sábado, 5 de septiembre de 2026

La virtud de corregir a otros

 




Corregir al que yerra es una obra de misericordia espiritual que busca ayudar al prójimo a volver al camino del bien con amor, humildad y respeto. Esta corrección busca salvar a un hermano del error, fortaleciendo la comunidad y promoviendo la verdad y la justicia. Eso implica preocuparse por el bienestar espiritual y moral de los demás, actuando no desde la crítica o el juicio, sino desde la caridad y la fraternidad cristiana. Es un acto de responsabilidad y amor que refleja la pedagogía de Dios, quien corrige con misericordia y paciencia.

La virtud de corregir a otros es fundamental en la vida cristiana y se manifiesta en la corrección fraterna, que es un acto de caridad y justicia. Esta virtud implica la capacidad de ayudar a los demás a mejorar y a corregir sus equivocaciones, lo que contribuye al conocimiento de los defectos personales y al conocimiento de la vida cristiana. La corrección fraterna es un deber de amor y justicia, es un instrumento de progreso espiritual, que permite a los individuos enfrentar sus defectos y errores con la ayuda de Dios para mejorar en su vida cristiana. Actualmente, han desaparecido los controles de calidad. Ya nadie corrige a nadie, ni siquiera por caridad cristiana. Y si lo hicieres, serás reprochado, y te dirán: "Yo soy así"; "yo hago lo que me da la gana y nadie se tiene que meter en mi vida...". Ya ni los hijos te hacen caso.

La corrección en la iglesia es esencial para promover la santidad, la unidad y el crecimiento espiritual de los creyentes. En Proverbios 3:11-12, se nos dice: "Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni te ofendas por sus reprensiones; porque el Señor corrige al que ama, como corrige el padre al hijo en quien se deleita". Claramente, podemos apreciar que la corrección es un acto de amor por parte de Dios y de aquellos que nos rodean, en ocasiones, nos puede resultar difícil aceptar ser corregidos, ya que nuestro orgullo puede interferir en el proceso, sin embargo, la disciplina y la corrección son herramientas para nuestro crecimiento y desarrollo espiritual.

El libro de Proverbios también nos dice en el capítulo 15, versículo 32: "El que rechaza la corrección no tendrá éxito en su vida, pero el que la acepta se encaminará hacia la sabiduría". Esto nos señala que aquellos que rechazan la corrección, se están cerrando a la oportunidad de aprender, crecer y adquirir sabiduría. La corrección no es sinónimo de castigo, sino de guía y orientación, es un recordatorio de que somos imperfectos y que siempre hay aspectos en los que podemos mejorar, al ser corregidos, tenemos la oportunidad de evaluar nuestras acciones, reconocer nuestros errores y rectificar el rumbo. Un versículo relacionado con esto se encuentra en Hebreos 12:11: "Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados". Por tal razón, te animo a ver la corrección como un proceso temporal de esfuerzo y aprendizaje, que finalmente nos conducirá a una vida justa y sana…

“Ser corregido y dejarse corregir. El que mejor sabe corregir, porque ama mucho, es Dios”.

No resulta fácil recibir una corrección. Por ejemplo, cuando alguien nos dice, con una sinceridad sorprendente, que vivimos de modo egoísta, o que no mostramos sensibilidad para con los otros, o que no está bien ir con falsos testimonios con el fin de desacreditar a un hermano…, en lugar de pararnos a recapacitar, saltamos ofendidos acusando a quien nos corrige de ser mala gente. Pero cuando somos capaces de reflexionar, descubrimos que una corrección nace del cariño e interés que el otro tiene por nosotros, y cuando constatamos que necesitábamos esa corrección para romper con un vicio y mejorar nuestra conducta, entonces la acogemos con alegría.

