"Somos seres que necesitamos tener esperanza. Necesitamos creer". Esto afirma el pedagogo y filósofo Gregorio Luri.
Esta perspectiva está presente en sus reflexiones sobre la
educación y el desarrollo personal, donde enfatiza la importancia de la libertad,
la valentía y la capacidad de aprender del riesgo y del fracaso para formar
adultos más completos y libres.
Gregorio Luri, pedagogo y filósofo reflexiona sobre la condición humana a partir de los clásicos y sostiene que “somos seres que necesitamos tener esperanza. Necesitamos creer”. Sus palabras, recogidas en una entrevista reciente, el autor habla sobre la condición humana y la importancia de la esperanza, poniendo en el centro la fragilidad y la grandeza de la vida, ligándola a la necesidad de creer y a la idea de que somos "seres futurizadores", es decir, que no nos basta lo que tenemos, sino que siempre miramos al futuro. Ante la pregunta de qué ha aprendido de los clásicos, Luri subraya que “si algo no tienen los clásicos es confort, no te ofrecen confort. No te ofrecen paisajes maravillosos por sitios llenos de flores. No, te enfrentan a lo terrible”. La literatura clásica nos ofrece lecciones valiosas sobre la fragilidad y la grandeza humanas, recordándonos que en la incertidumbre también habita la esperanza, y añade que, “a pesar de esa dureza, los autores antiguos nos recuerdan el valor de la esperanza, entendida como motor de acción en medio de la incertidumbre”.
La esperanza como herencia humana. El filósofo cita a Esquilo
para ilustrar esa idea: “Por eso en el Prometeo encadenado de Esquilo se dice
que el principal regalo que Prometeo, después de robar el fuego a los dioses,
les hizo a los humanos, ¿sabes cuál fue? “La esperanza ciega”. Una confianza
que, según él, sostiene la posibilidad de la fidelidad, del amor y del cuidado
mutuo, aunque esa esperanza no deje de ser frágil. Para Luri, vivir implica
aceptar la incertidumbre como parte del juego: “La valentía de jugar y de jugar
con alegría, e insisto, con espíritu deportivo. Porque el juego no te va a
proporcionar otra cosa, no sabes cómo va a acabar esto”. De esta manera,
conecta la filosofía con la vida cotidiana, trasladando la lección clásica al
presente.
Fragilidad y grandeza del ser humano. El pensador también
reivindica la capacidad de perdonar y de ser fiel como gestos radicales en un
tiempo en el que ambas actitudes no están de moda. “A mí me parece que es
maravilloso poder decirle a una persona a la que amas: ‘Dentro de unos años
estarás distinta a como estás hoy… pero te prometo que te seré fiel cuando
seas, en el futuro, de esa forma’”. Una promesa que, afirma, nos permite
someter el futuro a nuestra palabra.
Luri concluye que, aunque todo lo que amamos está marcado por
la muerte, es precisamente esa fragilidad la que intensifica la belleza y el
sentido de la existencia. “Merece la pena intentar hacer algo digno con ella.
Eso también, solamente si eres humano, te lo puedes plantear”, afirma en la
entrevista, subrayando la grandeza de una vida finita, pero capaz de dejar
huella.
Vivir bajo el paraguas de la esperanza. Últimamente tenemos
la sensación de que la desesperanza se está anclando en la sociedad, una sociedad
sobrecogida por tantos acontecimientos negativos, como guerras, desastres
naturales, enfermedades, pérdidas humanas o materiales… Quizás por el temor
natural al sufrimiento la desesperanza se ha instalado en nuestra forma de
pensar y de vivir. La pérdida de
esperanza suele estar asociada a experiencias negativas y a la percepción de un
futuro lleno de incertidumbre.
Cuando en este mundo conviven la verdad y a mentira, cuando
surgen dudas sobre la justicia, cuando nace la desconfianza ante las promesas,
cuando el odio y la mentira se legitiman como formas de progreso, cuando la
libertad se ve mermada y no se puede distinguir entre el bien y el mal, cuando
el mundo nos parece inquietante…, ¿qué podemos hacer? Posiblemente enfrentarnos
a todo con los grandes valores que poseemos como seres humanos: respeto, honestidad, compasión, gratitud,
sonrisa… Su reflexión llevada a la práctica, sin duda, hará́ una sociedad
mejor. Yo añadiría, humildemente, que nos falta impregnar todos esos valores de
esperanza, ya que la esperanza es el motor de la vida, alienta la vida, nos
hace dar sentido a la vida más allá de la mera supervivencia, la esperanza
ilumina el mundo. La esperanza nos preparar para vivir el futuro.
La necesidad de mantenernos esperanzados está recogida en
esos dos dichos populares “la esperanza es lo último que se pierde” o “mientras
hay vida hay esperanza”, y es que la esperanza es fundamental para nuestra
vida, es lo que nos impulsa a conseguir nuestros deseos y a mantener nuestra ilusión
de vivir. Por el contrario, la falta de esperanza o la desesperanza nos lleva a
la tristeza o depresión.
En la sociedad actual parece que hemos renunciado a pensar, lo
que nos facilita caer en el pesimismo y tener miedo al futuro. Para combatir
estas manifestaciones necesitamos cultivar nuestra vida interior y abrirnos a
la vida del espíritu, como apostillan, por ejemplo, el poeta Chris Wiman y la filósofa
Zena Hitz. Esta última dice. “El peligro
del siglo XXI es la frivolidad de no tomarse en serio la trascendencia”. Por eso, sería bueno que artistas,
educadores, escritores, fomentasen la cultura de la esperanza.
