jueves, 10 de julio de 2014

Leyenda árabe

Dice una leyenda árabe, que dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron, y uno le dio una bofetada al otro. Este último, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena:

«HOY, MI MEJOR AMIGO, ME PEGÓ UNA BOFETADA EN EL ROSTRO».

Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bajarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra:

«HOY, MI MEJOR, AMIGO ME SALVÓ LA VIDA».

Intrigado, el amigo preguntó:
—¿Por qué después que te lastimé, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?

Sonriendo, el otro amigo respondió:
—Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo; por otro lado cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón, donde viento alguno en todo el mundo podrá borrarlo.

miércoles, 9 de julio de 2014

No te olvides de lo principal

Cuenta la leyenda que una mujer pobre con un niño en los brazos, pasando delante de una caverna escuchó una voz misteriosa que desde dentro le decía:
Entra y toma todo lo que desees, pero no te olvides de lo principal. Y recuerda algo: después que salgas, la puerta se cerrará para siempre. Por lo tanto, aprovecha la oportunidad, pero no te olvides de lo principal…
La mujer entró en la caverna y encontró mucha riqueza. Fascinada por el oro y por las joyas, puso al niño en el suelo y empezó a coger, ansiosamente, todo lo que podía en su delantal.
La voz misteriosa habló nuevamente:
Tienes solo ocho minutos.
Agotados los ocho minutos, la mujer cargada de oro y piedras preciosas corrió hacia fuera de la caverna y la puerta se cerró… Entonces, se dio cuenta de que el niño quedó dentro y ya la puerta estaba cerrada para siempre.
La riqueza duró poco y la desesperación… para el resto de su vida.
Lo mismo ocurre a veces con nosotros. Tenemos unos 80 años para vivir en este mundo, y una voz siempre nos advierte: «¡Y no te olvides de lo principal!» Y lo principal son los valores espirituales, la familia, los amigos, la vida. Pero la ganancia, la riqueza, los placeres materiales nos fascinan tanto que lo principal siempre se queda a un lado.
Así agotamos nuestro tiempo aquí, y dejamos a un lado lo esencial: «los tesoros del alma». Que jamás nos olvidemos que la vida en este mundo, pasa rápido y que la muerte llega inesperadamente. Y que cuando la puerta de esta vida se cierra para nosotros, de nada valdrán las lamentaciones.
Ahora, piensa por un momento, ¿qué es lo principal en tu vida?
«Que cosa extraña es el hombre: Nacer no pide. Vivir no sabe. Morir no quiere».

martes, 8 de julio de 2014

La autoestima

Un joven con problemas de autoestima fue a visitar a un sabio para que lo ayudara con su problema.
—Vengo maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro sin mirarlo, le dijo:
—Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizá después. —Y haciendo una pausa agregó—. Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.
—¡Encantado, maestro! —titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
—¡Bien! —asintió el maestro, se quitó el anillo del dedo pequeño y, dándoselo al muchacho, agregó— Toma el caballo que está fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés, hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban la espalda y sólo un viejito fue tan amable como para explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. En afán de ayudar, alguien ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta. Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado, más de cien personas, abatido por su fracaso montó su caballo y regresó.
¡Cuánto hubiera deseado el joven tener la moneda de oro! Podría entonces entregársela él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación, y recibir ya, su consejo y ayuda.
Llegó, entró en la habitación y le dijo:
—Maestro, ¡lo siento!, no se puede conseguir lo que pides. Quizás pudiera conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto al valor del anillo.
—Qué importante lo que dijiste joven amigo —contestó sonriente el maestro—. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo, vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Y vuelve aquí con mi anillo.
Entonces el joven volvió a cabalgar. Cuando llegó al lugar, el joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:
—Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo dar más de 58 monedas de oro por su anillo.
—¡58 monedas! —exclamó el joven.
—¡Sí! —replicó el joyero— Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero, si la venta es urgente…
El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.
—¡Siéntate! —dijo el maestro después de escucharlo—. Tú eres como este anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede valorarte un verdadero experto. ¿Qué haces pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor? —Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño.
En realidad, todos somos como esta joya, valiosos y únicos, y andamos por los mercados de la vida pretendiendo que gente inexperta nos valore.

