Bautismo, significado: “lavar” o “sumergir”. El bautismo es un
rito cristiano fundamental, considerado un sacramento de iniciación que
significa purificación, renacimiento espiritual y pertenencia a la Iglesia,
simbolizado por el agua y realizado en el nombre de la Trinidad. Imprime un carácter
indeleble, perdona los pecados y concede una nueva vida en Cristo, marcando la
entrada del creyente en la fe cristiana. Existen variaciones en su práctica
(inmersión, aspersión) y sus requisitos, pero en esencia es el inicio de la
vida espiritual y el compromiso con Dios.
Un bautismo del creyente es un rito cristiano de bautismo en
la doctrina de la Iglesia de creyentes. Se refiere a una experiencia de
renovación espiritual, en la que un creyente, después de un nuevo nacimiento,
decide ser bautizado en agua después de una profesión de fe. Es un punto
central del cristianismo evangélico y una de sus principales marcas
distintivas.
El bautismo del creyente se basa en la enseñanza de
Jesucristo que invitó a hacer discípulos en todas las naciones y a bautizarlos
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Según los evangélicos,
es natural seguir el orden; bautizar a alguien que haya sido discípulo anteriormente,
lo cual no es posible con un bebé o un niño.
¿Qué es el Bautismo? El santo Bautismo es el fundamento de
toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que
abre el acceso a los otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del
pecado original y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de
Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión.
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1213
El bautismo de Jesús es un evento crucial narrado en los
cuatro evangelios, donde Jesús fue bautizado por su primo Juan el Bautista en
el río Jordán, marcando el inicio de su ministerio público; se caracteriza por
la manifestación de la Trinidad: el Espíritu Santo descendió como paloma y una
voz del cielo lo reconoció como Hijo amado, simbolizando su solidaridad con la
humanidad y el cumplimiento de la justicia divina.
Evangelio Mt 3,13-17:
“Entonces vino Jesús al Jordán desde Galilea, para ser
bautizado por Juan. Pero éste se resistía diciendo:
— Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y vienes tú a
mí?
Jesús le respondió:
— Déjame ahora, así es como debemos cumplir nosotros toda
justicia.
Entonces Juan se lo permitió. Inmediatamente después de ser
bautizado, Jesús salió del agua; y entonces se le abrieron los cielos, y vio al
Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz desde
los cielos dijo:
— Éste es mi Hijo, el amado, en quien me he complacido”.
Juan predicaba un bautismo de penitencia para la remisión de
los pecados. Muchos acudían a él para escuchar sus palabras y realizar ese
signo penitencial, dispuestos a recomenzar una nueva vida, tras ese rito de
purificación. Jesús acude entre la gente, como uno más. Pero ¿es posible que
Jesús haga esto? ¡si no tiene pecados de los que desprenderse! Hay algo en esta
acción de Jesús que el Bautista -como nosotros- no entiende bien, por eso le
pregunta desconcertado: “Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, ¿y vienes
tú a mí?” (Mt 3, 14). A lo que Jesús responde: “Déjame ahora, así es como
debemos cumplir nosotros toda justicia” (Mt 3, 15). En el contexto cultural del
judaísmo de aquel tiempo se considera que la “justicia” consiste en el
cumplimiento fiel de la Torah, en cuanto aceptación plena de la voluntad
divina. Jesús recibe el bautismo de Juan como manifestación de su acatamiento
incondicional de la voluntad divina. El sentido profundo de lo que ahora
comienza a vislumbrarse se manifestará sólo al final de la vida terrena de
Cristo, es decir, en su muerte y resurrección.
Acudiendo a recibir este bautismo, Jesús comienza a
manifestarse como aquel que cumple los planes salvadores de Dios para llevar a
su pueblo a la patria prometida del Cielo. En efecto, Jesús da comienzo a su
vida pública al salir de las aguas del río Jordán. Moisés había muerto, tras
contemplar la tierra prometida desde el monte Nebo, justo antes de cruzar
precisamente este río en el que Jesús se bautizó. Ahora Jesús comienza su predicación
a partir de la orilla del Jordán, que es el sitio donde la vida de Moisés había
terminado. Es Jesús quien verdaderamente lleva a plenitud lo que Moisés empezó.
De otra parte, las palabras que se escuchan indican con
bastante claridad que comienza a cumplirse todo lo que se había anunciado de
parte de Dios. La frase “éste es mi Hijo, el amado” (v. 17), pronunciada por
una voz desde los cielos, es un eco de aquella en la que Dios se dirige a
Abrahán para pedirle que le sacrifique a su hijo Isaac: toma a “tu hijo, el
amado” (Gn 22,2). Este modo de referirse a Jesús pone en paralelo la dramática
escena del Génesis, en la que Abrahán está dispuesto a sacrificar a Isaac que
lo acompaña sin resistencia, con el drama que se consumó en el Calvario, donde
Dios Padre ofreció a su Hijo en sacrificio, aceptado voluntariamente para la
redención del género humano.
Además, el añadido “en quien me he complacido” (v.17)
rememora el inicio de los Cantos del Siervo del Señor en el libro de Isaías:
“Mira a mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, en quien se complace mi alma”
(Is 42,1). Precisamente en el cuarto de estos cantos es donde se dibuja con
claridad todo lo que ese Siervo del Señor habrá de padecer para redimir al
género humano: “él tomó sobre sí nuestras enfermedades, cargó con nuestros
dolores, y nosotros lo tuvimos por castigado, herido de Dios y humillado. Pero
él fue traspasado por nuestras iniquidades, molido por nuestros pecados. El
castigo, precio de nuestra paz, cayó sobre él, y por sus llagas hemos sido curados”
(Is 53,4-5).
Ahora, enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, “el Espíritu que Jesús posee en plenitud desde su concepción viene a ‘posarse’ sobre él. De él manará este Espíritu para toda la humanidad. En su bautismo, ‘se abrieron los cielos’ (v. 16) que el pecado de Adán había cerrado; y las aguas fueron santificadas por el descenso de Jesús y del Espíritu como preludio de la nueva creación”. Desde este momento la acción creadora, redentora y santificadora de la santísima Trinidad será cada vez más manifiesta en la vida de Jesús, en su enseñanza, en sus milagros, en su pasión, muerte y resurrección.
Fotografía: Internet

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