Tenemos cada vez más cosas para celebrar la Navidad, pero nos falta cada año más su espíritu. ¿Qué es el espíritu de la Navidad? Imagino que cada cual tendrá su propia respuesta, pero para mí, el espíritu de la Navidad tiene mucho que ver con el espíritu de Dios. Nos falta el sentido auténtico de una fiesta que conmemora la venida de Dios a la Tierra, nos falta el reflejo de ese Dios en nosotros para hacernos mejores, para despertar los mejores deseos en nuestros corazones, para sentirnos más hermanos entre nosotros y para albergar una alegría profunda y contagiosa en el alma. Ese es para mí el espíritu que nos falta.
El nacimiento de Jesús en Belén no es un hecho que se pueda
relegar al pasado. Ante él se sitúa la historia humana entera: nuestro hoy y el
futuro del mundo quedan iluminados por este acontecimiento que actualizamos cada año. Este nacimiento, único en toda la historia, supera todas las expectativas de la humanidad y así
será para siempre. Constituye el único medio por el cual el mundo puede
descubrir la alta vocación a la que está llamado. “En el Niño de Belén la
pequeñez de Dios hecho hombre nos revela la grandeza del hombre y la belleza de
nuestra dignidad de hijos de Dios, de hermanos de Jesús” (Benedicto XVI).
Después del nacimiento de Jesús no hay motivos ni para la
tristeza ni para la desesperanza o el desaliento; sólo hay motivos para estar
alegres, para mirar el presente y el futuro con una inmensa esperanza. La razón
que nada ni nadie puede arrebatarnos –los hechos son los hechos–, es que en
este acontecimiento que ahora celebramos encontramos el gran ‘sí’ que Dios dice
al hombre y a su vida, a nuestra libertad y a nuestra inteligencia; Dios tiene
rostro humano y trae la alegría al mundo. Al nacer de la Santísima Virgen
María, por obra y gracia del Espíritu Santo, Jesucristo nos revela la verdad
profunda de nuestra propia humanidad; Él no quita nada y lo da todo.
En Belén está el centro de la historia. Todo converge ahí, y ahí
está la gran esperanza. Nace Jesús en Belén de Judá. La noche oscura
se hace día radiante y la fragilidad de un Niño recién nacido en la más radical
pobreza de un establo se convierte en fuerza de todos los débiles y esperanza
para todos los hombres y todos los pueblos. En Jesucristo, el Hijo de Dios,
Dios mismo, Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero, se hizo hombre por
nosotros: éste es el gran y decisivo mensaje que cada año se difunde desde el
silencioso portal de Belén hasta los rincones más lejanos de la tierra. Ahí
está toda la esperanza y en todo para el hombre. La Navidad es fiesta de luz y
de paz, es día de asombro y de alegría interior que se expande al universo
entero, porque “Dios se ha hecho hombre. Dios es tan grande que puede hacerse
pequeño. Dios es tan poderoso que puede hacerse inerme y venir a nuestro
encuentro como niño indefenso para que podamos amarlo. Dios es tan bueno que
puede renunciar a su esplendor divino y descender a un establo para que podamos
encontrarlo y, de este modo, su bondad nos toque, se nos comunique y continúe
actuando a través de nosotros… Dios se ha hecho uno de nosotros para que
podamos estar con Él, para que podamos llegar a ser semejantes a Él. Ha elegido
como signo suyo al Niño en el pesebre: Él es así. De este modo aprendemos a
conocerlo”. (Benedicto XVI).
