La búsqueda de la felicidad es un impulso humano universal e histórico, definido como un estado mental subjetivo que requiere determinación, resiliencia y cambio en estructuras mentales. Más que éxito material, implica aprendizaje, superación de obstáculos y conexión comunitaria, siendo a menudo un camino constante de superación personal.
La felicidad y la alegría difieren principalmente en duración
e intensidad: la alegría es una emoción intensa, temporal y a menudo externa
(euforia, risa), mientras que la felicidad es un estado profundo, duradero y
estable de satisfacción integral. La alegría es un momento; la felicidad es una
actitud ante la vida.
Usamos alegría y felicidad como si fueran la misma palabra,
como si apuntaran al mismo lugar en el mapa de la vida. Cuando alguien nos
pregunta si somos felices, respondemos hablando de momentos que nos alegraron;
cuando describimos una alegría, decimos que fuimos muy felices. Sin embargo,
esa confusión tiene un coste real: el de buscar en lo efímero lo que solo puede
encontrarse en algo más hondo y duradero. Ambas son referencias positivas
dentro del bienestar humano, pero no son intercambiables ni equivalentes,
aunque el lenguaje cotidiano nos empuje a tratarlas como si lo fueran.
Quien lo explicó con una claridad asombrosa fue Baruch Spinoza
hace más de trescientos años, en su obra magna Ética demostrada según el orden
geométrico, publicada de forma póstuma en 1677. El filósofo neerlandés,
excomulgado de su comunidad judía con apenas veintitrés años y formado en una
soledad intelectual que lo volvió más lúcido que aislado, construyó un sistema
filosófico en el que, para Spinoza, felicidad y alegría aparecen definidas con
precisión geométrica, como si fueran figuras distintas trazadas con el mismo
compás, pero a distancias diferentes del centro.
Los estadios de la felicidad, según Spinoza, él decía que, para entender
qué es la felicidad, hay que empezar por el suelo sobre el que
edifica toda su ética: el conatus. Spinoza sostiene que cada ser vivo se
esfuerza por perseverar en su propia existencia y que ese esfuerzo, no es un
accidente sino la esencia misma de lo que somos. En el ser humano, ese impulso
adopta dos caras: es deseo cuando se orienta al cuerpo y es voluntad cuando se
orienta a la mente. De ahí arranca todo lo demás, también la posibilidad de la
felicidad. Llegar a ella no es un golpe de suerte ni una recompensa externa,
sino la expresión más plena del simple hecho de existir con pleno conocimiento
de uno mismo.
Spinoza distingue tres géneros de conocimiento que marcan
otros tantos estadios en ese camino. El primero es el conocimiento sensorial e
imaginativo, gobernado por las pasiones y por causas externas que el individuo
no controla. El segundo es el conocimiento racional, donde la razón empieza a
comprender las leyes que rigen la naturaleza, incluida la propia. Siglos más
tarde, autores como Hermann Hesse, recuperarían ese testigo, afirmando que «ser
auténtico tiene un coste».
El tercero, y más elevado, es el conocimiento intuitivo,
mediante el cual la mente comprende todas las cosas sub-specie aeternitatis,
bajo el aspecto de la eternidad. Este itinerario lo separa con claridad de las
tradiciones estoicas y morales previas: mientras el estoicismo buscaba la
virtud en la represión de las pasiones, y el pensamiento clásico-religioso la
situaba en la rectitud ante un principio trascendente, Spinoza la encuentra en
el conocimiento activo. No en la renuncia, sino en la comprensión.
Por qué no confundir alegría con felicidad. Spinoza es
terminante al respecto, y lo expresa en la Ética con la precisión que lo
caracteriza: «La alegría es el paso del ser humano de una menor a una mayor
perfección. La tristeza es el paso del ser humano de una mayor a una menor
perfección». Esa definición ya dice mucho: la alegría es un movimiento, un
tránsito, un ascenso. Tiene causa, depende de un objeto, y cuando ese objeto cambia
o desaparece, la alegría puede marcharse con él. Es valiosa, pero también
frágil.
