jueves, 31 de julio de 2014

Las dos puertas

Según cuenta un antiguo relato japonés, un Samurái recurrió al maestro Hakuin, para que le explicara el concepto de Cielo e Infierno. Al escuchar la pregunta del Samurái, el maestro sonrió y respondió con desdén:
—¡No puedo perder el tiempo con individuos como tú!
Herido en lo más profundo de su ser, el Samurái desenvainó la espada y gritó:
—¡Podría matarte por tu impertinencia!
—Eso —repuso el maestro con calma—, es el Infierno.
Desconcertado al percibir la verdad que le señalaban, el Samurai se serenó, envainó su espada y se inclinó, agradeciendo la lección.
—Y eso —añadió el maestro—, es el Cielo.
La mente es el cielo, la mente es el infierno y la mente tiene capacidad de convertirse en cualquiera de ellos. Pero la gente sigue pensando que existe en alguna parte, fuera de ellos mismos… La paz interior se halla cuando el que la busca, deja de hacerlo, no por haberla encontrado, sino por descubrir que siempre estuvo con él y no fuera de él…
Si buscas en tu interior hallarás que todos tus pensamientos te están creando a ti y a tu vida. Crean tu Infierno, crean tu Cielo. Crean tu desgracia y tu alegría, lo negativo y lo positivo que hay en ti.
La Paz interior es la puerta. La no violencia es la puerta. El Amor y la Compasión son las puertas.

miércoles, 30 de julio de 2014

Los pequeños detalles

El alumno, según él, había terminado el cuadro. Llamó a su maestro para que lo evaluara. El maestro se acercó y observó la obra con detenimiento, al rato le pidió al alumno la paleta y los pinceles y con gran destreza dio unos cuantos trazos aquí y allá. Cuando el maestro devolvió las pinturas el cuadro había cambiado notablemente. El alumno quedó asombrado; ante sus propios ojos la obra había pasado de mediocre a sublime. Casi con reverencia le dijo al maestro:
—¿Cómo es posible que con unos cuantos toques, simples detalles, haya cambiado tanto el cuadro?
—Es que en esos pequeños detalles está el arte —contestó el maestro.
Si observamos detenidamente nos damos cuenta que todo en la vida son detalles. Los grandes acontecimientos nos deslumbran tanto que a veces nos impiden ver esos pequeños milagros que nos rodean cada día: un ave que canta, una flor que se abre, el beso de un hijo en nuestra mejilla, una visita inesperada, son ejemplos de pequeños detalles que al sumarse pueden hacer diferente nuestra existencia.

Todas las relaciones, familia, matrimonio, noviazgo o amistad, se basan en detalles. Nadie espera que remontes el Océano Atlántico por él, aunque probablemente sí que le hables el día de su cumpleaños. Nadie te pedirá que escales el Monte Everest para probar tu amistad, pero sí que lo visites durante unos minutos cuando sabes que está enfermo. Hay quienes se pasan el tiempo esperando una oportunidad para demostrar de forma heroica su amor por alguien. Lo triste es que mientras esperan esa gran ocasión se pierde la oportunidad de compartir muchos pequeños momentos inolvidables. Otros creen que la felicidad en tener mucho dinero, eso es falso, en verdad la felicidad se basa en pequeños detalles que sazonan día a día nuestra existencia. Sabemos que la mayor infelicidad la proporciona la mezquindad de las personas miserables que con mala intención van sembrando la discordia.

Nos dejamos engañar con demasiada facilidad por la aparente simpleza. No desestimes jamás el poder de las cosas pequeñas: una flor, una carta, una palmada en el hombro, una palabra de aliento o unas cuantas líneas en una tarjeta. Todas estas pueden parecer poca cosa, pero no pienses que son insignificantes.
En los momentos de mayor dicha o de mayor dolor se convierten en el cemento que une los ladrillos de esa construcción que llamamos relación. La flor se marchitará, las palabras quizá se las llevará el viento, pero el recuerdo de ambas permanecerá durante mucho tiempo en la mente y el corazón de quién las recibe.

martes, 29 de julio de 2014

Los aliados de los niños


Los aliados se unen para conseguir un fin, pero los aliados de los niños no se unen, se hacen como ellos y estos aliados son los abuelos.

Cuando un niño nace trae consigo una cadena, y cada eslabón forma una parte importante para el recién nacido: su madre, su padre, sus abuelas y sus abuelos, estos últimos por partida doble porque son fundamentales en el desarrollo y la educación de sus nietos.