En la fragilidad y pequeñez de este Niño que nace en la más extrema de las pobrezas, Dios manifiesta todo acerca de Él. Ese Niño, por así decirlo, es el alfabeto de Dios; ahí está toda su Palabra de la que brota el amor. En esto hemos conocido el amor, en que Dios nos ha dado a su Hijo Unigénito, venido en carne. Ha sido un verdadero derroche de amor el que el Hijo de Dios se haga carne de nuestra carne, nazca en condiciones dignas del último de los pobres. Ahí está el infinito amor de Dios a los hombres: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito”, y de tal manera se unió íntimamente a nuestra humanidad, que quiso compartirla hasta hacerse hombre entre los hombres, uno de nosotros. En este misterio, el creyente, siente la cercanía de Dios en Jesús. Detrás del ajetreo de estas fiestas, se encuentra la verdad silenciosa de que Dios se ha acercado de una vez para siempre al hombre y se ha comprometido irrevocablemente con él. Entró Dios con todo silencio en nuestro abandono y ahí nos aceptó y ahí nos guarda incansable su amor escondido.
Con ello no queremos decir que en Navidad se nos recorta la
lejanía inconmensurable de Dios. Dios no deja de serlo y de habitar su luz
inaccesible, pero no quiere serlo sin el hombre, sin participar en su
desamparo. En la Navidad, Dios se ha unido, de uno u otro modo, con todos y
cada uno de los hombres, se den o no se den cuenta de ello, lo acepten o no lo
acepten. Dios se preocupa por el destino de
todos los hombres, cada uno de ellos le importa supremamente, desde
que se ha hecho uno de nosotros y ha entrado en la historia. Más allá de
nuestras atenciones o desatenciones, nos aguarda en el silencio el Dios
apasionado hasta el extremo por el hombre. Por eso la celebración de la Navidad
nos llama a que nos demos cuenta de que los espacios inmensos en que, perdidos erramos, no están vacíos y helados, sino colmados del amor de Dios que nos
aguarda paciente e incansable.
La fe en Dios, como “Dios con nosotros” en Jesús, vence esta
conciencia desgarrada y la reconcilia en sí misma. En la Navidad podemos
abrirnos, sin reservas ni sospechas a la acogida irrevocablemente decidida del
amor de Dios por los hombres. Dios ha querido tener un destino en los hombres y
con los hombres. No ha querido ser Dios sin los hombres. Detrás de la
exterioridad de las fiestas navideñas, se esconde la verdad silenciosa de que
Dios se ha acercado al hombre y se ha comprometido sin vuelta atrás,
irrevocablemente, con él; Dios sale al encuentro del hombre y se hace hombre.
¡Esta es la verdad, aquí está la gran esperanza para todo hombre que viene a
este mundo! ¡Esa es la gran Luz que alumbra a todo hombre, la luz que el mundo
necesita para superar toda división y enfrentamiento, toda violencia, toda
guerra, todo odio, que sume al mundo en la oscuridad!
Del portal de Belén nace una inmensa Luz, la luz que, en definitiva, necesita el mundo para encontrar y vivir la paz, cuya raíz se encuentra en el amor. En el establo de Belén aparece la gran luz que el mundo necesita y espera, porque, a pesar de todo lo que pueda parecer, el mundo espera la paz, ansía la unidad, anhela vivir en el amor que engrandece, alegra, llena de gozo y felicidad. “En aquel Niño acostado en el pesebre, Dios muestra su gloria "su Luz": la gloria del amor, que se da a sí mismo como don y se priva de toda grandeza para conducirnos por el camino del amor”.
“La luz de Belén nunca se ha apagado. Ha iluminado a hombres y mujeres a lo largo de los siglos, "los ha envuelto en su luz". Donde ha brotado la fe en aquel Niño, ha florecido también la caridad: la bondad hacia los demás, la atención solícita a los débiles y a los que sufren, la gracia del perdón, "la unidad y la paz entre los hombres". Desde Belén, una estela de luz, de amor y de verdad impregna los siglos. Si nos fijamos en los santos…, vemos esa corriente de bondad, este camino de luz que se inflama siempre de nuevo en el misterio de Belén, en el Dios que se ha hecho Niño. Contra la violencia de este mundo Dios opone, en ese Niño su bondad y nos llama a seguir al Niño y a acoger la Luz que es Él, que está en Él, que viene de Él. En el prólogo del Evangelio de san Juan se nos dice "que esta Luz que es Jesús, el Niño Dios, vino a los suyos y los suyos no lo recibieron". Acojamos esta Luz, acojamos a Jesucristo, acojamos su Palabra, sigamos al Niño, a Jesús. A los que le acogen les da el poder ser hijos de Dios: "Mirad cómo Dios nos ha amado que podemos ser hijos de Dios, pues, en verdad, lo somos”. Benedicto XVI.