lunes, 7 de julio de 2014

Disfruta tu café

Un grupo de profesionales, todos triunfadores en sus respectivas carreras, se juntó para visitar a su antiguo profesor. Pronto la charla devino en quejas acerca del interminable ‘stress’ que les producía el trabajo y la vida en general.
El profesor les ofreció café, fue a la cocina y pronto regresó con una cafetera grande y una selección de tazas de lo más ecléctica: de porcelana, metal, plástico, cristal, unas sencillas y baratas, otras caras decoradas, realmente exquisitas a la vista.
Tranquilamente les dijo que escogieran una taza y se sirvieran un poco del café recién preparado. Cuando lo hubieron hecho, el viejo maestro se aclaró la garganta y con mucha calma y paciencia se dirigió al grupo:
—Se habrán dado cuenta de que todas las tazas que lucían bonitas se terminaron primero y quedaron pocas de las más sencillas y baratas; lo que es natural, ya que cada quien prefiere lo mejor para sí mismo. Ésa es realmente la causa de muchos de sus problemas relativos al ‘stress’.
Continuó:
—Les aseguro que la taza no le añadió calidad al café. En verdad la taza solamente disfraza o reviste lo que bebemos. Lo que ustedes querían era el café, no la taza, pero instintivamente buscaron las de mejor apariencia y prestancia. Después se pusieron a mirar las tazas de los demás. Ahora piensen en esto: la vida es el café…
Los trabajos, el dinero, la posición social, etc. son meras tazas, que le dan forma y soporte a la vida y el tipo de taza que tengamos no define ni cambia realmente la calidad de vida que llevemos.
A menudo, por concentrarnos sólo en la taza dejamos de disfrutar el café.
La gente más feliz no es la que tiene lo mejor de todo sino la que hace lo mejor con lo que tiene; así pues, recuérdenlo:
Vivan de manera sencilla.
Tengan paz.
Amen y actúen generosamente.
Sean solidarios y solícitos.
Hablen con amabilidad.
El resto déjenselo a Dios y no olviden que: «la persona más rica no es la que tiene más sino la que necesita menos…»

¡Disfruta tu café!

sábado, 5 de julio de 2014

La integridad

Se dice que cierto día salieron a pasear juntas la Ciencia, la Fortuna, la Resignación y la Integridad.

Mientras caminaban dijo la Ciencia:
—¡Amigas mías!, pudiera darse el caso de que nos separáramos unas de otras y sería bueno determinar un lugar donde pudiéramos encontrarnos de nuevo. A mí, podréis encontrarme siempre en la biblioteca de aquel sabio Dr. a quien, como sabéis, siempre acompaño.

Expresó la Fortuna:
—En cuanto a mí, me hallaréis en casa de ese millonario cuyo palacio está en el centro de la ciudad.

La Resignación dijo por su parte:
—A mí podréis encontrarme en la pobre y triste choza de aquel buen viejecillo a quien con tanta frecuencia veo y que tanto ha sufrido en la vida.

Como la Integridad permanecía callada, sus compañeras le preguntaron:
—¡Y a ti! ¿dónde te encontraremos?

La Integridad, bajando tristemente la cabeza, respondió:
—A mí, quién una vez me pierde, jamás vuelve a encontrarme.

Recuerda… «Quién pierde su integridad y su honradez lo ha perdido todo».

viernes, 4 de julio de 2014

El hombre del lado de la ventana

Dos hombres, ambos enfermos de gravedad, compartían la misma habitación del hospital. A uno de ellos se le permitía sentarse durante una hora en la tarde, para drenar el líquido de sus pulmones. Su cama estaba al lado de la única ventana de la habitación. El otro tenía que permanecer acostado, de espaldas todo el tiempo.
Conversaban incesantemente todo el día, y día tras día hablaban de sus esposas y familias, sus hogares, empleos, las experiencias vividas durante sus servicios militares y los sitios visitados durante sus vacaciones.
Todas las tardes, cuando el enfermo ubicado al lado de la ventana se sentaba, se pasaba el tiempo relatándole a su compañero de cuarto lo que veía por ella. Con el tiempo, el enfermo acostado de espaldas, que no podía asomarse por la ventana, se desvivía por esos períodos de una hora, durante los cuales se deleitaba con los relatos de lo que estaba viende en el mundo exterior.
Le contaba que la ventana daba a un parque con un bello lago. Los patos y cisnes se deslizaban por el agua, mientras los niños jugaban con sus botecitos en la orilla del lago. Los enamorados se paseaban de la mano entre las flores multicolores; era un paisaje con árboles majestuosos y, en la distancia, se divisaba una bella vista de la ciudad.
A medida que el enfermo cerca de la ventana describía todo con exquisitos detalles, su compañero cerraba los ojos e imaginaba un cuadro pintoresco. Una tarde le describió un desfile que pasaba por el hospital, y aunque no pudo escuchar la banda, lo pudo ver a través del ojo de la mente mientras su compañero se lo describía.
Pasaron los días y las semanas; y una mañana, al entrar la enfermera para el aseo matutino, se encontró con el cuerpo sin vida del señor que ocupaba la cama cerca de la ventana, quien había expirado tranquilamente, durante el sueño.
Al día siguiente, el otro señor pidió que lo trasladaran cerca de la ventana. A la enfermera le agradó hacer el cambio y luego de asegurarse de que estaba cómodo, lo dejó solo. El señor, con mucho esfuerzo y dolor, se apoyó en un codo para poder mirar el mundo exterior por primera vez. ¡Finalmente tendría la alegría de verlo por sí mismo! Se esforzó para asomarse por la ventana… y lo que vio fue la pared del edificio contiguo.
Confundido y entristecido, le preguntó a la enfermera qué sería lo que animó a su difunto compañero a describir tantas cosas maravillosas fuera de la ventana.
La enfermera le respondió que el señor era ciego y no podía ni ver la pared de enfrente, y reflexiva le dijo:
—Quizás solamente deseaba animarlo a usted.

jueves, 3 de julio de 2014

El caballo

Un campesino, que luchaba contra muchas dificultades, poseía algunos caballos para que lo ayudasen en los trabajos de su pequeña hacienda.

