La Cuaresma se considera un tiempo de conversión (del griego
metanoia, cambio de mente y corazón) porque representa un periodo de 40 días de
preparación, reflexión y purificación para volver a Dios. Es una invitación a
renovar la vida espiritual, apartándose del pecado y las distracciones
materiales mediante la oración, el ayuno y la limosna, buscando una
transformación interior que lleva a la reconciliación. No es solo un cambio
externo, sino un cambio profundo del corazón, reconociendo las propias fallas y
acercándose al amor de Dios.
El Señor nos vuelve a conceder este año un tiempo propicio
para prepararnos a celebrar con el corazón renovado el gran Misterio de la
muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y
comunitaria. Debemos volver continuamente a este Misterio, con la mente y con
el corazón. De hecho, este Misterio no deja de crecer en nosotros en la medida
en que nos dejamos involucrar por su dinamismo espiritual y lo abrazamos,
respondiendo de modo libre y generoso.
La Cuaresma es uno esos tiempos litúrgicos que más ha marcado
la historia, la vida y la espiritualidad de la Iglesia de todos los tiempos.
Desde que la comunidad cristiana comenzó a organizar el año litúrgico, siempre
ha considerado la centralidad de la celebración de la Pascua y ha privilegiado
su correspondiente tiempo preparatorio. Aunque, a lo largo de la historia, este
tiempo ha sufrido modificaciones en su concepción, expresión y extensión,
siempre han permanecido unas constantes fundamentales.
No puede haber una obertura más significativa que la
imposición de la ceniza sobre el pueblo cristiano, expresando así su
disposición a la penitencia; la materia final de las cosas después de la cual
ya nada puede existir ni tener vida, recuerda al hombre su caducidad y finitud:
“Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás” (cf. Gn 3,19). La ceniza se
muestra así como un signo de muerte; un recordatorio de aquello que es común e
iguala a todo ser humano y así ayuda a reconocer la propia fragilidad y
mortalidad, que necesita ser redimida por Dios.
No obstante, este rito penitencial no pretende promover un
sentido desesperado de la existencia; nada sería más contrario al Dios de la
vida manifestado en Cristo. El rito de la ceniza encuentra su contrapunto al
final de los cuarenta días, cuando todo se renueva por medio del principio
esencial de la vida: el agua. Al recordar en la celebración pascual de la noche
santa, las acciones salvadoras de Dios a través del agua y, en sumo grado, la
maravilla del bautismo, recordamos el medio por el que el hombre, abocado al
polvo, adquiere un nuevo sentido para la existencia: “el hombre, creado a tu
imagen y limpio en el bautismo, muera al hombre viejo y renazca, como niño, a
nueva vida por el agua y el Espíritu” (bendición del agua bautismal). Ceniza y
agua, situados en los extremos de la cuaresma, se presentan como dos antagónicos,
signos de muerte y de vida respectivamente, que marcan un comienzo penitencial
y un final glorioso.
Antes de ver en la Cuaresma una oportunidad para la ascesis y
la penitencia, la Iglesia se manifiesta con el firme propósito de contemplar al
Señor que comienza su ascenso hacia Jerusalén y ve cercana la culminación de su
obra por este mundo. Es paradigmático el Evangelio del primer anuncio de la
pasión (Lc 9,22-25) que se proclama el jueves después de ceniza. Allí se
advierte a los discípulos que “el Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser
desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y
resucitar al tercer día”. Desde los primeros pasos cuaresmales del Señor y de
la comunidad cristiana hacia el lugar de la pasión y de la glorificación, queda
bien patente que Él marcha decidido y, al mismo tiempo, advierte a sus
discípulos el rigor del seguimiento: “el que quiera seguirme que se niegue a sí
mismo, cargue con su cruz de cada día”.
Al mismo tiempo, la Iglesia contempla el misterio de Cristo
retirado al desierto durante cuarenta días, donde es tentando. Este
acontecimiento que, junto con el bautismo, preparó la vida pública de Cristo,
en el contexto cuaresmal se traduce en un paradigma de la vida del cristiano,
llamado a “sofocar la fuerza del pecado” (prefacio del I domingo).
El papa León XIV en su primer mensaje de Cuaresma titulado “Escuchar
y ayunar” nos invita a vivir la Cuaresma como un auténtico tiempo de conversión
espiritual, centrado en el escuchar la Palabra de Dios, el ayuno y la caridad,
que transforma el corazón y las relaciones humanas. La Cuaresma como tiempo de
conversión”, el papa propone que la práctica tradicional de ayuno trascienda lo
alimentario para incluir el “ayuno de la lengua”: abstenerse de palabras que
hieren, juicios apresurados y calumnias, y en su lugar cultivar la amabilidad,
el respeto, el diálogo y la escucha atenta hacia Dios y los demás. Entre otras
cosas dijo:
“La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud
maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de
nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse
entre las inquietudes y distracciones cotidianas.
Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos
alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por
tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad
que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario
cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y
renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a
Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.
Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar,
sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que
la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo
de entrar en relación con el otro.
Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y
social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz de Dios que
clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Es
un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que
hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos
educa para una escucha más verdadera de la realidad. Entrar en esta disposición
interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar
como Él, hasta reconocer que “la condición de los pobres representa un grito
que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida,
nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la
Iglesia”.
San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la
tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este
cuidado del corazón, cuando observa que: «es propio de los hombres mortales
tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es
propio de la otra vida. De este pan, de este alimento, están repletos los
ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras
se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y,
hechos capaces, en su momento serán repletos».[2] El ayuno, entendido en este
sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más
libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia
el bien.
Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica
y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y
humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque “no
ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios”. En cuanto
signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la
gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de
privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que
«sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana».
Por eso, me gustaría invitarle a una forma de abstinencia muy
concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar
palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo. Empecemos a desarmar el
lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar
mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias.
Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la
amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes
sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las
comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras
de esperanza y paz.
Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma pone
de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la
práctica del ayuno, que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más
necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua,
para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de
los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en
lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere
caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir
a edificar la civilización del amor”.
Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino
cuaresmal.
LEÓN XIV PP.
Recuerda: "Polvo eres y en polvo te convertirás".
Fotografía: Internet

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