Jesús murió crucificado en el Gólgota (calvario) entre dos
ladrones, un viernes cerca de las tres de la tarde, tras ser azotado y burlado
por soldados romanos. Tras pronunciar sus últimas palabras, incluyendo "Padre,
en tus manos encomiendo mi espíritu", expiró, lo que marcó el sacrificio
supremo de amor y salvación según la tradición cristiana.
Perdónanos, Señor, ¡hemos pecado! Jesús cargó con nuestros
pecados al ofrecer su propio cuerpo como sacrificio en la cruz, cumpliendo la
promesa bíblica de redención y sanidad. Este acto sustitutivo, descrito en 1
Pedro 2:24 y Isaías 53, busca que muramos al pecado y vivamos para la justicia,
otorgando perdón y libertad espiritual.