Un día, su capataz le trajo la noticia de que uno de los caballos había caído en un viejo pozo abandonado. El pozo era muy profundo y sería extremadamente difícil sacar el caballo de allí.

El campesino fue rápidamente hasta el lugar del accidente y evaluó la situación, asegurándose que el animal no se había lastimado. Pero, por la dificultad y el alto precio para sacarlo del fondo del pozo, creyó que no valía la pena invertir en la operación de rescate.
Tomó, entonces, la difícil decisión: Determinó que el capataz sacrificase al animal tirando tierra en el pozo hasta enterrarlo, allí mismo.

Y así se hizo. Los empleados, comandados por el capataz, comenzaron a lanzar tierra dentro del pozo de forma que cubriera al caballo. Pero, a medida que la tierra caía sobre el animal, éste la sacudía y se iba acumulando en el fondo, posibilitando al caballo ir subiendo.

Los hombres se dieron cuenta que el caballo no se dejaba enterrar, sino que, al contrario, estaba subiendo hasta que finalmente… ¡Consiguió salir!

miércoles, 2 de julio de 2014

La sensibilidad encarnada en mujer

Margarita Ojeda y su entrevistadora Albertine Orleans.

Esta entrevista ha sido realizada por la escritora Albertine Orleans para su espacio «El Arte Vivo y Albertine», creado para la revista digital Guía Histórico Cultural de Telde (GHCT), con la intención de dar a conocer el ‘Arte y la Cultura’ de tantos artistas canarios: escritores; pintores; escultores; cantantes; músicos…
Contando con el beneplácito de la directora de GHCT, la cantante Conchy Vera, inició su andadura el 15 de abril de 2012 y con mi entrevista, suma la número 105.
Para las dos mi agradecimiento y con su permiso pueden leer la entrevista que ha sido publicada el pasado domingo día 29 de junio.

Cargar con la cruz

En la vida cada cual carga a sus espaldas su propia cruz y en muchos momentos, esa misma cruz nos sirve de ayuda.
Esto era uno que siempre se estaba quejando:
—Señor, estoy cansado, mi cruz es muy pesada, ¡te ruego que la cortes un poco! —Y el Señor le cortó un trozo.
Al tiempo volvía a quejarse de arrastrar su pesada cruz, y pedía al Señor que se la recortara otro poco más. El Señor volvió a complacerlo. Su cruz en comparación con las demás se notaba más pequeña.
Todos avanzaban resignados con su larga y pesada cruz pero él no dejaba de quejarse, y su cruz de tanto cortarle pedazos, ya ni le llegaba al suelo.
De pronto, el camino se ve interrumpido por un desfiladero, todos utilizaron su larga y pesada cruz como pasarela para cruzar al otro lado del camino, pero el pobre quejica no pudo pasar, porque su cruz era tan corta que su largo no cubría el precipicio, y no pudo atravesarlo.

martes, 1 de julio de 2014

La llama interior

Había una vez un rey en la India espectacularmente rico que, pese a ello, se mostraba indiferente a cualquier bien material por más precioso que este fuera y sólo se preocupaba de cultivar una profunda religiosidad.
Lleno de curiosidad ante este hecho, uno de sus súbditos quiso averiguar cuál era el secreto de aquel hombre que, a diferencia de la mayoría de nobles y cortesanos, no se dejaba deslumbrar por el oro, las joyas y los lujosos objetos que le rodeaban. Tras lograr que el monarca le recibiese en audiencia privada, el hombre le preguntó:
—¿Cómo hace usted, señor, para vivir volcado en la espiritualidad en medio de tanta riqueza? 
El rey dijo:
—Responderé a lo que me preguntas si recorres mi palacio con una vela encendida. Vigila que no se apague. Si lo hace, te decapitaré. 
Cuando el súbdito concluyó el reto, el rey le preguntó:
—Y, ahora que has podido ver todas mis riquezas con tus propios ojos, ¿qué opinas de ellas? 
El hombre, aún tenso tras la estresante prueba a la que había sido sometido, respondió:
—No vi nada, pues sólo estaba atento a que la llama no se apagase. 
Y el monarca sentenció:
—Ése es mi secreto. Estoy tan ocupado en avivar la llama de mi espiritualidad que las riquezas del mundo no me interesan nada.