Si fuéramos conscientes de nuestros actos, cuando cometemos un error, es sumamente triste que los demás nos abandonen a nuestra suerte, con excusas del tipo: “ya es mayor de edad”; “no es para tanto”; “no hay que meterse en la vida de otros”; “se va a molestar, mejor dejarla, ya se dará cuenta…”. Esas excusas impiden a muchos emprender esa aventura difícil de ofrecer correcciones buenas, de ayudar a quien necesita un empujón oportuno para darse cuenta de un problema concreto y para iniciar un camino de cambios profundos para su bien. Pero cuando un familiar preocupado por nuestro bien o un amigo valiente que desea ayudarnos, rompen con su miedo y se lanzan a la sana corrección, recibimos una ayuda que puede ser decisiva en algunos momentos de nuestra vida, y es de agradecer.

Qué bueno tener unos padres, que nos corrija y nos ayude a ver y a entender  las dificultades de la vida. ¡Qué bueno, ser corregido y dejarse corregir! Podemos experimentar algo de enojo o vergüenza, sobre todo ante ciertos temas más personales. Pero también resulta bueno constatar que alguien nos encara para que tomemos conciencia de esa mala costumbre que nos daña y que hiere a otros. Ahora, que el que mejor sabe corregir, porque ama mucho, es Dios: porque es Padre, porque busca que dejemos el egoísmo, porque desea que amemos; gracias a su Palabra, a su corrección amorosa y a los consejos de tantos hermanos que nos aman, podemos llevar una vida de salvación.

Por eso, cuando necesites ser corregido, acoge con humildad y gratitud la invitación de quien te pide una reflexión o un cambio en tu vida. Entonces será más fácil convertirse, pedir perdón a Dios y a los hermanos, e iniciar el camino que conduce al amor verdadero... Sólo serás bueno, si sabes ver las cosas buenas y las virtudes de los demás. Por eso, cuando hayas de corregir, hazlo con caridad, en el momento oportuno, sin humillar, dando tiempo para que caiga en la cuenta de su error y se proponga mejorar sus impulsos. Aunque hay personas incorregibles, porque ellos son así y nadie les puede decir nada, para ellos no es una corrección, para ellos es un ataque del que tiene que defenderse con venganza. Está claro, que en este tipo de personas hay un mal  intrínseco, lo que conlleva dificultad para alcanzar un entendimiento. todas las faltas está en los demás... 

Para curar una herida, primero se limpia bien, de sobra sabe el cirujano que duele; pero, más dolerá después, si la herida se infecta. Si para la salud corporal es obvio que se han de adoptar ciertas medidas, en las cosas de la salud del alma -en los puntos neurálgicos de la vida de un hombre-, ¡fijaos si habrá que lavar, si habrá que sajar, si habrá que pulir, si habrá que desinfectar, si habrá que sufrir! La prudencia nos exige intervenir de este modo y no rehuir el deber, porque soslayarlo demostraría una falta de consideración, e incluso un atentado grave contra la justicia y contra la caridad.

Persuadíos de que un cristiano, si de veras pretende actuar rectamente, cara a Dios y cara a los hombres, necesita de todas las virtudes, por lo menos en potencia. "Padre: me preguntaréis, ¿y de mis flaquezas, qué? Os responderé: ¿acaso no cura un médico que esté enfermo, aun cuando el trastorno que le aqueja sea crónico?; ¿le impedirá su enfermedad prescribir a otros enfermos la receta adecuada? Claro que no, para curar, le basta poseer la ciencia oportuna y ponerla en práctica, con el mismo interés con el que combate su propia dolencia". (Amigos de Dios, 160-161).

Pablo le dice a Timoteo “predica la palabra; insiste a tiempo y fuera de tiempo; reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción”. (2 Tim 4,2). Y a la comunidad de Galacia: “Hermanos, aun si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradlo en un espíritu de mansedumbre, mirándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado”. (Gal 6,1).

“Hermanos míos, si alguno de entre vosotros se extravía de la verdad y alguno le hace volver, sepa que el que hace volver a un pecador del error de su camino salvará su alma de muerte, y cubrirá multitud de pecados”. (St 5,19-20).


Fotografía: Internet



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