viernes, 3 de abril de 2026

Señor ¡hemos pecado!

 


Jesús murió crucificado en el Gólgota (calvario) entre dos ladrones, un viernes cerca de las tres de la tarde, tras ser azotado y burlado por soldados romanos. Tras pronunciar sus últimas palabras, incluyendo "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu", expiró, lo que marcó el sacrificio supremo de amor y salvación según la tradición cristiana.

Perdónanos, Señor, ¡hemos pecado! Jesús cargó con nuestros pecados al ofrecer su propio cuerpo como sacrificio en la cruz, cumpliendo la promesa bíblica de redención y sanidad. Este acto sustitutivo, descrito en 1 Pedro 2:24 y Isaías 53, busca que muramos al pecado y vivamos para la justicia, otorgando perdón y libertad espiritual.

"En medio del griterío desbordado, Pilato les entregó a Jesús para que fuese crucificado" (Jn). No es una mera condena por rebelión, ni siquiera una condena a muerte sin más, sino la muerte en la cruz. Era tan injuriosa la condena que estaba prohibida para los ciudadanos romanos. A la tortura se añadía la infamia. Era una muerte lenta y exasperante, una tortura cruel, era el peor suplicio que podían encontrar para matar. Se clavaban las manos y los pies en el madero y al colgar, el cuerpo se consumía en la asfixia. Al desangrarse, se padecía gran sed y fiebres, unido a unos dolores intensos al estar colgado el cuerpo de tres hierros. Era una muerte pública, de escarmiento por la gravedad de los delitos.

Tomaron, pues, a Jesús; y Él, con la cruz a cuestas, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota, donde le crucificaron, y con Él a otros dos, uno a cada lado, y en el centro Jesús. Pilato escribió el título y lo puso sobre la cruz. Estaba escrito: “Jesús Nazareno, el Rey de los judíos”. Y estaba escrito en hebreo, en griego y en latín. Los pontífices de los judíos decían a Pilato: “No escribas el Rey de los judíos, sino que Él dijo: Yo soy Rey de los judíos”. Pilato contestó: “Lo que he escrito, escrito está”(Jn). Pilato, sin saberlo, le ha proclamado rey, una vez más y definitivamente. Pero Cristo es rey, desde la cruz, sólo en aquellos corazones que captan el reinado de amor venciendo la tiranía del pecado y del diablo. El título ha quedado escrito en tres idiomas, pero el reino de Cristo será universal, pues por todos derrama su sangre.

Llevaban con Él dos malhechores para ser ejecutados. El centurión con un buen grupo de soldados, rodean a Jesús, le van dando latigazos para que camine, la comitiva avanza con gran dificultad. Las calles se llenan de gente que hay que apartar sin contemplaciones. Les seguía gran multitud del pueblo, no todos insultan, algunas mujeres lloran y hacían lamentaciones por Jesús. Pero Jesús se detiene ante ellas y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos, porque he aquí que vienen días en que se dirá: dichosas las estériles y los vientres que no engendraron y los pechos que no amamantaron”. (Lc).

Estas mujeres son distintas de las galileas que acompañaban a Jesús en su caminar, anunciando el Reino de los cielos. Eran de Jerusalén, convertidas en los diversos viajes de Jesús a la ciudad santa. Lloran porque es grande el dolor. Lloran, pero no huyen. Lloran, pero siguen creyendo. Su amor no les permite dudar de la verdad de lo creído en los momentos de luz. Ahora todo es oscuro, dramático, sangriento, no hay milagros, Dios parece enmudecido. Pero no dudan de Jesús. El amor les lleva a una intensa compasión y lloran. En la pasión donde pocos discípulos estarán presentes, las mujeres tendrán una parte muy importante. El amor es el fin de la fe, y ellas saben querer, también cuando todo lo externo parece hundirse.

