Heráclito de Éfeso: "Todo fluye, somos y no
somos".
Del mismo modo que la mayoría dicen ser estoicos (autocontrol...), en teoría
cuando su vida está en calma y ordenada, —hasta que sucede algo gordo de verdad
y es entonces, cuando realmente se saca a relucir de qué pasta estamos hechos—,
lo mismo sucede con la búsqueda del sentido de la vida.
La vida es maravillosa cuando todo va bien, cuando hay salud,
trabajo, bienestar y relaciones sinceras… Pero, cuando perdemos la salud y sufrimos
la pérdida de alguien querido, caemos en el vacío y nos preguntamos para qué
vivimos, lo que sentimos no es filosofía abstracta: es una conversación
silenciosa con nuestra propia vida. Un nuevo enfoque fenomenológico intenta
cartografiar ese territorio emocional que nos embarga.
El sentido de la vida no se encuentra como una respuesta: se
vive como una experiencia. El sentido no se encuentra: se vive. Hay momentos en
los que la pregunta golpea sin aviso: ¿tiene sentido seguir? Puede surgir tras
perder a alguien, enfrentar una enfermedad o simplemente despertarse con una
sensación de vacío. Para el filósofo japonés Masahiro Morioka, estas crisis no
solo son psicológicas, sino oportunidades de diálogo con nuestra propia existencia.
En su nuevo estudio, propone que el sentido de la vida no es un concepto que se
define en libros, sino algo que se experimenta desde dentro, desde nuestro
propio dolor, cuando respondemos a los desafíos que nos lanza nuestra historia
personal.
Este enfoque, publicado en Philosophia, parte de una rama
filosófica llamada fenomenología, centrada en cómo vivimos las cosas en primera
persona. En lugar de preguntar “¿qué es el sentido de la vida?” como si fuera
una fórmula universal, Morioka se enfoca en cómo se siente una vida
significativa o vacía, y qué papel juegan nuestras decisiones, emociones y
acciones cotidianas en esa percepción.
En su propuesta, el autor introduce una noción clave: no hay
una única forma de vivir con sentido, sino múltiples “paisajes” posibles, que
se despliegan dependiendo de cómo miramos y nos movemos dentro de nuestra vida.
Como si estuviéramos en la cima de una montaña, la vista cambia según hacia
dónde giremos.
Morioka describe momentos en los que sentimos que nuestra
vida nos lanza una pregunta difícil. Lo llama “solicitación vital”: un tipo de
llamado interno que surge en situaciones límite, como una ruptura, el duelo, la
enfermedad o el agotamiento existencial.
Ante ese llamado no podemos evitar responder, aunque sea con
silencio, con rabia o con resignación. Es la vida preguntándonos por su propio
valor, y nosotros intentando contestar, a tientas. No se trata de voces
literales, sino de sensaciones profundas: la urgencia de tomar una decisión, el
impulso de cambiar, la duda sobre si seguir adelante. Esta interacción, según
el autor, funciona como una especie de diálogo entre la persona y su biografía.
La vida no es solo lo que ocurre, sino lo que sentimos que ocurre, y cómo
respondemos a eso. En ese sentido, el sentido de la vida no viene dado: se
construye desde la respuesta a estas solicitaciones.
El estudio identifica tres formas comunes de solicitación: el
deseo de rendirse o sobrevivir, la necesidad de mejorar la calidad de vida, y
la pregunta directa por el significado de todo. Cada una nos empuja a actuar, pensar
o cambiar, y con ello, colorea la forma en que vivimos nuestro presente.
Para entender estas interacciones, Morioka toma prestado un
concepto de la psicología perceptual: el “affordance”. En términos simples, es
lo que el entorno nos permite hacer. Un suelo firme nos permite caminar; una
taza, sostener café. El autor traslada esta idea a la vida misma: nuestra vida
también nos ofrece ciertas posibilidades —amar, llorar, cambiar, recordar— y
nos niega otras, como retroceder en el tiempo o ver nuestra historia completa
desde fuera.
