lunes, 2 de noviembre de 2026

Somos cuerpo, alma y espíritu



El Día de los Santos Difuntos sigue al Día de Todos los Santos, es una tradición profundamente arraigada en la fe católica. Esta conmemoración, se centra en honrar a quienes han fallecido, ofreciendo oraciones por las almas de los difuntos que se encuentran en el purgatorio, un estado de purificación antes de alcanzar la gloria divina.  Este día invita a la reflexión sobre la vida, la muerte y la esperanza en la resurrección, fortaleciendo el vínculo espiritual con los seres queridos que han fallecido.

El Día de los Santos Difuntos es una oportunidad para reflexionar sobre el sentido de la vida y la muerte, y para renovar la esperanza en la Resurrección y la vida eterna. La Iglesia invita a los fieles a ofrecer sus oraciones, sacrificios y limosnas por las almas del purgatorio, para que puedan alcanzar cuanto antes la visión beatífica de Dios. Así, se expresa la comunión entre la Iglesia triunfante (los santos), la Iglesia militante (los vivos) y la Iglesia purgante (los difuntos).

Diferencia entre el Día de Todos los Santos y Fieles Difuntos. El Día de los Santos Difuntos tiene un significado muy particular dentro de la tradición católica, diferenciándose claramente del Día de Todos los Santos, que se conmemora el 1 de noviembre. Mientras que el 1 de noviembre se dedica a aquellos santos reconocidos oficialmente y también a las personas que no tienen un día específico asignado, el 2 de noviembre se centra en los fieles que han terminado su vida terrenal y que, según la doctrina católica, aún se encuentran en el purgatorio, un período de purificación necesario para que las almas alcancen finalmente la gloria de Dios. Aceptarla como etapa natural de la vida nos ayudará a no abandonar al enfermo cuando se esté muriendo. Es verdad que no es lo mismo estar frente a la propia muerte que estar frente a la de los demás. Si comenzar a vivir supone no haber vivido antes, eso implica que el no vivir le es posible a todo ser vivo que comienza a vivir, pues alguna vez no vivió.

La celebración no es sólo un acto religioso, sino también un momento de unión familiar y social, donde la fe y la cultura se entrelazan, recordando la importancia de la vida, la solidaridad y el respeto por quienes nos precedieron. Se basa en la doctrina de un recuerdo que la Iglesia hace en favor de todos los que han muerto, pero aún no pueden gozar de la presencia de Dios, porque están purificando, en el purgatorio. Así, los creyentes ofrecen sus oraciones y la misa para que los fieles difuntos de la Iglesia purgante terminen esta etapa.

El origen de esta conmemoración se remonta al siglo XI, cuando el abad benedictino San Odilón de Cluny estableció que en todos los monasterios de su orden se celebrara una misa por los difuntos el día después de la fiesta de Todos los Santos. Más tarde, el papa Gregorio VII extendió esta costumbre a toda la Iglesia latina. La tradición de visitar los cementerios y adornar las tumbas con flores se popularizó en Europa a partir del siglo XIX, como una forma de honrar la memoria de los seres queridos.

Y el cirujano Manuel Sans Segarra, en unas declaraciones sobre la muerte afirma: «Puedo garantizar que somos cuerpo, mente y algo más, que perdura después de la muerte física». La muerte física no es el final, y los cristianos así lo creemos, porque Jesús murió y resucitó, venciendo a la muerte nos dio vida externa.

Fe y esperanza para los creyentes. La muerte es un proceso de transición hacia una vida eterna en la presencia de Dios. La muerte física es vista como la separación del cuerpo y el alma, y se considera un momento de espera para la resurrección y el juicio final. La Biblia enseña que la muerte es una consecuencia del pecado, pero también ofrece esperanza en la resurrección y la vida eterna en Cristo. La muerte no es el final de la existencia, sino un paso hacia una nueva vida en la presencia de Dios.

La muerte, a primera vista, puede parecer un evento lúgubre y triste, pero para aquellos que siguen a Jesucristo, la muerte tiene un significado más profundo. Para los creyentes, la muerte es el paso hacia la vida eterna junto a Dios, donde ya no habrá sufrimiento ni dolor. Es el momento en el que se alcanza la plenitud de la comunión con nuestro Creador, una promesa de esperanza y salvación que nos impulsa a vivir con fe y confianza en Su amor inquebrantable. La muerte, para los cristianos, es el umbral hacia una existencia eterna en la presencia del Señor.

En primer lugar, la Biblia enseña que la muerte es una consecuencia del pecado, como se menciona en Romanos 6:23: «Porque la paga del pecado es muerte, pero el regalo de Dios es vida eterna en Cristo Jesús nuestro Señor». Sin embargo, para los creyentes, la muerte no es el final, sino más bien el comienzo de una nueva vida en la presencia de Dios. Como se afirma en 2 Corintios 5:8: «Tenemos confianza, y preferimos estar lejos del cuerpo y vivir con el Señor». Para los cristianos, la muerte física es solo el paso hacia la eternidad en la presencia de Dios, donde no habrá más dolor ni sufrimiento.

Además, la Biblia también enseña que Jesucristo venció la muerte a través de su resurrección, como se menciona en 1 Corintios 15:54-57: «Y cuando este cuerpo mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘La muerte ha sido devorada por la victoria’: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley. Pero gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo».

