“En aquel tiempo, Jesús llegó a casa con sus discípulos y de
nuevo se juntó tanta gente que no lo dejaban ni comer. Al enterarse su familia,
vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí”. (Mat. 3, 20-21).
La locura de Jesús. ¿Te han llamado loco alguna vez? A Jesús
sí, y fue porque, la Ley era su testimonio de vida, dejando al descubierto a los maestros de la Ley, que en sus enseñanzas no cumplían con los mandatos, y que Jesús actuara saliéndose de las normas de ellos, les enfurecía. Ya le pasó en la sinagoga de su pueblo, cuando proclamó el
cumplimiento de las profecías mesiánicas en su persona y quisieron despeñarlo
porque les contrariaba. (Lc 6, 16-29), y la cosa continuó con múltiples
amenazas de denuncia, porque, simplemente, irritaba a los jefes del pueblo y a
los muy piadosos con su predicación y actuación, aparentemente contrarias a las
leyes y tradiciones de su pueblo. Seguramente este fue el primer reto de Jesús:
tener que contrariar a sus seres más próximos y queridos para poder llevar a
cabo su misión. Tenía por fuerza que ser consecuente y chocar incluso con los suyos para hacer la voluntad del Padre. Y nosotros esteremos dispuestos a cargar con crítica y ser tenidos por locos por seguir las enseñanzas de Jesús, y de nuestros padres.
El que te llama loco/a está empujado por su propia locura. ¿Te han llamado loco alguna vez? A mí sí. Llamar "loco/a" a alguien
es un insulto y una táctica de invalidez emocional diseñada para manipular,
ejercer poder y desviar responsabilidades. Se utiliza para cuestionar la
cordura, memoria o percepción de la víctima (gaslighting), haciéndola ver que,
si algo contara sobre el mal comportamiento de alguien, no va a ser creída por estar, loca.
Es su forma de defensa, en lugar de abordar los problemas reales y aceptar sus
errores y corregirse.
“¡Loca!”, el insulto con el que se pretende hacernos dudar de nuestra propia cordura. Quien hace uso de esta forma de abuso verbal con frecuencia revela un tipo de personalidad muy concreta. Al etiquetar a alguien de "loco/a", el atacante evita asumir la culpa por sus propias acciones o errores, desviando la responsabilidad y atención hacia la otra persona, tratando de crearle inestabilidad para mantener el control y el aislamiento. Este comportamiento de manipulación y control, es un mecanismo común en situaciones de conflicto de pareja o familiares, cuyas relaciones están sostenidas en las falsas apariencias.
Hay quien dice que vivimos en la era de las críticas, las devaluaciones y los insultos gratuitos. Las redes sociales son un campo abonado para este tipo de dinámicas ofensivas. Así, y si bien es cierto que las personas que insultan siempre han existido y existirán, parece como si en los últimos años, proliferaran más aún. ¿Hay alguna causa detrás que lo explique?
La psicología muestra ahora un gran interés en comprender qué
hay detrás del abuso verbal. Porque no lo olvidemos, un insulto no es una flecha
lanzada al aire que cae, como mucho, sobre algún tejado, un insulto no es
libertad de expresión; un insulto hiere psicológicamente, humilla, ridiculiza,
denigra y refuerza muchos prejuicios y estereotipos.
“El insulto deshonra a quien lo infiere, no a quien lo
recibe”. Diógenes.
Los insultos tienen su anatomía singular. Cada país, cada
cultura y hasta región tiene los suyos, los hay más suaves y abundan los que
buscan hacer cuanto más daño mejor. No obstante, lo que es evidente es que
todos duelen. Los reciben algunos niños en las escuelas (a veces incluso en sus
casas), se sufren en los entornos familiares, laborales y también en muchas relaciones de
pareja.
Asimismo, hay otro hecho. Los insultos surgen en todos los
ámbitos, pero si hasta no hace mucho eran un fenómeno restringido casi siempre
a lo privado, ahora los vemos más en los medios públicos, en televisiones y,
sobre todo, en redes sociales. Al por qué de esto último hay una explicación
evidente: quien insulta en un medio público busca también tener audiencia.
Muchos lo hemos visto en medios como Twitter. Las personas
que insultan tienen tras de sí miles de seguidores que defienden esa posición y
denigrarán aún más a la víctima. Por otro lado, no es extraño que ese insulto
se convierta en viral, creando así una atmósfera en la que se diluye todo
principio ético e incluso moral.
Personas que insultan: ¿por qué lo hacen? Según la psicóloga
Valeria Sabater, hay quien recurre al insulto por mero condicionamiento social
y patrón comportamental heredado. Abundan los que han crecido en entornos en
los que recurrir a la crítica, la humillación y la devaluación era algo común.
Tarde o temprano, repiten lo mismo a lo que han estado
expuestos, pero volcando a su vez esa frustración y dolor acumulado desde la
niñez por ese tipo de comunicación. Por otro lado, también se da un hecho
común. Muchas de estas personas recurren al insulto como hábito para funcionar
en cualquier entorno: escuela y trabajo.
Entre las personas que insultan, los narcisistas grandiosos
son los más comunes. Llamamos narcisista grandioso o narcisista inconsciente a
esas personas que no son conscientes de cómo su conducta impacta en los demás.
Necesitan enaltecerse en cualquier situación y para ello no dudan en explotar e
insultar a los demás. Son soberbios, envidiosos, agresivos y atacan a
cualquiera en cuanto perciben que se pone en duda su valía o su posición.
Demasiadas capas de defensa emocional para darse cuenta de
eso. Si admitieran su culpa, amenazaría la dinámica de poder que crearon, donde
pueden tratarte como les da la gana. Realmente no les importa cómo te sientes y
una vez que justifican su comportamiento ante sí mismos, es como si nunca
hubiera pasado porque no consideran las emociones de nadie más.
Seguramente, aunque sea difícil de creer (y entender), hay
personas que insultan y que, en realidad, no desearían hacerlo. Hay quien no
puede controlarse, quien sufre una conducta compulsiva e involuntaria de
pronunciar palabras obscenas, insultos y expresiones socialmente inapropiadas.
Para concluir, como podemos ver detrás del abuso verbal hay
todo un escenario de personalidades, rasgos y caracteres. No es fácil convivir
en una sociedad en la que los insultos se convierten en algo tolerado en medios
como las redes sociales. Hay muchas maneras de comunicarnos sin tener que
recurrir a la ofensa o la descalificación.
No obstante, tengámoslo claro, quien hace uso de los insultos
revela buena parte de sí mismo: nos muestra su intolerancia recalcitrante, su
frustración infantil, su poca educación, su falta de empatía e incluso su
dudosa inteligencia.
Fotografía: Internet

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