La RAE define la esperanza como “estado de ánimo que surge
cuando se presenta como alcanzable lo que se desea” y la esperanza cristiana
como “virtud teologal por la que se espera que Dios conceda los bienes que ha
prometido”, y el mayor de esos bienes es nuestra salvación, para eso se hizo
Hombre.
La esperanza y el optimismo, con frecuencia, se confunden
porque ambos se vinculan a estados de ánimo agradables y deseables. El
optimismo es una actitud positiva, una forma de pensar espontánea. Autores,
como Ricardo Yepes, señalan “al optimismo como el primer elemento de la
esperanza”.
Sin embargo, la esperanza nos hace ver las cosas deseables
como posibles, nos lanza a conquistar el futuro de forma positiva. Una persona
esperanzada es aquella que cree que el futuro puede cambiar y está convencida
de que siempre hay soluciones. La
esperanza está ligada a la acción, por eso la persona esperanzada busca nuevas
oportunidades y soluciones. Además, otro aspecto de la esperanza es su conexión
con el conocimiento, como dice Vaclav Havel: “La esperanza no es la
convicción de que algo saldrá bien, sino el convencimiento de que algo tiene
sentido, independientemente de cómo resulte”. Una tercera apreciación de la
esperanza es considerarla como forma de vida.
Desde un punto de vista práctico, para vivir esperanzados es
necesario fijarse en los aspectos positivos que generan motivaciones y
perspectivas positivas. La falta de esperanza hace que se pierda el interés de
conquistar los objetivos deseados, se abandona la lucha y se debilita la
capacidad de reinventarse. La esperanza exige lucha, no es una ilusión y no
consiste en consolarse ante las congojas de la vida fácil.
Es importante reconocer que la pérdida de esperanza no es una
señal de debilidad, sino una respuesta humana ante situaciones que parecen
insuperables. El camino para recuperar
la esperanza podría ser: reconocer y aceptar nuestros sentimientos, establecer
metas fáciles de alcanzar, rodearse de personas positivas, pedir ayuda,
practicar la gratitud, cuidar el bienestar físico, valorarse positivamente,
imaginarse un futuro positivo, (…). Este recorrido permite encarar y construir
el futuro deseado, tarea que requiere nuestro esfuerzo, ‘el que espera,
arriesga’. Por eso, la esperanza es un pilar esencial de nuestra existencia.
Supongo que esta idea movió a Serafín Madrid a fundar la asociación Teléfono de
la Esperanza en Alcalá de Guadaira, Sevilla, en 1971 y que pronto se extendió
por toda la geografía española. Su objetivo es atender la salud emocional de
aquellas personas que se encuentran inmersas en profundas crisis individuales o
familiares por diversas circunstancias.
Como afirmaba Benedicto XVI: “Toda persona necesita una esperanza que le
ayude a afrontar el presente”, o este otro pensamiento en el que nos
recuerda nuestro compromiso con la sociedad: “la esperanza hace que el
hombre no se cierre en el nihilismo paralizador y estéril, sino que se abra al
compromiso generoso en la sociedad en la que vive, para poder mejorarla”.
La esperanza es un don de Dios para los católicos y está fundamentada en la fe. La esperanza que no defrauda, "Spes non confundit" (Rm 5,5) es el título de la bula con la que el Papa ha convocado el jubileo ordinario del 2025. Año de gracia, para vivir con esperanza, peregrinos en la esperanza, y para transmitirla a los demás, sobre todo a los que están sufriendo enfermedades, desprecios, injusticias, falta de libertad, persecuciones, guerras…
Necesitamos ESPERANZA en mayúsculas. No una esperanza efímera o pasajera, no la esperanza de que pueda tocarnos el gordo en la lotería de Navidad. No la esperanza de soñar y anhelar que se cumplan nuestros sueños. Nuestro mundo está lleno de falsas esperanzas o, mejor dicho, equívocas o pasajeras esperanzas.
Nuestra
ESPERANZA es Jesucristo que vino, viene y vendrá. Nuestra Esperanza es la
Palabra hecha carne que acampó entre nosotros y es Camino, Verdad y Vida.
Nuestra Esperanza es palpar la presencia de Dios en nuestras vidas. Nuestra Esperanza
es saber que no estamos solos, es descubrir que Dios nos guía y camina a
nuestro lado. Nuestra Esperanza es confiar que podemos vivir y estar en
continua conexión con Dios. Es vivir desde una convicción: que Jesús vino al
mundo para salvarnos, para regalarnos la vida eterna. ¡BENDITA ESPERANZA! Y el
rostro de la Esperanza es la virgen María. Ella esperó, confió, se ofreció.
Ella hizo de su vida un continuo “hágase en mí”. Ella nos enseña a guardarlo
todo en el corazón, por eso Ella es vida, dulzura y Esperanza nuestra.
Ojalá,
esta noche, los Reyes Magos, repartan por el mundo Amor y Esperanza. Que en
cada hogar dejen encendida la ESPERANZA para que ilumine el AMOR y las familias
convivan en paz y armonía.
Que
no nos falte la Fe para creer, la Esperanza para perseverar, ni el Amor para
compartir.
La
esperanza agranda el corazón, aviva el amor y es fuente de vida y alegría.
Fotografía: Internet

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