando a las personas que hemos perdido. Sin embargo, no están tan lejos, no nos separa todo un cielo ni un grueso muro que divide el universo de los vivos de quienes ya no están. Ellos habitan en un rincón preciado de nuestro cerebro emocional, fundidos en el palacio de nuestras almas y esa mitad de nuestro corazón que impulsa cada latido.

El ser humano está hecho de recuerdos, de vivencias y legados emocionales que dan forma a lo que somos, y que a su vez nos inspiran y nos empujan a seguir avanzando. Decía Julian Barnes en su libro ‘Niveles de pérdida’ que tras la muerte de su mujer se dio cuenta de muchas cosas. La primera es que el mundo se divide entre los que han experimentado el dolor de la muerte de un ser querido y los que no.

La segunda lección que aprendió Julian Barnes sobre la muerte es que la vida merece ser vivida a pesar de ese vacío sangrante, a pesar de ese hueco al otro lado de la cama. Porque decir “no” a seguir avanzando es como perder de nuevo al ser amado, a esa persona que habita interiorizada en nuestro ser y que pide ser honrada a través de la felicidad, del recuerdo y de nuevas sonrisas.

No falta quien suele comentar aquello de que “sobrevivir supone dejar día a día un poco atrás a nuestros seres fallecidos”. En realidad no se trata de dejar atrás, sino de reconstruir nuestro presente para permitirnos un futuro más integral, donde los recuerdos y las nuevas experiencias formen un todo. “El mar se viste de terciopelo, y el mar profundo se pinta de duelo”. Rubén Darío.

Existe un libro muy interesante sobre el tema titulado Love never dies: How to Reconnect and Make Peace with the Deceased (el amor nunca muere, cómo volver a conectar y hacer las paces con la persona fallecida). En él, la doctora Jamie Turndorf nos aporta una estrategia muy útil no solo para afrontar el duelo, sino también para darnos cuenta de las formas en que nos acompañan día a día nuestros seres queridos, esos a los que hemos tenido que dejar ir a la fuerza. La estrategia que propone la doctora es sencilla y catártica; se basa en un adecuado diálogo interior donde poder cerrar posibles asuntos pendientes, donde curar heridas y quedarnos con ese legado emocional que nos une por siempre a su memoria...

“Habla interiormente con esa persona, dile que la echas en falta, pero hay que aceptar que la vida es así, pero que sabes que en ese lugar llamado cielo, está bien y que es feliz. Explícale que hay días en que las cosas te cuestan más, pero que después coges fuerzas porque recuerdas todo lo que te enseñó, todo lo que te ofreció hasta hacer de ti una gran persona. Permite que se nutra cada día de los momentos felices, de las sonrisas, de los instantes de complicidad. Esa alegría del ayer te motivará en el presente.

Ese diálogo interior nos puede servir de gran ayuda, es como crear rincones privados donde curarnos, donde seguir avanzando sabiendo que el amor, a diferencia del plano físico, nunca muere. Estamos ante una emoción eterna que nos da consuelo y una luz imperecedera. Dejemos que nos envuelva, dejemos que nos ofrezca calor mientras volvemos a sonreír de nuevo”.

Pero, cómo sonreír, mamá... 35 años sin ti, es toda una vida. Sabemos que aquí estamos de paso y aunque tú te hayas adelantado, me acompañas de infinitas maneras, mientras duermes en la memoria de mí corazón. Tengo que reconocer que, para soportar el vacío de tu presencia, necesito conectar emocionalmente con los recuerdos, para poder reducir día a día, el dolor de la ausencia que ha dejado el Ser que me dio la vida.

Decirte, que no hay nada en este mundo que consuele esta ausencia que pesa y este amor que no desfallece. Hay un vacío que nadie llena y un silencio que nadie entiende, porque no se pierde a cualquier persona, se pierde el calor del hogar, el abrazo que curaba, la voz que calmaba, el consejo preciso, el amor que lo sabía todo sin preguntar nada. Hoy te extraño más que siempre, pero te siento más cerca que nunca. Aunque tus manos no me sostengan, tu amor sigue sosteniéndome cada día de mi vida.

"Mi herencia no fue oro, ni tierras que se heredan con papeles. Mi verdadera herencia fue tu fuerza inquebrantable, mamá. Me enseñaste que los obstáculos no son muros, sino peldaños, y que la bondad es el acto más hermosos. Hoy, cuando mi propia mano se cansa, siento la tuya en la mía, recordándome que tú estás conmigo. Eres el legado silencioso que vive en mi alma. Te amo, mamá, siempre...".

Hoy, aunque mi cuerpo se debilita, tu fuerza inquebrantable me sostiene y cuando mi mano se cansa, siento la tuya en la mía, recordándome quién soy y de dónde vengo y me pides que no desfallezca, que nos volveremos a encontrar. Eso me hace muy feliz, pensar que volveré a ver a mi madre y a mi padre. Así lo creo y lo espero, porque así lo quiere el Señor.

¡Te quiero, mamá! Tu ausencia jamás me dejará de doler. Tu vida fue una bendición, tu recuerdo es un tesoro. Te extraño cada día, sé que me cuidas desde arriba, pero tu luz la necesito aquí abajo… Eres el legado silencioso que vive en mi alma, aunque estés en el lugar eterno, llamado Gloria. ¡Ahí nos veremos!

"No hay regalo que alcance, ni frase que consuele esta ausencia que pesa y este amor que no se vence. Hay un vacío que nadie llena y un silencio que nadie entiende. Hoy te extraño más que siempre, pero tu amor sigue sosteniéndome cada día de mi vida".


Fotografía: Internet

 

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