Dicen que los padres educan; los abuelos consienten. Creo que los abuelos, como ya están de vuelta, tienen más paciencia para educar consintiendo; aunque no están para educar sí que contribuyen inculcando valores. Los nietos necesitan del afecto sereno de los abuelos, ellos están para dar cariño.

Hazte dueño de tu destino

Nunca te quejes de nadie, ni de nada, porque fundamentalmente tú has hecho lo que querías en tu vida.

Acepta la dificultad de edificarte a ti mismo y el valor de empezar corrigiéndote. El triunfo del verdadero hombre surge de las cenizas de su error.

Nunca te quejes de tu soledad o de tu suerte, enfréntalas con valor y acéptalas. De una manera u otra son el resultado de tus actos y prueba que tú siempre has de ganar.

No te amargues de tu propio fracaso ni se lo cargues a otro, acéptate ahora o seguirás justificándote como un niño. Recuerda que cualquier momento es bueno para comenzar y que ninguno es tan terrible para claudicar.

No olvides que la causa de tu presente es tu pasado, así como la causa de tu futuro será tu presente.

Aprende de los audaces, de los fuertes, de quien no acepta situaciones, de quien vivirá a pesar de todo; piensa menos en tus problemas y más en tu trabajo, y tus problemas, sin alimentarlos, morirán.

Aprende a nacer desde el dolor y a ser más grande que el más grande de los obstáculos.

Mírate en el espejo de ti mismo y serás libre y fuerte y dejarás de ser un títere de las circunstancias, porque tú mismo eres tu destino.

Levántate y mira el sol por las mañanas y respira la luz del amanecer.

Tú eres parte de la fuerza de tu vida. Ahora despiértate, lucha, camina, decídete, y triunfarás en la vida. Nunca pienses en la suerte, porque la suerte es el pretexto de los fracasados.

lunes, 28 de julio de 2014

El leñador

Había una vez un leñador que se presentó a trabajar en un aserradero. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún; por lo tanto, el leñador se decidió poner en práctica toda su experiencia.
El primer día al presentarse al capataz, éste le dio un hacha y le designó una zona de trabajo. El hombre entusiasmado salió al bosque y en un solo día cortó dieciocho árboles.
—Te felicito —le dijo el capataz—. Sigue así.
Animado por las palabras del capataz, decidió mejorar su propia marca de tal modo que esa noche se fue a descansar bien temprano. Por la mañana se levantó antes que nadie y se fue al bosque. A pesar de todo el empeño, no consiguió cortar más que quince árboles.
Triste por el poco rendimiento, pensó que tal vez debería descansar más tiempo, así que esa noche decidió acostarse con la puesta del sol. Al amanecer se levantó decidido a superar su marca de 18 árboles. Sin embargo, ese día sólo corto diez.
Al día siguiente fueron siete, luego cinco, hasta que al fin de esa primera semana de trabajo sólo cortó dos. No podía entender que le sucedía ya que físicamente se encontraba perfectamente, como el primer día.
Cansado y por respeto a quienes le habían ofrecido el trabajo, decidió presentar su renuncia, por lo que se dirigió al capataz al que le dijo:
—Señor, no sé qué me pasa, ni tampoco entiendo por qué he dejado de rendir en mi trabajo.
El capataz, un hombre muy sabio, le preguntó:
—¿Cuándo afilaste tu hacha por última vez?
—¿Afilar? Jamás lo he hecho, no tengo tiempo de afilar mi hacha, no puedo perder tiempo en eso, estoy muy ocupado cortando árboles.
Siguiendo los consejos del capataz, el leñador, entre árbol y árbol, empezó a tomarse su tiempo para afilar el hacha; de esa manera pudo duplicar la tala de árboles.

Así nos sucede. Vivimos por impulsos, sin parar, sin pensar y la mente se bloquea, por eso nos sentimos fatigados sin poder discernir para ver y sentir lo esencial de la vida.

viernes, 25 de julio de 2014

Fiesta de Santiago Apóstol

Santiago el Mayor (1634) - José de Ribera.

¿POR QUÉ SANTIAGO APÓSTOL ES EL PATRÓN DE ESPAÑA?

En la tradición militar de España, el grito de guerra «¡Santiago y cierra España!» ha sido utilizado desde la Reconquista por los soldados antes de cada carga en ofensiva.