Jesús herido y ensangrentado, desfallecido y sin fuerzas, caía bajo el peso de la cruz, entonces los soldados tomaron a un cierto Simón de Cirene, que pasaba por allí, y le cargaron con la cruz para que la llevase tras Jesús (Mc). Simón pasaba por las cercanías de Jerusalén y se encontró con Jesús cargando con la Cruz salvadora, abrumado por el peso, le forzaron a que llevara la cruz de Jesús. Simón de Cirene se encontró con el dolor de Cristo y se convirtió. Bienaventurado el hombre de Cirene llamado Simón, porque él no buscaba a Dios y se lo encontró.

El trayecto del pretorio hasta el lugar de la crucifixión no es largo, de un kilómetro, más o menos. Primero recorre unas pocas calles de Jerusalén, después atraviesa la puerta judiciaria, y, a campo abierto, asciende el pequeño montículo de Calvario, bien visible desde las murallas de la ciudad; los caminos pasan cerca del lugar de la ejecución.

Llegados al lugar llamado "La Calavera", le crucificaron allí a él y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Viendo Jesús como los soldados le despojaban de la túnica y lo acostaban sobre la cruz, decía: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen"...Y repartieron entre sí sus vestiduras, echándolas a suerte. Y el pueblo estaba mirando; y aun los gobernantes se burlaban de él, diciendo: “A otros salvó; sálvese a sí mismo, si este es el Cristo, el escogido de Dios”. Los soldados también le escarnecían, acercándose y presentándole vinagre, y diciendo: “Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo”.

Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: “Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros”. El otro, le reprendió, diciendo: “¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; más este ningún mal hizo”. Y dijo a Jesús: “Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”. Entonces Jesús le dijo: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Era ya eso de mediodía, cuando era como la hora sexta, al eclipsarse el sol, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. El velo del Santuario se rasgó por la mitad y Jesús, clamando a voz en grito dijo: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" y, dicho esto, expiró. (Lc  23, 33-46). Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: “Verdaderamente este hombre era justo”. Y toda la multitud de los que estaban presentes, viendo lo que había acontecido, se volvían golpeándose el pecho. Pero todos sus conocidos, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, desconsolados observaban con tristeza el padecimiento de Cristo.

La cruz revela la misericordia, es amor que sale al encuentro del que experimenta el mal. La cruz es la inclinación más profunda de la divinidad hacia el hombre; es como un toque de amor eterno sobre las heridas más dolorosas, es un amor que vence en todos los elegidos las fuentes más profundas del mal. Y ¿por qué es esto así? Porque Jesús ama sobre todo al Padre. Y con ese amor ama a los hombres esclavos del pecado.

La crueldad del hombre latente en el dolor de Cristo se hace medio para expresar el amor misericordioso. Y Jesús como hombre asume su papel con generosidad y convierte la muerte en un acto de amor humano con valor infinito, porque también es Dios.

Que la Luz divina nos brinde un día colmado de Esperanza, de Fe, de Amor y que en nuestra vida siempre haya Paz, Armonía y Felicidad, para no ir por la vida buscando conflictos y creando discordias, y lo peor es, que quién los crea, no los reconoce y busca cómplices y confabulan para eternizar la maldad. ¡Que Dios los perdone!

¡Señor, haznos humildes para pedir perdón y generosos para perdonar...!

Gracias, Señor, por tu gran amor. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su único hijo, para que todo el que cree el Él no perezca, sino que tenga la vida eterna. Los clavos no fueron los que sostuvieron a Jesús en la cruz, fue su amor por ti, por mí, por todos los que creen en Él. Que el inmenso amor que Cristo nos demostró, reine por siempre en nuestros corazones. De igual manera, que el amor que Cristo nos demostró, sea siempre correspondido por nuestro amor hacia Él.

Viernes Santo. Toda la Iglesia permanece en un profundo silencio orante. Las reflexiones se vuelven todas hacia la pasión por la cual pasa el Señor, por amor a cada uno de los hombres, para la salvación de la humanidad y en obediencia al Padre.

Él vino a pagar una deuda que no debía. Jesús tomó el lugar de la humanidad para pagar el precio de la falta de sus pecados y reconciliar a los hombres con Dios. Es el Amor lo que ha llevado a Jesús al Calvario, y ya en la Cruz, todos sus gestos y todas sus palabras son de amor, de amor sereno y santificador: "¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!"





Fotografía: Internet


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