sábado, 24 de enero de 2026

Domesticar la envidia

 


“La envidia es el resultado de la comparación constante, un juego peligroso que solo lleva al resentimiento y a la infelicidad”.

La envidia puede ser un obstáculo para la felicidad, o un impulso para la superación personal. Todo depende de nuestra capacidad de domesticarla. Schopenhauer, apodado “el filósofo del pesimismo”, no era precisamente conocido por ver lo mejor en los demás. Su visión de la humanidad era radicalmente negativa, por lo que no es de extrañar que diera pronto con la que es, quizá, nuestra cualidad más condenable: la envidia.

La primera regla de Schopenhauer para ser feliz. El pensador alemán se cuestionaba sobre los dos lados de la envidia. Quien la siente, aseguraba, se enfrentaba a la más cruel de las sensaciones. No hay nadie más peligroso que una persona envidiosa. Por envidia somos capaces de llevar a cabo las más despreciables acciones. Quien la provoca, se ve expuesto a esa ira, a esa crueldad, a ese dolor. “No hay nada más implacable y cruel que la envidia. La relación de la envidia con el narcisismo es indiscutible, quizá el personaje mitológico que mejor encarna al hombre moderno no es otro que Narciso.

El joven Narciso fue castigado por los dioses, condenado a enamorarse de su propio reflejo. Lo encontró en un lago, y allí permaneció hasta que falleció, convirtiéndose en la flor que lleva su nombre. “El lago de Narciso ahora se ha multiplicado”, ese lago no solo es más grande que nunca, sino que además nos permite modificar la imagen que enseñamos a los demás, usando hipocresía, filtros y luces.  

Esto ha hecho que, por un lado, suscitar envidia se convierta en una cuestión de estatus. Quien tiene más, quien es más guapo, quien disfruta más, es mejor. Y lo envidiamos. Por otro lado, nuestro círculo de comparación se ha hecho inmenso. A través de nuestro propio lago de Narciso de última generación, podemos compararnos con personas de todas las edades, nacionalidades y niveles sociales. O, al menos, con la imagen que procuran darnos, una imagen de humo.

Volviendo a Schopenhauer, para el pensador alemán, superar la envidia era esencial para ser felices, porque es una de las emociones más crueles que puede sentir el hombre. Sin embargo, en pleno siglo XXI, la envidia campa a sus anchas, contagiosa y parece inevitable.

La psicología moderna ha dado cuenta de este hecho y ha estudiado de cerca esta emoción para darse cuenta de que, en realidad, hay dos caras de la envidia. Existe una envidia benigna, que es la que nos impulsa a superarnos, a esforzarnos más; y una envidia maligna, que nos hace sentir desprecio por el éxito ajeno y que, nos lleva incluso a intentar sabotearlo y traicionarlo. La traición no siempre llega con un rostro desconocido, son tus hermanos, amigos, a veces viene envuelta en risas, en falsos abrazos, en palabras que suenan a lealtad, pero por detrás te sacan los ojos, esconden rivalidad con malas intenciones.

Para los expertos en psicología positiva, la clave está en potenciar la primera, y reducir la segunda. Es decir, centrarnos en potenciar el lado positivo de la emoción. Lo que nos dejan claro los estudios es que no la podemos evitar, pero esta lectura dual de la envidia ya la había hecho hace siglos el bueno de Aristóteles.

Aristóteles consideraba que la felicidad solo puede encontrarse a través de la virtud. Así que estaba de acuerdo con Schopenhauer: la envidia, al menos la negativa, era un obstáculo para la felicidad. Y es que, para Aristóteles, la virtud se sitúa siempre en el punto medio entre el exceso y el defecto. En el caso de la envidia, no es diferente. Su propuesta era, más que eliminar la envidia, domesticarla para ubicarnos en el punto medio exacto.

“No se puede ser feliz y envidioso al mismo tiempo; elige qué quieres ser”.  Así, el filósofo griego nos hablaba de (phthonos) la envidia maligna, como un vicio destructivo que ocasiona dolor por la buena fortuna de los demás. Esta, además, suele surgir siempre hacia las personas más cercanas a nosotros: hermanos, amigos…

Sea a quien sea que envidiemos, nos dice Aristóteles, hay otra cara de la envidia que podemos abrazar. Porque sin ella, caeríamos en su defecto: no ser capaces de desear nada, carecer en absoluto de ambición. La envidia sana aristotélica es némesis, lo que nosotros llamaríamos una sana competitividad. Porque cuando convertimos la envidia en admiración, la colocamos en un contexto realista y la usamos como impulso, puede convertirse en una virtud. La clave, por tanto, no es exterminarla, sino domesticarla.

“Feliz es aquel que aprendió a admirar y nunca a envidiar”.


Fotografía: Internet


No hay comentarios :

Publicar un comentario