Para los cristianos, la muerte es vista como parte del plan divino de Dios para la humanidad. Aunque puede ser un momento difícil y doloroso, la fe en Dios brinda consuelo al creer que la muerte no es el final, sino más bien el inicio de una vida eterna en su presencia. Esta perspectiva anima a los creyentes a confiar en que la muerte no tiene poder definitivo sobre ellos, ya que Cristo ha vencido la muerte a través de su resurrección.

Jesús prometió en Juan 11:25-26: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás». Esta promesa de Jesús ofrece esperanza y consuelo a aquellos que han perdido a seres queridos, recordándoles que la muerte no es el final de la historia, sino el comienzo de una vida plena en la presencia de Dios.

La muerte es una de las cuestiones más planteadas por los seres humanos, ya que suscita muchas dudas y da lugar a multitud de interpretaciones, en función de las creencias y los aprendizajes. El cirujano que fuera jefe de servicio de cirugía digestiva en el Hospital Universitario de Bellvitge de Barcelona, Manuel Sans Segarra, en una entrevista para EFE con motivo de la publicación de su libro La Humanidad en Crisis, ha lanzado algunas reflexiones al respecto: «Puedo garantizar, contra los conceptos que me enseñaron, que somos cuerpo, mente y algo más, que perdura después de la muerte física», afirma.

Según el cirujano, la muerte no es el final, basándose en investigaciones durante años de las experiencias de pacientes suyos que, tras estar clínicamente muertos, volvieron a la vida: «Vi que constituían un nuevo paradigma, que no seguían las leyes de lo que yo había estudiado en la facultad de Medicina y que regía mi dinámica como profesional, que es el método científico fundamentado en la fisiología, la anatomía, la biología y una ontología materialista», explica en la entrevista. «Cuando cuentan que durante la experiencia cercana a la muerte han visto un objeto que les llamó la atención y lo describen, en la resonancia magnética se activa el lóbulo occipital, que es donde el ser humano interpreta la imagen que ve. Entonces, si se activa es que realmente vio ese objeto», apunta Sans Segarra. «Tenemos ya pruebas objetivas de que lo que nos están contando de algo que no es visible, que no podemos objetivar, es realmente cierto o científicamente demostrado, por lo tanto, podemos definir al ser humano como cuerpo, mente y una energía sutil que no podemos detectar y que condiciona una serie de fenómenos», reitera.

El cirujano señala que más allá de lo que se enseña en la facultad, a lo largo de su carrera ha podido apreciar algo que va más allá del plano físico: «Somos cuerpo, mente y algo más que perdura después de la muerte física. Y tenemos estas pruebas que lo demuestran. La Iglesia lo llama el espíritu, otros lo llaman con otros nombres, pero a mí me gusta llamarlo supraconciencia, porque está por encima de nuestra conciencia material, por encima de nuestro ego», prosigue.

«Con el ego nunca seremos felices, ni seremos libres, tendremos pseudolibertad; en cambio, con la supraconciencia, somos auténticamente libres y felices», explica. En relación con este concepto, Sans Segarra recomienda dejar atrás el ego y el pánico a la muerte, haciendo que este proceso sea más llevadero. «Y me di cuenta de que, precisamente, había una gran hipertrofia, lo que llamamos un ego inflado sumamente potente. Veía a estos pacientes dominados por el ego, con un auténtico pánico ante la muerte, con una incomprensión total de la realidad existencial, que el ser humano crece, evoluciona y muere. Este es nuestro ciclo», comenta. «El ego es nuestra falsa identidad. Nos ha abocado a una situación en la que imperan todos los aspectos más egoístas del ser humano. Condiciona que busquemos que nuestra finalidad sea éxito, fama, riqueza, poder, dominio. Y para conseguir estos objetivos no tenemos en cuenta ni la cohesión social ni el entorno social», sentencia el cirujano.

Más allá de investigaciones científicas, la fe en Jesucristo brinda consuelo y esperanza a los cristianos que creen en la vida eterna y en la resurrección después de la muerte. Para aquellos que tienen fe en Jesucristo, la percepción de la muerte se transforma en un paso hacia la presencia de Dios. La muerte es una realidad inevitable debido al pecado, pero gracias a Jesucristo, la muerte ha perdido su poder definitivo y ahora es vista como el paso hacia la vida eterna en la presencia de Dios. Gracias a Dios, en la presencia de Dios los Santos se multiplican.

En Apocalipsis 21:4 se menciona: «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron». Esta promesa de un nuevo cielo y una nueva tierra libres de dolor y sufrimiento brinda consuelo a aquellos que enfrentan la muerte propia o de seres queridos, recordándoles que en la presencia de Dios encontrarán descanso y paz eterna.

Y aún creyendo en esta promesa, el dolor nos desgarra el alma cada vez que Dios llama a un familiar, porque la separación es ausencia y el vacío de la presencia de los que queremos, nos sume en la tristeza.

«La muerte no es el final de la existencia, es el comienzo de una nueva vida en la presencia de Dios». 

Y nuestra fe sostiene esa esperanza, en la que descansaremos en paz y para siempre.


Fotografía: Internet


  

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