La felicidad —o beatitudo, en el latín de Spinoza— es otra cosa del todo distinta. No es un afecto sino una condición estable del espíritu, alcanzada cuando el individuo ha llegado al conocimiento más elevado de sí mismo, de los demás y de la naturaleza entera. Por eso el filósofo sentencia con rotundidad: «La beatitud no es la recompensa de la virtud, sino la virtud misma». Esta distinción no ha perdido vigencia.
Tras la búsqueda de la felicidad, andamos todos. Pero, tenemos que ser conscientes que la felicidad no es todo el rato, hay que aceptar que la vida no es un camino de rosas, con sus momentos buenos y otros no tanto... Todos la buscamos en nuestro alrededor, sin darnos cuenta que está en nuestra paz interior. En eso coinciden muchos filósofos, por ejemplo, Confucio: «La verdadera felicidad no la puede comprar el hombre, se cultiva desde adentro», decía.
Confucio es el filósofo más influyente de la historia de
China. Su sistema de creencias, etiquetado como confucianismo, ha cincelado la
ética, la educación y la estructura social de gran parte de Asia Oriental
durante más de dos milenios, una impronta que ha llegado hasta nuestros días.
Su filosofía no consistía en una religión con deidades, sino un código moral y
ético que confluía en la armonía social.
A lo largo de su larga vida, Confucio dejó una serie de
enseñanzas y charlas que sus discípulos fueron recopilando hasta completar las
Anacletas, el mayor trabajo del confucianismo y uno de los libros con más
influencia en China y otros países asiáticos. En una inclinación moral por
conservar las tradiciones, el pensador da forma a uno de los aspectos más
distintivos de su filosofía: el énfasis en el ritual para moldear quiénes somos
y cultivar nuestro carácter moral. Así, Confucio afirmaba que los rituales
inducían ciertos comportamientos o emociones como la felicidad.
Es considerado uno de los padres de la filosofía ya que, al
igual que Sócrates, uno de los precursores del pensamiento y el estudio de la
filosofía en Occidente, jamás escribió nada y toda su obra es conocida gracias
al trabajo de sus discípulos. Como curiosidad, la familia de Confucio, los
Kong, es la más extensa y antigua de todo el mundo, con más de dos millones de
descendientes registrados hasta la fecha. Su árbol genealógico completo,
incluyendo ramas alternas y descendientes femeninos, abarca la friolera de 83
generaciones.
¿Qué dijo Confucio sobre la felicidad? Una de sus oraciones
más célebres al respecto es: «Solo puede ser feliz siempre el que
sepa ser feliz con todo».
El pensador chino hace referencia al conformismo y su relación directa con la
felicidad. Toda persona que se alegre por cualquier motivo o que encuentre la
satisfacción en las cosas más simples tendrá la capacidad de ser feliz a lo
largo de toda su existencia. La felicidad nace desde el agradecimiento por todo lo que nos rodea.
Ciertamente, una persona que sea incapaz de sentir alegría con las pequeñas cosas de la vida tendrá mucha más dificultad para alcanzar la felicidad. La felicidad es un concepto que se va completando poco a poco y prácticamente ninguna acción puede alcanzarla por sí misma, porque la felicidad nace de dentro, de tu paz interior, de tu comprensión y aceptación.
Sin embargo, Carl Jung, decía que: «Hasta la vida más feliz no se puede medir sin unos momentos de oscuridad, y la palabra feliz perdería todo sentido si no estuviese equilibrada por la tristeza». Jung sostenía que la plenitud requiere aceptar la sombra (momentos oscuros) y que la obsesión por la felicidad constante es contraproducente.
Y sobre la felicidad decía el filósofo japonés, Kitaro Nishida: «Creo que no puede haber mayor felicidad que mi corazón se vuelva puro como el de un niño». Está claro, que la felicidad está, en disfrutar de las cosas simples que te regala la vida.
En resumen, la felicidad no es todo el tiempo, la felicidad se encuentra más en el cambio de perspectiva mental y en las relaciones humanas sinceras, que en el éxito material y en lo superfluo. Yo cada día tengo más claro, que el mejor estado de ánimo no es la felicidad, sino la tranquilidad. Ser feliz es bonito, pero estar en paz y tranquilidad es un nivel superior.
Fotografía: Internet

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