Santiago de Zebedeo, conocido como Santiago el Mayor, es el patrón de numerosos pueblos y ciudades en todo el mundo, pero ante todo es popular por ser el patrón de Galicia y de España. Según distintas tradiciones orales, Santiago —uno de los apóstoles de Jesucristo— desembarcó en la Bética Romana, siguió caminando por la vía romana que unía la Itálica con Mérida, continuó hacia Coimbra y Braga y terminó en Iria-Flavia, Padrón, en Galicia.

jueves, 24 de julio de 2014

La tienda de la verdad

Un hombre paseaba por las callejuelas de una ciudad provinciana. Tenía tiempo y por eso se detenía algunos instantes en cada plaza y delante del escaparate de cada tienda. Al doblar una esquina se encontró de pronto frente a un modesto local sin letreros que indicaran qué vendían. Intrigado, se acercó al escaparate y arrimó la cara al cristal por si podía ver algo… En el interior solamente se veía un atril que sostenía un cartelito escrito a mano que decía:

«Tienda de la VERDAD»

El hombre estaba sorprendido. Pensó que podía ser algo de fantasía, pero no podía imaginar qué vendían.
Entró. Se acercó a la señorita que estaba en el primer mostrador y preguntó:
Perdón, ¿esta es la tienda de la verdad?
Sí, señor. ¿Qué tipo de verdad está buscando? ¿Verdad parcial, verdad relativa, verdad estadística, verdad completa?
Así que allí vendían verdad. Nunca se había imaginado que aquello era posible. Llegar a un lugar y llevarse la verdad era maravilloso.
Verdad completa —contestó el hombre sin dudarlo—. Estoy tan cansado de mentiras y falsedad. No quiero más dobleces ni justificaciones, engaños ni fraudes. ¡Verdad plena! —ratificó.
Bien, señor. Sígame.
La señorita acompañó al cliente a otro sector, y señalando a un vendedor de rostro adusto, le dijo:
El señor le atenderá.
El vendedor se acercó y esperó a que el hombre hablara.
Vengo a comprar la verdad completa.
—¡Ajá! Perdone, pero, ¿el señor sabe el precio?
¡No! ¿Cuál es? —contestó rutinariamente. En realidad, él sabía que estaba dispuesto a pagar lo que fuera por toda la verdad.
Si usted se la lleva —dijo el vendedor— el precio es que nunca más volverá a estar en paz.
Un escalofrío recorrió la espalda del hombre. Nunca se había imaginado que el precio fuera tan alto. 
Gra… gracias… Disculpe… —balbuceó.
Dio la vuelta y salió de la tienda mirando al suelo. Se sintió un poco triste al darse cuenta de que todavía no estaba preparado para la verdad absoluta, de que aún necesitaba algunas mentiras en las que encontrar descanso, algunos mitos e idealizaciones en los cuales refugiarse, algunas justificaciones para no tener que enfrentarse consigo mismo.
—Quizás más adelante —pensó.  J.B.

miércoles, 23 de julio de 2014

La tristeza

Una mujer estaba tan desconsolada tras la muerte de su único hijo que decidió consultar a un sabio en busca de solución a su dolor.
—¿Tiene usted algún sortilegio o remedio para traer de nuevo a mi hijo a mi vida y acabar con esta tristeza que me consume? —le preguntó la madre.

Tras meditarle unos instantes, el sabio le dijo:
—Tráigame un grano de mostaza de una casa donde nunca hayan conocido la tristeza. Lo utilizaremos para devolverle la alegría de vivir.

La mujer partió sin perder ni un segundo en busca de ese remedio mágico y la primera casa que visitó era una rica mansión, en un barrio residencial. Cuando preguntó a sus moradores si en ese hogar no habían conocido la tristeza, le respondieron:
—¡Ha llegado usted al lugar equivocado! —Y empezaron a relatarle todas las tragedias familiares de los últimos tiempos. Así, pues, decidió quedarse para consolarlos.

Comenzó luego un largo periplo que le llevó por numerosos lugares pero en todos, ya fueren palacios o chozas, siempre encontró historias dolorosas.