A partir del acontecimiento real e histórico que cada año celebramos en la Navidad experimentamos y palpamos ese estupor admirado de ser hombre. “Ese estupor profundo respecto al valor y a la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. Ese estupor justifica también la misión de la Iglesia en el mundo, incluso, y quizá aún más, en el mundo contemporáneo. Ese estupor y al mismo tiempo persuasión y certeza que en su raíz profunda es la certeza de la fe, pero que de modo escondido y misterioso vivifica todo aspecto del humanismo auténtico, está estrechamente vinculado con Cristo”. Juan Pablo II.
“Desde ese humilde portal de Belén, el Hijo eterno de Dios,
que se ha hecho un Niño pequeño, se dirige a cada uno de nosotros y nos invita
a renacer en Él para que juntamente con Él, podamos vivir eternamente en la
comunión con Dios y así, como hijos renacidos por la fe, vivir también la
unidad y en paz con todos los hombres”. Benedicto XVI.
Ojalá que esto sea conocido por todos los hombres y que todos los hombres vivan desde ese conocimiento para llevar a cabo el surgimiento de una humanidad verdaderamente nueva y esperanzada, capaz de comunicar ese amor con que es amada. Ojalá que en cuanto somos, hacemos y decimos, anunciemos y demos fe de esta esperanza gozosa y mostremos así que Dios es afirmado afirmando al hombre y que el hombre nunca puede ser afirmado y reconocido plenamente al margen o en contra de Dios. Este es el camino de la vida verdaderamente digna del hombre. Aquí nace el futuro y la aurora de un nuevo Día, que trae la alegría al mundo, cuya luz ilumina todo el universo.
La Verdadera Alegría de la Navidad: Un Llamado a Vivir los
Valores Cristianos. La Navidad nos llama a ir más allá de lo superficial y a
reenfocar nuestros corazones hacia el verdadero sentido de esta celebración: el
nacimiento de Jesús, el Salvador del mundo.
Por supuesto que el espíritu de la Navidad pervive en miles
de hogares y en millones de corazones. En esta Navidad, celebremos con un
corazón lleno de gratitud, generosidad y amor. Que este tiempo de reflexión nos
inspire a ser luz en el mundo, llevando el mensaje de paz y esperanza que Jesús
nos ofreció.
Recuerda que la mejor posada para Jesús es tu corazón... Las buenas familias se reúnen en armonía y se alegran de compartir el sentimiento navideño. Los padres se rodean de hijos y nietos, y esas reuniones fraternales quedan grabadas en el corazón y serán recordadas por siempre. Pero, qué triste, cuando vemos que en la familia ya nada es lo que era, y la razón es, que hemos despedido de este mundo a aquellos que nos unían, los que hacían que en Navidad nada faltara, y reinara la Paz, el amor y la concordia. Por eso, para muchas familias, el mejor regalo de Navidad sería reconciliarse, reconociendo lo errores para dejar atrás los rencores, y con un perdón sincero sanarían los sentimientos. Eso sí sería una Navidad de verdad.
Mi mayor deseo es, que la Navidad acampe en todo buen corazón, y nos llene de una paz honda e inunden de alegría y esperanza todos los hogares cristianos, para que en las familias reine la concordia, la alegría y el amor.
¡Hosanna en el Cielo! Paz a todos los hombres de buena voluntad. ¡Feliz Navidad!
Fotografía: Internet

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