Esta noción, llamada en el estudio “life affordance”, implica
que nuestras decisiones y emociones emergen de las oportunidades que la vida
concreta nos ofrece, aquí y ahora. No todas las vidas permiten lo mismo, y no
todos los momentos vitales nos presentan las mismas salidas.
Por ejemplo, alguien joven con apoyo emocional puede sentir
que tiene más caminos abiertos que alguien solo y mayor. Pero eso no significa
que uno tenga más sentido que otro: la clave está en cómo respondemos a esas
posibilidades, por limitadas que sean.
Según Morioka, el sentido vital es una geografía subjetiva
que se transforma con cada paso que damos. Así, el sentido no está en lo que
objetivamente ocurre, sino en la forma subjetiva en que percibimos nuestras
posibilidades. Y esa percepción, según el estudio, se activa especialmente
cuando sentimos que la vida nos exige una respuesta.
El segundo concepto clave que introduce Morioka es
“enacción”, proveniente de la neurociencia y la filosofía de la percepción. Su
idea principal es que no vemos pasivamente el mundo: lo percibimos a través de
nuestras acciones. Lo mismo aplica a la vida. No entendemos su valor desde
afuera, como quien observa una película, sino desde dentro, a medida que
actuamos en ella.
En este enfoque, cuando una persona se pregunta “¿vale la
pena seguir viviendo?”, la respuesta no está en una idea abstracta, sino en lo
que hace con esa pregunta. Si decide resistir, buscar ayuda, transformar su
rutina o simplemente respirar un día más, está encarnando una actitud que
genera una experiencia de sentido. Pero si cae en la desesperación, y no logra
responder, puede vivir su vida como un callejón sin salida. Ambos son paisajes
posibles dentro de la misma biografía.
Así como un bastón permite a una persona ciega “ver” el mundo
al tocarlo, nuestra forma de explorar la vida —con esperanza, resignación o
curiosidad— determina qué significado emerge en el presente. El sentido,
entonces, no es una meta: es una forma de caminar.
La idea más original del estudio es que la experiencia del
sentido vital se parece a recorrer un territorio cambiante. Morioka propone un
“modelo geográfico” del significado de la vida: una especie de mapa subjetivo
formado por distintos paisajes emocionales, que se despliegan según la
dirección desde la que observamos nuestra existencia. Como quien gira sobre sí
mismo en la cima de una montaña, cada actitud vital (esperanza, miedo,
rebeldía, gratitud) revela una imagen distinta de la vida.
Ninguna es falsa, y todas son parciales. Solo vemos una a la
vez, pero podemos imaginar las demás. Este conjunto de experiencias posibles
—reales, pasadas, futuras o potenciales— conforman nuestra “geografía del sentido”.
En esa geografía interna, hay zonas soleadas y caminos
oscuros. El valor de vivir no está solo en lo que tenemos frente a los ojos,
sino en saber que hay otros senderos. Sentir que podríamos ver otra cosa,
aunque hoy no podamos, ya es una forma de mantener el horizonte abierto.
El mayor valor del enfoque de Morioka es que no promete
certezas, sino comprensión. En lugar de ofrecer fórmulas sobre lo que “debería”
dar sentido a la vida, nos invita a prestar atención a cómo experimentamos el
mundo desde dentro, en cada gesto, emoción o decisión. Especialmente cuando
todo parece derrumbarse.
Este modelo fenomenológico es útil para pensar en el
sufrimiento, el duelo o la depresión. Reconoce que en esos momentos no se trata
de encontrar grandes respuestas, sino de reconocer las pequeñas acciones que
todavía nos conectan con la vida, como aceptar ayuda, expresar un sentimiento o
simplemente seguir preguntando. Cada actitud, cada compromiso con uno mismo,
abre un posible paisaje de sentido.
Más que un mapa externo, es una brújula interior. Y quizás,
en tiempos de confusión existencial, esa sea la herramienta más honesta que la
filosofía pueda ofrecer: un modo de caminar la vida con atención, aunque no
sepamos qué nos pasa, ni hacia dónde vamos.
Fotografía: Internet

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