Aquí y allá, tuvo que reconfortar a gentes muy diversas y, con ello, poco a poco fue olvidándose de su pena, de tal manera que, casi si darse cuenta, ayudando a los demás había expulsado la tristeza de su corazón.

martes, 22 de julio de 2014

El cartero llama dos veces

Ruth miró en su buzón de correo, solo había una carta. La cogió y se da cuenta que no tiene remitente ni sellos, solo su nombre, alguien misterioso quería comunicarle algún mensaje. Intrigada abrió la carta…
«Querida Ruth:
Estaré en tu vecindario el sábado por la tarde y pasaré a visitarte.
Con amor, Jesús».
Sus manos temblaban cuando puso la carta sobre la mesa.
—¿Por qué querrá venir a visitarme el Señor? No soy nadie en especial, no tengo nada que ofrecerle… —Pensando en eso, Ruth recordó el vacío reinante en los estantes de su cocina—. ¡Ay, no…! ¡No tengo nada para ofrecerle! Tendré que ir al mercado y conseguir algo para la cena.
Buscó la cartera y vació el contenido sobre la mesa: cinco pesos y cuarenta centavos.
—¡Bueno!, compraré algo de pan y alguna otra cosa… —Se echó un abrigo encima y se apresuró a salir.
Una pieza de pan francés, medio kilo de pollo y un cartón de leche… y Ruth se quedó con doce centavos solamente, que le tendrían durar hasta el lunes. Camino a su humilde casa, se sentía bien con sus pocos alimentos bajo el brazo.
—¡Oiga, señora! ¿Nos puede ayudar, señora?
Ruth estaba tan absorta pensando en la cena que no vio las dos figuras que estaban de pie en el pasillo. Un hombre y una mujer, los dos vestidos con poco más que harapos.
—Mire, señora, no tengo empleo y mi mujer y yo estamos viviendo en la calle, y bueno…, está haciendo frío y nos está dando hambre, y…si usted nos puede ayudar, señora, estaríamos muy agradecidos…
Ruth los miró detenidamente. Estaban sucios y tenían mal olor y, francamente, ella estaba segura de que ellos podrían obtener algún empleo si realmente quisieran.
—Señor, quisiera ayudarlos, pero yo misma soy una mujer pobre. Todo lo que tengo es un poco de pollo y pan, pero esta noche tengo un huésped importante y esto es para servírselo en la cena.
—Bueno, entiendo, señora… Gracias de todos modos.
El hombre puso su brazo alrededor de los hombros de la mujer y se dirigieron a la salida. A medida que se alejaban, Ruth sintió que su corazón latía con fuerza.
—¡Señor, espere…!
La pareja se detuvo y giraron a medida que Ruth corría hacia ellos.
— Mire, ¡tomen esta comida! Algo se me ocurrirá para servir a mi invitado.
Y extendió la mano con la bolsa de la compra, se la entregó al hombre.
— ¡Gracias, señora, muchas gracias!
—Sí, gracias! —dijo la mujer.
Ruth pudo notar que la mujer estaba temblando de frío y decidió darle el suyo.
— ¿Sabe? tengo otro abrigo en casa. Tome éste.
Ruth desabotonó su abrigo y se lo puso sobre los hombros de la mujer.
—Gracias, señora, muchas gracias!
Y sonriendo, Ruth se fue camino a su casa, sin su abrigo y sin nada que servir a su invitado.
Llegó tiritando de frío y pensando que no tenía nada para ofrecerle al Señor. Buscó rápidamente la llave en la cartera. Mientras lo hacía notó que había otra carta en el buzón.
—Qué raro, el cartero no viene dos veces en un día.
Tomó el sobre y lo abrió...
Querida Ruth:
¡Qué bueno fue volverte a ver! Gracias por la deliciosa cena, y gracias también por el hermoso abrigo.
Con amor, Jesús.
El aire estaba muy frío, pero aún sin su abrigo, Ruth no lo notaba. Era tanto el calor que emanaba su corazón, que invadió todo su ser.

lunes, 21 de julio de 2014

Depende de la forma

Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un Sabio para que interpretase su sueño.
—¡Qué desgracia mi Señor! —exclamó el Sabio—. Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad.
—¡Qué insolencia! —gritó el Sultán enfurecido—. ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!

Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos. Más tarde ordenó que le trajesen a otro Sabio y le contó lo que había soñado. Éste, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo:
 —¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes.

Se iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro. Cuando éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:
—¡No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el primer Sabio. No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.
—Recuerda bien amigo mío —respondió el segundo Sabio—, que todo depende de la forma en el decir.

Eso es verdad. Uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse.